Capítulo 40
Celia
Al entrar de nuevo en la casa, pero esta vez con mi mano entrelazada con la de Leandro, sentí que estaba de vuelta en casa y que esta vez sería así para siempre.
En cuanto llegamos a la cocina, allí seguía toda la familia reunida, era como si no se hubiesen querido mover del sitio esperando a saber qué era lo que iba a pasar entre nosotros.
No hizo falta decir nada, se dieron cuenta en cuanto nos paramos junto a la puerta, mirándolos a todos.
Leandro rodeó mi cintura con su brazo y yo apoyé la cabeza en su pecho con una gran sonrisa. Esa que no podía ocultar lo feliz que me encontraba.
—No podía ser de otro modo, estáis predestinados a estar juntos.
Nos dijo la abuela emocionada. Fue una de las pocas veces que vi a esa mujer derramar unas lágrimas y con esto no quiero decir que no hubiera llorado nunca. A la vista estaba todo por lo que había tenido que pasar con la pérdida de su marido y posteriormente la de su hija.
Caterina era una mujer fuerte, de eso no cabía duda. Y de que tenía un enorme corazón, menos duda había.
—Uff, pues yo estaba seguro de que me iba a quedar solo y que no iba a volver conmigo.
Le contestó, intentando hacer una pequeña broma.
—Entonces es porque no la conoces lo suficiente.
Su madre se acercó a nosotros y claramente se veía muy feliz. Normal, dado que por fin estaba viendo a su hijo sonreír después de tantos meses.
Esa mañana todo se volvió felicitaciones y, sobre todo, alegría de vernos juntos.
Después de comer fue él mismo el que me ayudó a llevar toda mi ropa a su habitación. Esa que antes habíamos compartido juntos, la misma que había estado añorando durante los tres meses en los que no habíamos estado juntos.
—Ya no vuelve a salir de aquí.
Me dijo con una sonrisa cuando cerró la puerta del vestidor.
—Y cuando tenga que viajar a España, ¿qué hago? ¿Me voy en bragas?
Le pregunté bromeando.
—En bragas solo te puedo ver yo, y si es sin ellas, mucho mejor.
Reí.
Sacó su lado posesivo, que no es que fuera un hombre de esos celosos que no permitía que nadie me mirara, para nada. Si cada vez que habíamos salido juntos se había sentido orgulloso cuando me miraban.
Siempre me decía lo mismo: «Pueden mirar todo lo que quieran, pero el que te lleva de la mano soy yo, no ellos».
Más o menos lo que me pasaba a mí cuando las mujeres se le quedaban mirando y comiéndoselo con los ojos.
Siempre pensaba que miraran, pero la que disfrutaba de sus besos, sus caricias y de su contacto era yo y no ellas.
—Ya mismo no querrás verme con o sin ellas.
Cuando me pusiera gorda por el embarazo, seguro que no le gustaría tanto.
—Todo lo contrario. Es cuando más te voy a comer con la mirada.
Cada día vas a estar más bonita y cada día me voy a enamorar más de ti, si eso es posible, porque para mí no hay ni va a haber otra mujer más perfecta que tú.
El amor no se mide por el físico; se mide por lo que tú, y solo tú, me haces sentir.
Hala, otra vez me puse a llorar como una magdalena, entre el embarazo y estas palabras dichas en un momento en el que me encontraba entre la euforia y un poco de pena por lo vivido, estaba supersensible.
—Ey, no llores. Y si lo haces que a partir de ahora sea de felicidad.
—Es por la emoción de volver a estar contigo, de que estés a mi lado, de la familia tan bonita que vamos a formar y también por las hormonas que me tienen muy sensible.
Me volvió a abrazar y a besar como lo hacía desde la primera vez que lo hizo.
Mi corazón, mi alma y mi cuerpo lo necesitaban en ese momento. Necesitaban sentir cómo nuestros cuerpos se fundían en uno solo, sentir el roce de su piel sobre la mía.
