Capítulo 32
Leandro
—¿Cómo habéis podido hacerle esto? Sobre todo, tú.
Me dijo Gema después de que mi primo le contara todo. Yo no fui capaz de hablar, lo único que quería hacer era salir detrás de ella, pero Gema no me dejó hacerlo.
—Ya te lo ha dicho mi primo, no tiene sentido que lo vuelva a decir.
No aguantaba ni un segundo más sin ir a buscarla.
Necesitaba que me escuchara. Tenía que conseguir que lo hiciera como fuera, sabía que si lograba que me escuchara y me comprendiera, me podría perdonar.
—¿Dónde crees que vas?
Me giré para mirarla cuando estaba cerca de traspasar la puerta.
—A buscarla, no puedo dejar que siga pensando que no la quiero cuando lo hago con todo mi corazón.
No me daba vergüenza reconocerlo ante quien hiciera falta, porque era la verdad.
Mi corazón latía por y para ella.
Había subido dos escalones cuando la voz de mi abuela me detuvo.
—Se ha ido.
Me di la vuelta para mirarla de frente.
—¿Quién se ha ido?
Una pregunta tonta, pero en esos momentos no era capaz de pensar con claridad.
—Celia, se ha ido, Celia.
Negué con la cabeza.
—No, no se ha podido ir, no así. Además, ¿cómo se iba a ir?
Recorrió la distancia que nos separaba hasta llegar a mi lado.
—Lo siento mucho, cariño, pero se ha ido de verdad y no creo que vuelva. No se ha despedido de nadie. Por su manera de irse entiendo que se ha enterado de todo y también de que toda la familia lo sabíamos.
—Abuela, la he perdido.
Me senté en un escalón totalmente derrumbado.
No me quedaban fuerzas para nada. Solo apoyé los codos en las rodillas y me tapé la cara con las manos y fue ahí cuando me derrumbé.
Sí, lo hice, porque los hombres también lloramos, padecemos, sufrimos y amamos.
Los hombres llorábamos dejando salir en esas lágrimas parte de nuestro dolor.
Sentí cómo la abuela se sentaba a mi lado, rodeaba mis hombros con uno de sus brazos tirando de mí hacia ella, para que recostara mi cabeza sobre su hombro.
—Llora, tienes todo el derecho de hacerlo.
Eso hice.
Seguí dejando que las lágrimas se derramaran.
—Abuela, no puedo haber perdido a la única mujer que he querido y quiero.
—No quiero que suene a que ya te lo dije, pero es la verdad. Tenías que haber hablado con ella cuando empezaste a enamorarte.
Ya no tenía sentido seguir hablando de lo mismo. Por mucho que me dijeran «te lo advertí» no iba a valer para nada, no cuando en su momento no los escuché y no les hice caso.
Daba igual el motivo por el que no lo hice, la cuestión era esa, no haberlo hecho.
—¿Cómo se ha ido?
Pregunté un rato después.
—Tu padre.
Me lo imaginaba.
Sabía que mi padre haría algo así y no se lo reprochaba. No sería capaz, todo lo contrario, le agradecía mucho que la cuidara cuando ella más lo necesitaba.
Dios, la vi tan rota, tan hundida, que me desgarró el alma.
Y todo había sido por mi culpa y, por si fuera poco, toda mi familia se había visto implicada en algo con lo que ellos no tenían nada que ver.
Sé que, visto desde fuera, podría parecer que ellos no le habían dicho nada y que habían colaborado conmigo en la mentira que le había estado haciendo vivir.
Pero era difícil ponerse en la situación de ellos. ¿Cómo iban a decirle algo sabiendo que me podían dañar a mí?
Quería creer que era una puta pesadilla y que cuando despertara la iba a tener abrazada a mí mientras dormía con su cabeza sobre mi pecho.
En el momento en el que la vi por primera vez en esa foto que su padre me envió, tenía que haberle dicho que no podía hacer ese trabajo.
Y lo hice. Lo rechacé al principio por eso mismo: porque nunca una simple imagen me había removido tanto como la suya.
Creo que fue eso mismo lo que no me hizo pensar con claridad y terminé diciéndole a Diego que sí, que me iba a encargar de vigilar y proteger a su hija.
Ese fue mi mayor error. Y no porque hubiera caído rendido a sus pies, no.
De lo único que me arrepentía era de la forma en la que nos habíamos encontrado, sabiendo ahora cómo sabía que Celia era la única mujer que se había adueñado de mi corazón y la única a la que le iba a pertenecer mientras viviera.
—Espero que no te lo tomes a mal.
Tenía la cabeza pensando en las cosas que podía haber hecho y no hice. Por eso perdí el hilo de lo que estaba hablando mi abuela.
—Que no me tome a mal, ¿el qué?
Me limpié las lágrimas que seguían derramándose sin control.
—Que la haya llevado adonde sea que ella haya querido.
—No, no me lo tomo mal, no esperaba menos de él.
—¿Aceptas un consejo? —asentí—. Lucha por ella y no te rindas, si de verdad la quieres, ve hasta el final. Por muchas negativas que recibas por su parte, no dejes de luchar por ella y demuéstrale que de verdad la amas por encima de todo.
No pensaba rendirme e iba a luchar hasta la saciedad, aun sabiendo que no iba a volver a tener ninguna posibilidad.
De todos modos, le iba a demostrar lo importante que era para mí y que, si no la tenía a mi lado, para mí nada tenía sentido.
Me levanté para ir a mi habitación, esa misma que había estado compartiendo con ella. La misma que, desde que Celia vivía aquí en la villa, había tenido vida. La misma que durante un tiempo había guardado nuestras risas, nuestras charlas y los gemidos y jadeos compartidos.
Sabía que en el momento en el que entrara, todo se me iba a venir encima.
—Gracias, abuela, por todo, por estar siempre y por escucharme cuando más lo he necesitado.
Le di mi mano para ayudarla a levantarse. No lo necesitaba, tenía más vitalidad que cualquiera de nosotros, pero aun así lo hice, por educación y respeto.
—Aunque os regañe mucho a tu primo y a ti, os quiero más que a nada en el mundo. Siempre voy a estar a vuestro lado y ahora, ve, dúchate y busca a la mujer de la que estás enamorado.
Hizo que me inclinara para que pudiera llegar a darme un beso en la mejilla.
—Te quiero.
Le dije abrazándola con fuerza.
—Y yo también, pero como no la recuperes te voy a estar haciendo la vida imposible hasta después de muerta.
No pude evitar sonreír, aunque no tuviera ganas de hacerlo. Con mi abuela era imposible, quisiera o no, siempre terminaba sacándome una sonrisa.
—Te prometo que, aunque me cueste la vida, voy a hacer que vuelva y cuando lo haga va a ser para quedarse para siempre.
Subí con energías renovadas, diciéndome a mí mismo que lo iba a lograr, que iba a hacer que Celia volviera a mi lado, porque nos quedaba mucho por vivir.
Nos quedaba toda una vida juntos, nos quedaba formar nuestra propia familia y hacer que todas las habitaciones de la villa se llenaran de los hijos que íbamos a tener.
No podía ser de ninguna otra manera.
Entré directo al baño. Al quitarme la ropa y echarla en el cesto, vi que estaba allí la ropa que se había puesto esa misma mañana.
La angustia creció dentro de mi pecho hasta tal punto que me costó respirar por un momento.