Nos queda mucho por vivir Capítulo 38
90%

Capítulo 38

Celia

Había estado con otra mujer después de haberse enterado de que iba a ser padre.

No me querría tanto como él había dicho cuando le había faltado tiempo para irse con otra.

¿Me había dolido mucho enterarme de eso? Sí, pero ¿qué importaba una cicatriz más en mi corazón? Nada, por lo menos para él.

Lo tenía tan roto que sinceramente creía que no podía pasarme algo que me hiciera más daño.

Y no se lo podía reprochar. Había estado con esa mujer, sí, pero no estando conmigo. Era libre para irse con quien quisiera, estaba en su derecho si era lo que le apetecía hacer.

Por lo que parecía ya no quedaba nada entre nosotros, solo la hija que íbamos a tener.

Si tenía que ser así, no me quedaba más que aceptarlo y llevarlo lo mejor posible y cuanto antes lo hiciera, mucho mejor para mí y para mi estabilidad mental.

No me apetecía encerrarme en el despacho a solas con él. Sabía que lo iba a pasar muy mal estando en un espacio cerrado y mucho más con los ataques de ansiedad que me habían estado dando desde que me marché.

Era verdad que desde que me había enterado de que estaba embarazada, había intentado controlarlos más y no me estaban dando tan a menudo.

Me había costado lo mío poder controlarlos más o menos. Habían sido muchas horas de meditación, de hablar conmigo misma y, sobre todo, de reconocer lo mal que lo hice en su momento.

—Si no te importa, me sentiría más cómoda si hablamos fuera.

Dejé el desayuno a medio comer. De todos modos, por la mañana tampoco es que pudiera comer mucho. Las náuseas no se me habían quitado; sí había controlado un poco los vómitos, pero el estómago revuelto me seguía dando guerra.

—Termina de desayunar antes de salir y abrígate bien que hoy está haciendo fresco.

Desde que llegué ayer a la villa, la abuela no se había separado de mi lado. Para ser sincera, fue con ella acostada a mi lado en la cama, donde dejé salir cómo me había sentido y cómo me seguía sintiendo.

Esa mujer que la mayoría de las veces era brusca a la hora de decir las cosas fue la que me consoló durante horas hasta que me quedé dormida.

—He terminado ya. Voy un momento por un abrigo, si quieres desayunar te espero a que lo hagas.

Leandro no se había acercado a la mesa. No se había sentado a comer nada, solo llegó, se hizo ese café que seguía manteniendo en sus manos intacto.

—No te preocupes, no tengo hambre.

—¿Cómo la vas a tener? —le preguntó su padre, y mira que Marcelo era de los que se mantenían en silencio—. Con la cara de resacoso que traes.

—Mejor dejamos ese tema a un lado.

Fui por el abrigo. No me apetecía que sacaran a relucir de nuevo el tema de la mujer con la que había pasado la noche o, por lo menos, no quería escuchar más hablar de ello.

¿Que lo había hecho y que me había dolido?

Sí, y mucho, pero como dice el refrán ese tan famoso: «ojos que no ven, corazón que no siente».

Total, el daño ya estaba hecho. ¿Por qué hacerme más? Y no digo que lo hiciera él. Repito que no me debía nada, lo nuestro se terminó porque así lo decidí yo.

Cuando bajé de la habitación en la que me había quedado esa noche, Leandro ya estaba esperándome junto a la puerta del salón. Y eso era porque habría decidido dar un paseo por la parte de atrás de la casa.

Caminé a su lado y, ¿os podéis creer que no sabía cómo comportarme?

Iba a su lado e iba muy nerviosa.

—¿Tenías en algún momento pensado contarme que íbamos a ser padres?

Rompió el silencio tan incomodo que habíamos creado.

—Sí, tenía pensado decírtelo. Tenías derecho a saberlo.

Me sinceré.

—¿Cuándo? Porque, por mis cálculos creo que estarás de cuatro meses y pico como poco.

Era normal que me preguntara ese tipo de cosas.

Podía preguntar todas las que quisiera, que se las iba a contestar con la verdad.

—Estoy de cuatro. Cuando me fui no lo sabía, de hecho, me enteré hace poco.

Ya os conté que estaba tan mal que no me había dado cuenta de la falta del periodo.

