Capítulo 35
Leandro
—Mira cómo se nota la barriguita ya.
Ni levanté la mirada cuando mi madre le dijo eso a Gema.
Cada vez pasaba menos tiempo en la villa y por el camino que iba, pasaría mucho menos.
Y no era porque no me alegrara de ver a todos felices con la llegada del hijo de Romeo y ella. Sí, ya sabíamos que era un niño y mi familia estaba como loca, yo también, que conste.
Lo único que me pasaba era que ver tanta felicidad a mi alrededor me hacía extrañar mucho más a Celia, y eso que ya habían pasado tres meses desde que se había marchado.
Durante este tiempo la había buscado con todos los medios que tenía a mi alcance y no había tenido ni una sola pista. Era como si se la hubiera tragado la tierra.
Pero no me iba a rendir.
Y no, por el uso de su teléfono tampoco la había podido localizar. Al parecer, se había deshecho de su teléfono y se habría comprado uno de prepago.
Porque a su nombre no había sacado una nueva línea.
Una vez a la semana llamaba a Gema para saber cómo le estaba yendo el embarazo, pero cada vez que lo hacía, era con número oculto, por lo que me era imposible localizarla.
A la semana más o menos de que ella se hubiera marchado, su padre, junto a su madre y hermana, se presentaron aquí, y la verdad, Diego no venía muy predispuesto al diálogo.
Tampoco venía con intención de pelea, pero sí que vino con muchos reproches, reproches que no se cortó ni un pelo a la hora de decírmelos.
No lo podía culpar, estaba en todo su derecho. Por mi culpa, por no hacer bien mi trabajo y por haberme dejado llevar al principio por la atracción física y después por la sentimental, había perdido a su hija.
Que no la había perdido para siempre, o esa esperanza era la que me mantenía más o menos cuerdo, pero sí lo había hecho temporalmente y era otra de las cosas que no me perdonaba a mí mismo.
El caso fue que, cuando se presentaron en la villa, me encerré en mi despacho con él.
Me dijo todo lo que pensaba de mí. No le pude reprochar nada, como dije antes, estaba en su derecho.
No sé cómo pasó, si fue por el cúmulo que llevaba dentro desde que no tenía a Celia conmigo, por todo lo que me había dicho o porque en ese momento me pilló sin fuerzas para aguantar toda la frustración y angustia.
El caso es que me derrumbé delante de ese hombre igual que lo hice delante de mi abuela el día que Celia se marchó.
Fue entonces cuando tuvo un poco de compasión por mí, supongo que al verme tan mal se dio cuenta de que me había enamorado de su hija.
Se lo conté todo: por qué intenté rechazar el trabajo, cómo intenté mantenerme alejado de ella las dos primeras semanas y cómo no pude evitar caer rendido a sus pies. Por mucho que quise hacerme el fuerte, de nada valió.
Ese hombre que vino dispuesto a todo por su hija terminó consolándome en el despacho. Creo que se puso en mi lugar y se dio cuenta de que cuando el amor es verdadero no se puede evitar.
Desde ese momento, y aunque parezca mentira, hemos mantenido buena relación. No éramos amigos, no podía decir eso, pero sí que manteníamos una especie de cordialidad, sobre todo, porque los dos estábamos haciendo lo imposible por encontrar a su hija.
—Este niño parece que crece por días.
—Niña, no seas tonta, no es que parezca, es que lo hace.
Aunque no tenía ganas no pude evitar sonreír al escuchar a mi abuela.
—Es un decir, mujer.
Le contestó ella.
—Lo que tendrías que haber dicho también es que tal y como crece mi niño, también lo hace tu hambre. Como sigas así me voy a tener que poner a trabajar para poder ayudar a mi nieto a mantenerte.
Anda que no era exagerada mi abuela.
—Hala… Cariño, dile algo a tu abuela.
—Claro, y que me tire de las orejas. Díselo tú, que a ti por lo menos no te va a tirar de ellas mientras estés embarazada.
Eso, desde luego. En cuanto tuviese al niño si le tenía que dar algún tirón no iba a dudar ni un segundo en hacerlo.
Me había ido encerrando tanto en mí mismo que ya no era el que había sido siempre.
Casi nunca participaba en las conversaciones. Solía mantenerme callado o cuando hablaba lo hacía poco.
