Nos queda mucho por vivir Capítulo 33
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Capítulo 33

Leandro

Salí de casa sin mirar atrás. Sabía que toda la familia estaba pendiente de mí.

No tenía tiempo de explicarles nada. Ya se lo contaría a mi madre, mi abuela, Gema o Romeo.

Estaba montándome en el coche cuando vi llegar el de mi padre. Esperé a que lo aparcara para preguntarle adónde la había llevado.

—¿Dónde la has dejado?

Le pregunté cuando se bajó del coche.

—A su piso. —Me giré para ir a mi coche—. Hijo, no está nada bien —me dijo con pesar—, no ha dejado de llorar durante todo el camino.

Me maldije mil veces: por gilipollas, por hacerla sufrir de esa manera, por haberle provocado todo ese dolor, aunque no hubiese sido mi intención.

—Gracias por llevarla, papá.

—Sabes que lo he hecho de corazón. Lo único que siento es que por todo esto se ha ido de nuestras vidas una buena mujer. Tenía que estar muy dolida con todos nosotros, porque no se ha despedido de nadie.

Eso no lo ponía en duda.

Celia tendría que estar pensando ahora mismo que todo lo que había vivido junto a mi familia había sido mentira. Seguro que pensaba que ninguno la había querido ni apreciado en ningún momento.

No era cierto. Mis padres y mi abuela la querían como si fuera una más de la familia, Celia ya formaba parte de mi familia y siempre lo iba a hacer.

—Seguramente esté pensando que todos habéis sido partícipes.

Puso una mano sobre mi hombro.

—En cierto modo, lo hemos sido. No se le puede culpar de que piense así, solo necesita tiempo y pensar muy bien las cosas, darse cuenta de que para todos nosotros ha sido y es importante desde el mismo momento en el que puso un pie en esta casa.

—Estoy seguro de que lo sabe, pero como has dicho, necesita tiempo y darse cuenta de todo lo que significa para nosotros.

Nunca había hablado con mi padre sobre los sentimientos que había sentido hacia una mujer, más que nada porque nunca había tenido en mi vida a alguien que los provocara.

Sin embargo, en ese momento las palabras de mi padre me hicieron mucho bien.

—Vamos, hijo, no esperes más y ve a buscarla.

Me monté en el coche, pisé el acelerador sin pasar los límites de velocidad y no lo levanté hasta que llegué al parquin.

Bajé del coche lo más rápido que pude y con las mismas prisas caminé hasta su piso.

Sé que debería haber llamado y no entrar con las llaves que Celia me había dado desde la segunda semana en que empezamos lo nuestro en serio. Debería haber respetado su espacio y darle la oportunidad de decidir si quería abrirme la puerta o no.

No lo hice.

Mis ganas de verla, de que me escuchara y de que me perdonara, pudieron conmigo y con mi impaciencia.

—Celia.

La llamé al entrar.

Estaba todo en silencio. No se escuchaba nada.

Pensé que tal vez se había acostado en la cama llorando y que por culpa de ese llanto se podía haber quedado dormida.

Me dirigí al dormitorio con la esperanza de encontrarla allí, pero al abrir la puerta encontré la cama vacía.

Fui a otra de las habitaciones por si estaba en algunas de ellas.

A lo mejor no quiere estar en esa cama porque tiene recuerdos de mí en ella.

Me dije a mí mismo, intentando convencerme.

No estaba en ninguna de ellas. Todas estaban vacías. El corazón me dio un sobresalto pensando que se podía haber marchado de aquí, aunque por otro lado pensé que ella no se iría, así sin más y sin despedirse de su amiga.

Volví a la habitación principal y fui directo al vestidor. Tenía que asegurarme de que su ropa seguía ahí y que si no estaba en el piso era porque había salido para que le diera el aire.

Al abrirlo, no había nada, estaba completamente vacío.

Todo dejó de tener sentido para mí, si no la tenía conmigo, la vida no tendría sentido para mí.

Y lo peor de todo era que, al estar ella en casa, no había puesto a Fabrizio a seguirla.

Siempre nos habíamos encargado mi primo y yo de mantenerla vigilada, pero en algunas ocasiones que no habíamos podido ninguno de los dos, se había encargado Fabrizio y cuando estaba en casa, Greta.