—Fue ayer mismo cuando me enteré del sexo del bebé. Por eso llamé a Gema. Y en cuanto a cuándo te lo pensaba decir, para serte sincera, no lo sé. Solo sé que estaba intentando reunir valor para enfrentarme a ti.

Se detuvo a un lado del jardín trasero, allí había un banco.

Me hizo una señal con la mano para que me sentara. En cuanto lo hice, también lo hizo él.

Eso sí, para estar en la situación en la que nos encontrábamos en esos momentos, se sentó muy cerquita de mí. Tanto, que su rodilla estaba rozando con la mía.

Quise separarme un poco de él. Y no porque me molestara su contacto, más bien era todo lo contrario, lo añoraba tanto que deseaba que ese pequeño roce se sintiera mucho más.

—¿Valor para enfrentarte a mí?

Estaba segura de que había malinterpretado las palabras. No lo dije por el lado que se lo tomó.

Lo que yo quería decir era que no tenía valor para verlo, lo amaba demasiado para estar tan cerca de él y a la vez tan lejos.

Respiré profundamente antes de aclarárselo.

—Más bien valor para verte. Necesitaba más tiempo para recuperarme, no tenía fuerzas para mirarte a la cara y, mírame, aquí en tu casa después de la forma en la que me fui y ocupando una de las habitaciones.

—Reí con ironía—. Pero no te preocupes, me voy a ir hoy, si no lo hice ayer fue porque tu abuela no me dejó.

Su mirada se suavizó, a la vez que por ella cruzaba tristeza.

—Esta es también la casa de mi abuela y si ella te ha invitado no tienes que irte. Además, aquí tienes a Gema, has pasado mucho tiempo sola y creo que te va a venir bien estar rodeada de la familia.

De la familia y de Gema, no de él.

Pensé con un poco de tristeza.

—Creo que voy a regresar a España. Es lo mejor para todos.

Se levantó del banco con rapidez.

—¿Y la niña? ¿Me vas a obligar a vivir separado de ella y solo viéndola de vez en cuando?

Jamás haría eso, yo quería que fuera un padre presente.

Le había dicho que iba a regresar a España porque también necesitaba sentirme arropada por mi familia, que sí, que no me faltaba cariño por parte de su familia y que me trataban como a una más, pero era su familia y no la mía.

¿No sé si me entendéis?

La idea de España se me había ocurrido en el momento y era por lo que os acababa de decir.

Tenía necesidad de verlos y de estar un tiempo con ellos. Pero, cuando tuviese el embarazo un poco más avanzado, pensaba volver y quedarme. No sabía si Leandro querría estar presente durante el parto cuando naciera la niña; a mí desde luego, me gustaría que lo estuviera.

—No, nunca te apartaría de tu hija. Creo que me has conocido lo suficiente durante el tiempo que hemos estado juntos, como para que pienses que soy capaz de hacerte eso.

—Ya no sé qué pensar. Creía que te conocía, pero por lo que se ve, estaba muy equivocado.

No me podía creer que me hablara con reproches.

Me levanté también para quedar más o menos a su altura. Que él estuviera de pie y yo sentada, me hacía sentir muy pequeñita.

—Yo también creí que te conocía y no era así.

Negué con la cabeza.

Por el camino que estábamos tomando no creía que fuera posible que nos entendiéramos ni un poco, por lo menos por el momento.

—Y me conoces. Siempre he sido el que has visto.

Volví a negar con la cabeza.

—No. El hombre que estuvo a mi lado durante cuatro meses me mintió, sí, pero también pude ver el amor con el que me trataba, cómo me cuidaba y todo lo que le importaba. Este hombre que tengo delante, en cambio, parece haberse olvidado muy pronto del amor que decía sentir por mí.

No tenía que haberle dicho eso, pero los celos pudieron conmigo.

Imaginar que había estado con otra mujer como lo estuvo conmigo, que le diera los mismos besos que me dio a mí, las mismas caricias, las mismas miradas.

Me iba consumiendo por dentro.

Dejé que volviera la pena y la tristeza de lo que habíamos tenido y lo que habíamos perdido.

Se pasó las manos por la cara como si estuviese desesperado y sin parar de moverse de un lugar a otro.

Parecía como si quisiera decir algo y no terminara de atreverse.

Cuando se detuvo ante mí y respiró profundamente, supe que era el momento de hablar.