Nos queda mucho por vivir Capítulo 34
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Capítulo 34

Celia

Recogí toda la ropa en poco tiempo, no me entretuve en doblarla y meterla en la maleta con cuidado. Solo quería irme de allí lo antes posible porque sabía que Leandro iba a venir.

Pero no me podía ir sin decirle nada a Gema. No quería que cuando se diera cuenta de que no estaba se preocupara y llamara a mi familia asustándolos.

A ellos los iba a llamar, tenía varias cosas que decirle a mi padre, no pensaba quedarme con nada dentro. No cuando él había sido cómplice del daño que me habían hecho, o más bien de lo que Leandro me había hecho.

Salí de ese piso sin tener la menor idea de adónde podía ir.

Me gustaba Italia. Siempre me había gustado su cultura y su gastronomía.

Desde luego regresar a España estaba totalmente descartado, por lo menos de momento.

Antes de volver necesitaba un tiempo para mí, para intentar sanar las heridas, para saber qué es lo que quería hacer en la vida sin sentirme obligada a hacer algo que no quería por la opinión o lo que pudieran esperar de mí.

Eso sí, tonta no era y sabía que lo primero que iba a hacer mi padre era mandar a rastrear mis tarjetas y movimientos bancarios.

Por lo que le pedí al taxista que parara en varios cajeros para poder sacar una gran cantidad de dinero.

Gracias a Dios tenía dinero propio y no necesitaba el de mi padre ni el de nadie para vivir. Mi abuela nos había dejado una buena cantidad de dinero a mi hermana y a mí, además de parte de la firma de joyería, aunque la mayor parte de las acciones seguía teniéndola mi padre.

El taxista paró en tres cajeros distintos y, mientras me llevaba de uno a otro, fui buscando por internet algún pueblo donde quedarme y donde pudiera hacer mi vida por un tiempo.

Al no encontrar nada, le pregunté al conductor si conocía algún lugar donde se viviera con tranquilidad y calma.

Fue cuando me habló de Vernazza. Me dijo que estaba a unas dos horas y cuarenta minutos de Florencia.

Lo busqué en el móvil y lo que vi me gustó mucho.

Le pregunté si él podía llevarme hasta allí, no me importaba tener que pagar lo que fuera con tal de salir lo más rápido posible.

Tengo que decir que el hombre se portó muy bien conmigo. No sé si por verme en el estado tan lamentable en el que me encontraba o es que simplemente era un buen hombre.

El caso fue que antes de llevarme me dijo el precio que me iba a cobrar por llevarme y después hacer él la vuelta de regreso. Me pareció bien y así lo hicimos.

Al ser un trayecto largo, me puse a buscar más sobre ese pueblo que se encontraba en Cinque Terre. Por lo visto su nombre se debía a que estaba compuesto por cinco pueblos, de ahí su nombre que traducido era «cinco tierras».

Pues yo había elegido Vernazza entre todos ellos. Para ser sincera, lo hice por recomendación del taxista, porque en ese momento me daba igual que hubiese sido uno u otro.

Que ese pueblo era bonito, era indiscutible.

Vernazza era un pueblo pesquero situado sobre un acantilado. Sus casas eran de colores, lo que lo convertía en un pueblo pintoresco, pero sin perder su esencia ni su encanto.

Una de las cosas que más me gustó de lo que había leído de él era que casi carecía de tráfico de coches, por lo que la tranquilidad estaba asegurada.

Ir descubriendo cosas de ese pueblo me hizo despejar la mente y olvidarme durante un rato del dolor tan grande que sentía en mi corazón.

En ese mismo trayecto aproveché para llamar a mi padre. Había logrado tranquilizarme un rato y cuanto antes lo llamara, mucho mejor iba a ser.

Respiré profundamente antes de darle a llamar. En cuanto llené mis pulmones de aire, lo hice.

—Hola, cariño, no esperaba tu llamada hasta la noche.

Su voz sonaba igual que cada vez que lo llamaba: alegre.

—Sé lo que has estado haciendo desde que llegué a Florencia.

De nada valía andarme por las ramas.

Cuanto más directa fuera, mucho mejor, sobre todo, para mí, que pasaría el mal rato cuanto antes.

—¿De qué estás hablando?