Mi familia me entendió y me dieron el espacio que necesitaba. No hizo falta que se lo pidiera, lo hicieron sin necesidad de nada.
Pero tampoco me permitieron que me alejara por completo.
No podía tener mejor familia, eso estaba más que claro. Hasta Gema intentó que lo sobrellevara lo mejor posible.
¿Dónde se podría haber metido? ¿Y de qué estaba viviendo?
Sus cuentas no las había tocado. Solo lo hizo el día que se fue y, aunque sacó bastante dinero, eso no era suficiente para vivir los tres meses, mucho menos si tenía que estar pagando el lugar donde se estuviera quedando.
Por lo que no me cabía duda de que tenía que estar trabajando en algún sitio donde le pagaran con efectivo.
El teléfono de Gema empezó a sonar. Al estar a su lado encima de la mesa, vi que en la pantalla aparecía un número privado.
Era Celia, no podía ser otra persona.
Me dejé llevar por el impulso, no lo pude evitar y antes de que me diera cuenta había estirado el brazo y había cogido el teléfono.
Se hizo el silencio en la cocina. Nadie se esperaba la reacción que tuve, pero es que ya no aguantaba más.
Descolgué y no me dio tiempo a hablar, porque lo hizo ella.
—Me han dicho que es una niña.
¿Cómo que le habían dicho que era una niña?
Lo que iba a tener Gema era un niño, ¿quién se lo había podido decir?
Aunque también podía ser que se lo hubiera dicho su hermana y que ella se hubiera confundido.
—¿No te alegra saber que vas a tener una sobrina? —La mano con la que tenía cogido el teléfono comenzó a temblarme—. No sabes la ilusión que me hace que los primos se vayan a llevar tan poco tiempo.
—¿Y cuánto es el tiempo que se van a llevar, nena?
¿Iba a ser padre?
No me lo podía creer. Iba a ser padre y no sabía dónde estaba metida.
Me estaba privando de poder vivir esta experiencia. Puede que hubiera hecho las cosas mal y que ella no quisiera perdonarme, pero de ahí a ocultarme que iba a ser padre había un mundo.
—No te quedes callada ahora. Se supone que le estabas dando a tu amiga una buena noticia.
No estaba hablando yo, lo estaba haciendo la rabia que comenzó a invadir mi cuerpo.
—Leandro…
Pronunció mi nombre con sorpresa. No era para menos, me acababa de enterar de su secreto.
—Sí, ese soy yo. El mismo al que no te molestaste en escuchar. El mismo al que has estado ocultando que iba a ser padre. El que te ha buscado por todo el mundo porque no podía vivir sin ti.
Mi familia se había quedado sin palabras. Por sus caras podía ver la sorpresa que se habían llevado, la misma que me había llevado yo.
—No me he atrevido a llamarte para decírtelo, pero pensaba hacerlo.
—Mira, ya tenemos algo en común: yo tampoco me atreví a decírtelo en su momento. Aunque hay una pequeña diferencia: que yo no lo hice porque no quería perderte y tú no lo has hecho por venganza.
—No, no ha sido así. Cuando me enteré de que estaba embarazada, todavía seguía muy dolida y después me daba miedo tu reacción.
—¿Miedo a mi reacción? ¿Qué creías que iba a pasar cuando me enterara?
Me picaban los ojos de aguantar las ganas de llorar. De rabia, de dolor, de todo lo que había luchado por buscarla. Y de darme cuenta de que, después de haber dicho tantas veces que yo nunca la había querido de verdad, acababa de confirmarme que la que no me había amado era ella.
—No sé lo que iba a pasar. Solo sé que no era capaz de hacerlo.
—Felicidades, Celia, te puedes sentir orgullosa de ser la persona que más daño me ha hecho en mi vida.
Le di el móvil a Gema sin colgar la llamada y antes de salir por la puerta, sin decir nada a nadie, le dije unas palabras para que se las transmitiera a su amiga.
—Dile que puede volver si quiere o puede quedarse donde está, pero que por favor, os diga dónde se encuentra. Su familia quiere verla. Por mi parte no tiene nada de lo que preocuparse, solo quiero saber de mi hija cuando nazca.
Por mucho que me llamaron para que no me fuera, hice oídos sordos y no me detuve hasta que me marché de allí.