Nos queda mucho por vivir Capítulo 39
93%

Capítulo 39

Leandro

Sabía que se había sentido dolida por lo que había dicho. La entendía, si hubiese sido yo el que lo hubiera escuchado me habría vuelto loco.

Pensar que Celia hubiera podido estar con otro me habría matado.

Así que podía entender cómo se sentía.

Y ahora, aunque le dijera que era mentira y que pensaba decírselo, no me iba a creer de todos modos.

—No me he olvidado de nada que tenga que ver contigo. Desde antes de conocerte ya me hiciste sentir cosas que nunca había sentido por una mujer. Por eso mismo, y como te dije, no quise aceptar el trabajo. De lo único que me puedes culpar es de haberte ocultado que tu padre me había contratado.

Se le veía que estaba intentando no llorar, pero lo iba a hacer en cualquier momento.

Las manos me picaban de las ganas que tenía de abrazarla, de decirle que todo iba a estar bien, que nada nos iba a separar, que íbamos a tener una familia muy bonita.

—No es lo que has dicho ante toda tu familia. No te lo estoy reprochando, estás en tu derecho de rehacer tu vida. Que vayas a tener una hija no te tiene que impedir que estés con la mujer que quieras.

Quise gritarle que yo no había estado con otra mujer desde que la había conocido y que tampoco quería estar con otra que no fuera ella.

—No he estado con nadie desde que te conozco. —Por su mirada supe que no me creía—. Lo que he dicho esta mañana ha sido por despecho.

—¿Por qué? No tenías necesidad de mentir.

—Porque te amo con todo mi corazón y me mató enterarme de que iba a ser padre por casualidad y que fueras tú la que me lo contaras.

No pudo seguir reteniendo las lágrimas.

—Supongo que ninguno de los dos hemos sabido hacer bien las cosas.

—No, no hemos sabido hacerlas, pero eso no significa que no podamos hacerlo bien a partir de ahora. Celia, te quiero, nunca he dejado de hacerlo, aunque estemos separados, te sigo amando por encima de todo.

Las lágrimas corrían por sus mejillas como si fueran un río.

Me hubiera gustado mucho poder secar esas lágrimas, abrazarla a mi pecho y decirle que a partir de ahora todas las lágrimas que iba a derramar iban a ser de alegría.

No lo hice y no fue porque no quisiera. Fue por miedo a su rechazo, no sé si sería capaz de aguantar que me apartara de su contacto.

—Yo también te amo, no he podido dejar de pensar en ti y en la forma en la que me fui sin darte la oportunidad de escucharte. Lo siento, me sentí traicionada en ese momento, sentí que te habías reído de mí, de mis sentimientos.

Empezó a faltarle el aire, se lo noté al instante.

Se llevó las manos al pecho y acto seguido se empezó a quitar el abrigo que se había puesto.

—Celia, respira.

A la mierda su posible rechazo, no podía seguir viendo a la mujer de mi vida en ese estado y no hacer nada.

La pegué con fuerza a mi pecho y la rodeé por los hombros, no me rechazó. Hizo lo que no me esperaba.

Me rodeó por la cintura y sobre mi pecho dejó salir todo su dolor.

Apoyé mi barbilla sobre su cabeza y dejé salir también parte de mi dolor. Mientras ella sollozaba, yo dejaba salir mis lágrimas de manera silenciosa.

—No puedo, Leandro, ya no puedo más con este dolor que me está atravesando el pecho.

Dijo entre sollozos.

—No tienes que poder. Comparte tu dolor conmigo, aunque yo haya sido la causa de ese dolor. Me mata verte así, me mata saber que soy el culpable de todo.

—No, los dos somos culpables a nuestra manera.

Me estrechó la cintura con mucha más fuerza. Era como si de verdad necesitara mi contacto.

Hice lo mismo. Necesitaba sentirla lo más cerca que pudiese tenerla.

—Nena —me di cuenta de que la había llamado así después de decirlo—, te prometo que no he estado con otra mujer. Me tienes que creer, es la verdad. Desde que te fuiste no he parado de buscarte como un loco.

Le di un beso en la cabeza, dejando mis labios allí varios segundos.

Teníamos que arreglar lo que se había estropeado. No podía ser de otro modo, ella era la mujer de mi vida y estaba completamente seguro de que yo era el hombre de la suya.

—Te creo, algo me dice que me estás diciendo la verdad.

En cuanto dijo esas palabras sentí cómo me abandonaba un gran peso. Como si de pronto volví a respirar, aunque solo fuera un poco.