—Hablo de que desde antes de que llegara a poner un pie aquí contrataste a un hombre y su equipo para que me vigilara y se encargara de mi seguridad.

No pude evitar que en la voz se me notara el dolor que sentía.

—Hija, sabes que siempre me he preocupado por ti.

Eso no era preocupación, eso era control.

—Eso no es excusa para lo que has hecho. Me prometiste que mientras estuviera haciendo el máster me ibas a dejar libre y sin vigilancia, por eso vine aquí, porque no soy conocida.

—¿Cómo te has enterado?

—Porque el hombre que contraste ha hecho demasiado bien su trabajo, te felicito, papá, porque por tu culpa me has roto más que nunca.

—Celia, no estoy entendiendo nada de lo que me estás diciendo.

Parecía que se había puesto nervioso.

Pues mucho más se iba a poner cuando viera que había desaparecido y que no pensaba volver, por lo menos en una buena temporada.

—Estoy hablando de que ese hombre se ha acercado tanto a mí para hacer su trabajo que he terminado enamorada de él. Por tu culpa y por la de Leandro, tengo mi corazón roto. Los dos hombres que más he amado en mi vida son los que se han estado riendo de mí.

—¿Qué me estás intentando decir, hija?

Parecía que todavía no se había terminado de enterar o no quería hacerlo.

—Papá, Leandro es el mismo que contrataste para vigilarme y con el que he estado manteniendo una relación sin yo saber que se había acercado a mí por una orden tuya.

—No, yo contraté a uno que se llama Leonardo.

Ese seguramente sería el nombre que Leandro usaba para ese tipo de trabajo, para que no lo relacionaran con su verdadera identidad.

—Son la misma persona. Me habéis matado, habéis destruido todo lo bueno y bonito que había en mi interior.

Rompí a llorar.

El taxista me miró por el espejo retrovisor con pena y compasión.

Se agachó para coger algo de la guantera, cuando lo sacó y me lo entregó me di cuenta de que era una caja de pañuelos de papel.

Se lo agradecí con la mirada.

—Hija, yo no sabía que iba a hacer eso, ¿de verdad piensas que lo hubiera permitido?

—No es que lo piense, es que es lo que pediste. ¿O acaso no le pediste que se hiciera mi amigo para poder estar más cerca de mí? Caí como una tonta, dejé que se me metiera dentro de mi corazón y me lo robara junto con el alma.

Quizás soné muy melodramática, pero es que mi vida en tan solo unas cuantas horas se había convertido en un auténtico drama.

—Vuelve a casa y lo hablamos con calma o puedo coger un vuelo esta misma noche.

Qué equivocado estaba si pensaba que este dolor se iba a arreglar con una conversación.

—No, no voy a volver y tampoco me voy a quedar en Florencia —solté un largo suspiro, no quería seguir hablando—. He dejado el piso, así que puedes rescindir el contrato. Me he marchado de allí, no voy a volver a casa y tampoco le voy a decir a nadie adónde voy.

—Celia, no puedes hacer eso. Sabes que en cualquier lugar y momento alguien te podría relacionar con nuestra familia e ir a por ti.

—Nunca me ha pasado en la edad que tengo, no tiene por qué pasar ahora.

No me iba a convencer. En esto no iba a ceder, necesitaba tiempo para mí y para intentar sanar un poco mi corazón.

—Porque yo he evitado que pase. No paran de llegarme amenazas contra ti y tu hermana, ¿crees que quiero vigilarte por gusto? ¿Porque me gusta ser controlador? No, no es así.

Se escuchó cómo se rompía algo. Fue extraño, mi padre casi nunca perdía el control, aunque era un hombre que imponía, no era de los que se dejaba llevar por el impulso del momento.

—Da igual, papá, ahora mismo no estoy preparada para volver. Necesito tiempo para recuperarme, pero te prometo que os llamaré mínimo una vez a la semana.

—Celia, te juro que voy a coger a ese hijo de puta y lo voy a destruir.

—No, no vas a hacer eso. Si de verdad me quieres, me vas a jurar que no vas a hacer nada en su contra ni en contra de su familia.

Por muy dolida que estuviese con Leandro, lo seguía amando y pensar que le pudiera pasar algo me mataba.