Fue ella la que me dijo cómo de triste y sola se sentía. Y fui yo el que se lo dijo a su padre. Por eso mismo vino Gema, para hacerle compañía y que no sintiera esa soledad.

Empezar a buscarla ahora iba a ser algo más complicado.

Lo mejor que podía hacer por el momento era regresar a la villa y hablar con Gema, por si la había llamado para decirle que se marchaba o que la propia Gema llamara a la hermana de Celia de forma disimulada para no dar la alarma antes de tiempo.

Puse la alarma y cerré la puerta con llave.

Iba de camino al coche como un alma en pena. Mira que me lo habían advertido de mil maneras.

«Leandro, habla con ella antes de que se entere de otra forma».

Yo y mi estúpido miedo no habíamos hecho caso. Creí que podía tapar el sol con un solo dedo y al final terminé abrasado por ese sol.

Derrotado, desganado y sin ganas de nada que no fuese volver a tenerla junto a mí, así me sentía en esos momentos.

Con la rabia hacia mí mismo invadiendo mi cuerpo, me monté en el coche e hice el camino de vuelta.

Mientras conducía de regreso fui rememorando todos y cada uno de los momentos que habíamos compartido juntos.

Las carcajadas por algún comentario, las veces que se retorcía de la risa en mis brazos por las cosquillas que ella decía que le hacía mi barba, las miradas llenas de brillo, ese que nos decía mucho el uno del otro.

Los «te quiero» dichos a media voz cuando hacíamos el amor o los que gritábamos cuando el éxtasis nos consumía.

Las conversaciones en la intimidad de nuestra habitación, los sueños y deseos de tener una vida en común.

Parecía mentira que en apenas cuatro meses hubiéramos vivido tantos momentos y situaciones.

Me encantaba cuando apoyaba la espalda en el cabecero de la cama, con el bloc de dibujo apoyado en sus rodillas y se sumergía en los diseños que se le pasaban por la mente.

Esos que eran espectaculares y brillantes.

Cuando se concentraba tanto, tenía la pequeña manía de ladear un poco la cabeza, arrugar sutilmente el ceño y dar pequeños golpecitos con la parte superior del lápiz en el bloc.

Me podía pasar horas observándola y no darme ni cuenta del tiempo que había transcurrido.

Llegué a casa. Ya no quedaba nada de la fiesta del primer día de vendimia.

Con las ganas que tenía durante todo el año de que llegara ese día… Y este había sido el peor de todos. Se había convertido en una pesadilla.

Eso es lo que quisieras tú: que fuese una maldita pesadilla para que cuando despertaras descubrieras que todo estaba bien.

Ya estaba hasta perdiendo la cabeza, y eso que hacía unas pocas horas que se había ido. Hasta hablando conmigo mismo estaba.

—¿Has hablado con ella?

Me preguntó mi madre al verme entrar por la cocina.

Negué con la cabeza.

—¿No ha querido escucharte?

Fue mi abuela la que se interesó.

—No estaba allí. —Miré a Gema y me di cuenta de que agachó la mirada—. ¿Tú sabes dónde está? Se ha ido de allí y no ha dejado nada.

No me contestó y eso viniendo de ella era raro.

—Cariño, si sabes algo se lo tienes que decir. No lo puedes dejar viviendo con la angustia de no saber dónde está.

Mi madre le habló con el mismo cariño con el que lo había hecho desde que la había conocido. Para ella significaban las dos por igual, ya que mi primo era como su hijo.

Siempre nos habían criado de la misma manera, nunca habíamos sentido que hubieran hecho alguna distinción.

—Solo me ha llamado para decirme que se iba de Florencia. Sé que me lo ha dicho para que no me asustara.

Se quedó callada, aunque sabía que detrás de ese silencio había algo más.

—Por favor, dime todo lo que te haya dicho.

Me daba igual rogarle, sonar desesperado, lo único que quería saber era a dónde se había ido, si estaba de regreso a España o si se había ido a otra parte de Italia.

—También me ha dicho que iba a llamar a su padre para decirle todo, pero que no pensaba volver a casa. —Nos miró a todos con lágrimas en los ojos—. Os juro que no me ha dicho a dónde se iba a ir. Por mucho que le he rogado no me lo ha dicho, simplemente me ha dicho que ni ella misma lo sabía.