—Dime que podemos arreglarlo. Que podemos formar la familia que estamos esperando. Que vamos a tener a nuestra hija y que todo va a estar bien. No puede ser de otra manera; nos amamos demasiado como para perdernos el uno al otro.

Los segundos —o minutos— que se quedó callada fueron los más largos hasta ahora. Estaba ansioso por escuchar su respuesta.

—No más mentiras ni cosas ocultas, por muy pequeñas e insignificantes que sean, es lo único que quiero. Si vamos a estar juntos, necesito que lo hagamos bien.

Dios, me estaba dando la oportunidad de recuperarla. Nos estaba dando la oportunidad de hacer nuestra vida juntos.

En ese momento me prometí a mí mismo que haría de ella la mujer más feliz del mundo.

—No más secretos. Vamos a ser felices, te lo prometo.

Y esa era una promesa que pensaba cumplir, aunque me fuera la vida en ello.

La separé de mi pecho y le cogí las mejillas para levantarle el rostro y poder mirarla a los ojos.

—Lo eres todo y siempre lo vas a ser: tú y los hijos que tengamos.

Qué suerte tenía de que hubiese vuelto y me estuviera dando esta oportunidad.

Era la mujer más perfecta y maravillosa que había tenido la suerte de que se cruzara en mi camino.

Era mi mundo entero y siempre lo sería.

A partir de ahora mi vida empezaría y terminaría con ella.

—Vamos a empezar con la que viene en camino y el tiempo dirá lo que pasará después.

Se le dibujó una sonrisa. Fue muy pequeña, pero ahí estaba. Mi propósito iba a ser que fueran muchas más y con mucha más intensidad y fuerza.

—Tenemos que llenar todas las habitaciones vacías. Lo recuerdas, ¿verdad?

Le di un beso en la frente. Me hubiera gustado probar de nuevo sus suaves labios, pero no me atreví todavía.

Por fin se iba a terminar toda esta pesadilla. Por fin la tenía de nuevo junto a mí, y esta vez iba a ser para siempre.

—Estoy segura de que Gema y Romeo se van a encargar de llenar esas habitaciones.

Reí.

No creo que esos dos tuviesen muchos hijos.

Supongo que el tiempo lo diría.

Lo que sí tenía claro era que nosotros no nos íbamos a quedar solo con esta hija.

Es curioso cómo pueden cambiar los pensamientos de alguien cuando llega a su vida la persona indicada.

Estaba claro que lo decía por mí y por lo que siempre había pensado antes de conocerla.

Yo, que nunca había pensado hacer una vida junto a una mujer, que siempre había disfrutado de la vida que llevaba y al que jamás se le había pasado por la mente ser padre, estaba ahí, deseando hacer lo que me quedaba de vida junto a ella.

Y aquí estaba, deseando hacer lo que me quedaba de vida junto a esta mujer. Con ganas de que mi hija naciera, sostenerla entre mis brazos, acurrucarla en mi pecho, consolarla y protegerla de cualquier cosa y pensando en tener más hijos.

Llenar nuestra casa de risas y alegría.

Oír el correteo de esos pequeños pasitos, esos que iban a dar mucha vida a esta casa.

De pronto Celia estiró una de sus manos hacia mi rostro y la posó sobre mi mejilla con la dulzura con la que siempre lo hacía.

—Te quiero y no quiero vivir ni un segundo más separada de ti.

Cerré los ojos disfrutando de su caricia y de sus palabras.

Tenía los ojos cerrados cuando de pronto sentí cómo se sostenía sobre la punta de sus pies y posaba sus labios sobre los míos.

El calor que me transmitieron esos labios tiernos y carnosos hizo que mi corazón comenzara a latir lleno de alegría y felicidad.

Le devolví el beso, pero el mío fue con mucha más intensidad.

La abracé por la cintura con fuerza con una mano; la otra la puse detrás de su cuello, haciendo un poco de fuerza para que nuestros labios se tocaran con mayor intensidad.

Saqué la punta de la lengua e hice con ella un poco más de presión para que abriera su boca y poder adentrarme en ella como estaba deseando.

Nos separamos después de ese beso, sin dejar de mirarnos a los ojos.

—¿Y ahora qué?

Me preguntó con una sonrisa tímida.

—Ahora vamos a vivir un larga vida juntos, pero antes toca informar a la familia de que por fin estamos juntos y lo vamos a estar para siempre.

Le volví a dar otro beso. Este fue solo un roce, pero no por ello lo sentí menos.