Nos queda mucho por vivir Capítulo 36
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Capítulo 36

Celia

Se había enterado y lo había hecho por mí.

Cuando escuché su voz, el corazón me dio un vuelco. No sabía cuánto echaba de menos oírlo hasta que lo había hecho.

Prometo que no fue mi intención ocultárselo. Bueno, al principio sí, pero es que me pilló tan mal anímicamente que no era capaz de reaccionar.

No me lo esperaba.

Cuando fui a urgencias porque no paraba de vomitar y después de hacerme los análisis me dieron la noticia, hasta la tensión se me bajó.

Y no, no había tenido la cabeza muy centrada para darme cuenta de la falta del periodo, por lo que fue una auténtica sorpresa.

Cuando me lo dijeron, estuve días llorando a mares.

Iba a ser madre y no tenía a mi lado al padre de mi bebé, y no lo tenía porque me fui de su lado sin darle la oportunidad de que me lo explicara todo bien y con calma.

Es verdad que durante los dos primeros meses no había sido capaz de razonar y pensé que él se había reído de mí, pero este último mes empecé a verlo de otra manera, una que quizás era un poco más razonable.

Puede que mi niña hubiese sido el motivo para darme cuenta de que de verdad se había enamorado de mí y que el miedo a perderme le había hecho seguir ocultándolo.

Y ahora, después de escuchar su voz dolida, me di cuenta de que lo nuestro ya no se podría arreglar. Porque, al igual que yo no supe perdonar su mentira en su momento, Leandro no iba a perdonarme que le hubiera ocultado que iba a ser padre.

Solo me hizo falta escuchar lo que le dijo a Gema para darme cuenta de que lo había perdido para siempre.

Si es que más tonta no podía haber sido.

¿Cómo es posible que no nos demos cuenta de lo que tenemos hasta que sentimos que lo hemos perdido de verdad?

Sé que puede sonar un poco confuso y egoísta por mi parte, pero es la realidad. No me había dado cuenta de que ese hombre me había querido de verdad hasta que había sentido con sus palabras que le había hecho tanto daño que ya no tenía nada que hacer con él.

—No hace falta que me lo digas, lo he escuchado.

Le dije a Gema llorando.

—No llores ahora. Te lo he dicho hasta la saciedad: tenías que habérselo dicho. Tenía derecho a saber que iba a ser padre, aunque no quisieras volver con él.

Y esta era mi amiga, la que te decía las verdades, aunque te dolieran.

—Sabes que no fui capaz de hacerlo.

—Pues ahí tienes lo mismo que le pasó a él, con la diferencia de que él no ha estado ocultando algo tan importante.

Lloré más cuando me dijo eso.

—Dame el teléfono ahora mismo.

Escuché que le decía la abuela, y por su tono de voz no estaba nada contenta.

—Niña, no sé dónde estás ni me importa, siempre y cuando estés bien, pero ya estás moviendo tu culo de donde sea que estés y volviendo a casa.

—Abuela —le dije sollozando.

—Ni abuela, ni leches, te quiero aquí antes de mañana.

—No puedo dejarlo todo e irme sin más.

Había encontrado un trabajo en una tienda como cajera. Me vino bien, ya que me pagaban por semana y me lo daban en efectivo, lo que en su momento me vino mucho mejor.

—¿Cómo que no puedes? Si es lo que hiciste cuando te fuiste.

Me merecía ese reproche.

—No puedo dejar el trabajo, así como así.

—Sí que puedes, porque no te hace falta trabajar, por lo menos aquí.

Tenía razón, no me hacía falta trabajar, y si lo había hecho, había sido para no mover el dinero del banco.

—¿Para qué voy a ir? Si ya no tengo posibilidad de que Leandro me perdone.

Me limpié las lágrimas.

—Como no vas a tener posibilidad de volver con él, es quedándote donde estás. Por cierto, ¿dónde dices que es?

Sonreí por su manera nada sutil para que le dijera donde estaba.

—Estoy en Vernazza.

—La madre que la parió. Mi nieto buscándola por toda Italia y España y resulta que la niña estaba a dos horas y pico de aquí.

—Me gusta vivir en esta zona y no me quería ir tan lejos. En cierta manera, era una forma de estar cerca de vosotros.

Lo sentí así.

—Para lo que nos ha servido que estuvieras cerca, para nosotros es como si hubieras estado en la Conchinchina.

Me sacó una sonrisa.

—No te muevas de ahí, que ahora mismo va Romeo a por ti.

—Abuela, no voy a ir a la villa. No puedo irme a la casa de Leandro cuando él no va a querer ni verme.

¿Con qué cara me presentaba allí?

—Esta es mi casa también y la de sus padres, y todos tenemos derecho de estar cerca de mi biznieta. Si Leandro no quiere verte que cierre los ojos.

Como me había dicho siempre su nieto, la abuela nunca había tenido pelos en la lengua y no los iba a empezar a tener ahora.

—Por no decir que tienes que terminar la nueva línea que iba en mi nombre y en el de mi nuera.

Nadie lo sabía, solo mi padre, pero los diseños de esa línea ya estaban terminados. No habían estado listos para la fecha prevista, por lo que habíamos decidido sacarla para el próximo verano.

—Ya está terminada y su presentación será en abril, antes de que empiece el verano.

—Niña, por lo que veo te gusta guardar demasiados secretos. Romeo, levanta el culo y ve ahora mismo a por mi nieta y mi biznieta.

—Como ordenes, abuela.

Escuché que le contestó su nieto.

Y estaba segura de que lo había hecho acompañado de un saludo militar.

—Niña, mi nieto va a salir para allá, así que ya estás tardando en hacer la maleta.

Madre mía, cuando a esa mujer se le metía algo en la cabeza, se tenía que hacer en el momento.

—No me va a dar tiempo a hacer las maletas.

—Claro que sí, si te dio tiempo a hacerlas cuando te fuiste, ahora también y si Romeo te tiene que esperar un poco, tampoco pasa nada.

Dios mío, ¿cómo iba a tener valor de meterme en esa casa después de cómo me había ido de ella?

No le iba a llevar la contraria: aceptaría que Romeo viniera a por mí y en ir hasta allí para verlos y hablar cara a cara con ellos, pero no pensaba quedarme bajo el mismo techo que Leandro.

No, cuando no había sabido hacer las cosas bien.

Y, por si fuera poco, en estos momentos estaba segura de que me odiaba por encima de todo.

Definitivamente no me iba a quedar allí. Antes muerta que tener que vivir con las miradas de desprecio o de odio.

Aunque Leandro no fuera un mal hombre, ni mucho menos tuviera mal corazón, en esos momentos, era la persona que menos quería tener delante.

Lo primero que hice fue llamar a la tienda y decir que me había surgido un problema familiar y que, por lo tanto, tenía que regresar a España de manera urgente.

Después llamé a mi casero y le di la misma versión que a mi jefa.

No me reprocharon nada. Lo entendieron al momento, eran buenas personas y desde que los conocía siempre me habían tratado con mucha amabilidad.

Hice las maletas lo más rápido posible. Tampoco es que tuviera gran cosa.

La ropa que me había traído y unas cuantas prendas más, ya que el tiempo había cambiado y no tenía ropa de invierno aquí, por lo que me la tuve que comprar.

A la hora a la que tenía previsto que llegara Romeo lo tenía todo preparado. Mientras llegaba, me senté en el sofá y me puse a reflexionar sobre todo lo que había pasado desde que puse un pie en Florencia.