No sé si tendría que ver el embarazo, el tiempo que llevábamos separados o que lo amaba más que a mi vida. El caso es que metí las manos por debajo de su camiseta, dejando una suave caricia desde su vientre subiendo hasta su pecho y de ahí a sus hombros.
—¿Estás segura? Porque si no es así, me tienes que detener antes de que te toque, nena, me muero por sentirte.
—Estoy segura.
Le confirmé.
Pocas veces en mi vida había estado tan segura de algo como lo estaba ahora de querer tenerlo por completo.
Nos fuimos desnudando con lentitud entre besos y besos, tocándonos con ternura y mucho amor, deseando quedarnos desnudos por completo el uno delante del otro.
En cuanto no quedó nada que no fuese el deseo que sentíamos encima de nuestra piel, me cogió en brazos como se cogen a las novias y me depositó sobre la cama con todo el cuidado y la ternura del mundo.
—No nos privemos más de esto que tenemos y sentimos.
Dijo mientras me recorría el cuerpo entero con besos suaves, pero llenos de lujuria y sensualidad.
Cuando llegó al vientre, se detuvo unos minutos llenándolo de besos. Estos fueron mucho más tiernos, como si quisiera transmitirle a su hija todo lo que la quería aun sin que estuviera entre nosotros.
Mientras me daba besos en la barriga, no dejé de acariciarle el pelo. Me encantaba enredar los dedos en esos mechones tan suaves que tenía.
Fue subiendo por mi cuerpo dejando ese camino lleno de besos, y con cada uno de ellos, estaba haciendo que mi cuerpo ardiera cada vez más.
Abrí las piernas para dejarle espacio.
No hicieron falta palabras, sabía cuál era el camino para seguir. Su cuerpo reconocía el mío igual que yo el suyo.
Se fue adentrando en mi interior con tiento, con miedo a que me pudiera hacer daño.
—No me voy a romper.
Le dije entre jadeos cuando balanceó sus caderas con suavidad.
—Me da miedo que te pueda hacer daño.
Le sonreí con ternura.
—No lo vas a hacer.
Impulsé mis caderas hacia arriba cuando me penetró de nuevo, dejándole claro que mi cuerpo y yo queríamos tenerlo como siempre lo habíamos tenido.
—No hagas eso. Quiero que dure, necesito estar dentro de ti tanto como pueda.
—Leandro, como si quieres hacerlo todo lo que queda de tarde y noche, pero ahora hazme ver las estrellas como solo tú sabes.
Ese fue el impulso que necesitó para dejarse llevar y hacerme el amor como siempre lo había hecho, con esa pasión tan desbordante.
Eso que decían de que los italianos eran hombres de sangre caliente, no tenía ni idea ni quería saber si los demás lo serían o no. El único que importaba era el hombre que me estaba haciendo jadear y vibrar.
Se puso de rodillas sin salir de mí, cogiéndome por la cintura y haciendo que me incorporara, quedando a horcajadas sobre él.
—Muévete. Busca tu placer.
Su voz, esa voz que ponía cuando me estaba haciendo el amor, me volvía loca.
—Y el tuyo.
Le contesté con sinceridad porque mi placer también era verlo disfrutar a él.
Con sus manos agarrándome las nalgas, comencé a moverme sobre él. Subía y bajaba sobre su pene erecto dejando que llegara a lo más profundo de mi ser, que me diera ese placer que me volvía loca y que hacía que mi vagina se contrajera a su alrededor.
—Eso es, nena… me matas.
—Mientras que sea de placer, vamos bien.
Lo besé con ganas enredando mi lengua con la suya, tragándonos los jadeos del otro.
Esta era una de las posturas que más me gustaba. El roce de mi clítoris con su pubis me volvía loca.
Llegué al orgasmo. Fue tan intenso que para que no dejara de moverme encima de él, tuvo que ser Leandro quien moviera mi cuerpo cogiéndome por las caderas.
Unos minutos después llegó él.
Nos abrazamos y besamos como si el mundo se fuera a acabar.