Nos queda mucho por vivir Capítulo 37
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Capítulo 37

Leandro

Me había ocultado que iba a ser padre.

¿Cómo iba a poder perdonarla alguna vez?

No sabía si eso sería posible en el futuro. Lo que sí podía decir era que no la quería ni ver.

En esos momentos en los que sentía tanta rabia en mi interior no era capaz de mirarla. Lo único que me importaba era saber que mi hija iba creciendo sana y que estaba bien.

Tendría que lidiar con ver a la mujer que más amaba solo como la madre de mi hija, pero era lo que la vida o el destino nos habían deparado.

Por lo menos era lo que se podía ver hasta ese instante.

Me tuve que ir de la casa porque en ese momento no podía lidiar con las miradas de pena y compasión que vi en los ojos de toda mi familia.

Por eso mismo me tuve que ir.

Recuerdo que metí el coche en la plaza de garaje que tenía en mi piso del centro de Florencia. Ni me molesté en subir a él.

Salí de allí y me fui para perderme por el centro. Si me quedaba encerrado no iba a parar de darle vueltas a la cabeza y era lo que menos me apetecía en ese momento.

Solo sé que fui de bar en bar y que en algún momento bien entrada la noche regresé al piso.

Al día siguiente me levanté con un poco dolor de cabeza, pero nada que un analgésico no pudiera arreglar.

Me lo tomé con un café bien cargado que me hice. Después me duché y decidí enfrentar lo que me esperaba en casa.

Cuando me levanté y miré el móvil, vi que tenía llamadas perdidas de todos. Las ignoré, total, en un rato iba a estar en casa.

En cuanto me duché me sentí como nuevo y con las energías renovadas. Bueno, esas no del todo, pero no me quedaba otra que afrontar las cosas como eran y cuanto antes lo hiciera, mucho mejor.

Llegué a casa a la hora en la que normalmente estaban desayunando.

Antes de ir a la cocina, fui directo a mi habitación. Quería cambiarme de ropa, me apetecía dar un paseo sobre Caprichoso y echarles un vistazo a las vides.

Me puse unos vaqueros, una camiseta de manga larga y las botas de trabajo. Estaba listo para tomarme mi segundo café con las preguntas que seguro me iría haciendo la familia.

Iba mirando el móvil cuando entré en la cocina y, sin levantar la mirada de él, di los buenos días.

—Buenos días a todos.

Aún con los ojos puestos en el teléfono, fui directo a la cafetera.

—Pero mira a quién tenemos, si es mi nieto, ese que no es capaz de contestar ni una llamada de su familia.

No le hice mucho caso, no me apetecía empezar una pequeña guerra con mi abuela.

—Abuela, déjalo para otro momento.

—¿Qué? ¿Te lo pasaste bien anoche? Porque por la cara que traes supongo que sí.

—Pues sí, me lo pasé cojonudo. Conocí a una mujer que me hizo pasar una noche de puta madre, ¿te vale con esa información o quieres más?

Era mentira. No había estado con una mujer, por muy enfadado que estuviese con Celia, era incapaz de estar con otra mujer.

—Tío, no sé cómo te las arreglas, pero no paras de cagarla.

Levanté la cabeza para mirar a mi primo. Sin embargo, lo que me encontré allí, me dejó totalmente paralizado.

Celia estaba sentada a la mesa de la cocina y unas enormes lágrimas le corrían por las mejillas.

—Más tonto no puedes ser.

Me dijo mi abuela, mirándome con reproche.

—¿Qué hace ella aquí?

Mi madre negó con la cabeza. Tenía una mirada triste, mi padre la estaba rodeando por los hombros, como si la estuviese consolando.

Gema me miró con rabia; mi primo como si no se pudiera creer lo que había dicho.

Él me conocía mejor que nadie y sabía que todo lo que había soltado por la boca era una mentira.

Y mi abuela, bueno, ella me miró con cara de asesina, con ganas de matarme a hostias y por el dolor que vi en los ojos de Celia, desde luego que merecía que me diera una auténtica paliza.

—Creo que lo mejor es que me vaya. No tendría que haberme quedado, quizá hubiera sido mejor venir en otro momento. Romeo, ¿me puedes acercar a Florencia, por favor?

Mi primo se levantó para llevarla, pero por mis cojones que esa mujer no se iba a mover de donde estaba sentada.

No, no iba a dejar que se fuera, porque si lo hacía después de haberme escuchado decir esa mentira, era cuando la iba a perder para siempre.

Era curioso cómo cuando me enteré de que estaba embarazada quería mantenerla lo más lejos posible de mí, e incluso llegué a pensar que todo el amor que sentía por ella había desaparecido.

Sin embargo, en ese momento, viéndola ahí sentada, con la mirada tan apagada, esos ojos llenos de lágrimas y las manos temblándole, lo único que quería era dar los pocos pasos que nos separaban, levantarla de esa silla y abrazarla a mi pecho hasta que el mundo desapareciera por completo.

No sabía que podía llegar a perdonarla tan rápido. De verdad que pensé que eso no iba a ser posible por el daño tan grande que había sentido que me había hecho.

Tonto de mí, que no sabía que en cuanto la viera otra vez mi mundo solo iba a girar a su alrededor.

—Desde luego, nunca dejas de asombrarme.

Me dijo mi abuela, sin dejar de mover la cabeza de un lado hacia otro, era decepción lo que sentía y con toda la razón del mundo.

Joder, Leandro, vas de mal en peor. Menuda cagada acabas de hacer.

Me moría por abrazarla, decirle que todo iba a estar bien, que puede que nuestra relación no hubiese empezado de la mejor manera posible.

Quería decirle que no se preocupara, que íbamos a solucionar todo y que a partir de ahora comenzaría nuestra vida.

Pero ¿cómo me acercaba a ella después de lo que había escuchado?

Si no me quiso oír la vez pasada, mucho menos lo iba a hacer ahora.

—Celia, creo que tenemos mucho de lo que hablar.

Intenté decirlo en el mejor tono posible.

Me sentía tan confundido en esos momentos, que no sabía cómo afrontar o más bien sobrellevar el choque de sentimientos que tenía en mi interior.

Por un lado, quería abrazarla y decirle que todo iba a estar bien, que íbamos a crear una bonita familia. Por otro, tenía ganas de reprocharle todo lo que me había hecho pasar: los tres meses de dolor, lo mal que me había encontrado y las noches en vela, llenas de llanto.

Porque sí, desde que se había ido, no había pasado ni una sola noche en la que no hubiera derramado lágrimas. Unas veces habían sido de frustración, otras de añoranza y otras, arrastrado por la rabia y el dolor por no haberme dado la oportunidad de explicarme.

—¿Por qué no vais al despacho o dais un paseo y habláis tranquilamente y con calma?

Nos preguntó mi madre, aunque sonó más a sugerencia que a pregunta.