Capítulo 31
Celia
—Había pensado hablar conmigo después de la vendimia.
Reconoció con la voz entrecortada.
Estaba claro que estaba haciendo otro papel. Se estaba haciendo el dolido delante de su primo.
Pero a mí no me iba a engañar más.
Con el alma y el corazón hechos mil pedazos, decidí entrar al despacho. Me daba igual que me viera rota. Mejor; así, si tenía un mínimo de conciencia, se daría cuenta de lo que le había hecho a una mujer.
Una que siempre se había preocupado por no hacerle daño a nadie, una cuyo único sueño había sido vivir un poco más tranquila y no estar constantemente vigilada.
Una mujer que por una puñetera vez en su vida había querido respirar con normalidad y no tener que estar aparentando siempre ser perfecta.
—¿También le mandabas a mi padre en esos informes las posturas en las que te has follado a su hija?
Le pregunté mirándolo fijamente a los ojos.
Quería que viera mi dolor, el desgarro que había dejado en mi corazón. El gran trabajo que había hecho al romper el espíritu y el alma de una mujer que nunca le había pedido nada a nadie y que lo único que había buscado en él era amor.
—Nena, no sé qué es lo que has escuchado, pero deja que te lo explique…
—Lo he escuchado todo. ¡¡¡Todo!!! —grité desgarrada—. ¿Eso es lo que he sido para ti? ¿Un simple pasatiempo en tu trabajo?
—Celia, no es así. Por favor tienes que creerme, te quiero más que a mi vida.
—¿Creerte? ¿A ti que te acercaste a mí por un puto contrato? ¿A ti que te has estado riendo de mí junto a tu familia? ¿A ti que la palabra amor te queda muy grande? Tú no sabes lo que es querer y mucho menos respetar a nadie.
—Celia, tienes que escucharlo, si no te ha dicho nada es porque le daba miedo tu reacción.
Cómo no lo iba a defender, si él había estado metido en todo esto desde el principio.
—El tiempo de escucharlo pasó al día siguiente de haberse acostado conmigo la primera vez y no haber sido claro. En ese momento lo habría perdonado, pero no ahora, no después de cuatro meses.
Volví a mirar a Leandro. Tenía lágrimas en los ojos, pero esas lágrimas no me conmovieron, no cuando mi corazón y mi alma estaban sangrando.
—Nena, te lo pido por favor, no dejes que esto nos separe. Sabes que te amo, que para mí no hay nada más importante que tú.
—Deja de mentir ya, no tienes que seguir haciéndolo.
—No es mentira. Es lo que siento y lo sabes, aunque no lo quieras reconocer.
—No tengo que reconocer algo que nunca ha sido cierto.
Dio un paso en mi dirección e intentó cogerme de las manos. No dejé que lo hiciera. No iba a permitir que este hombre me volviera a tocar en la vida.
—Celia, te lo pido por favor, solo escúchame con tranquilidad.
No había nada que escuchar, ya lo había oído todo.
Había dejado bien claro lo que había hecho.
—Celia, por favor, escucha a mi primo, no dejes que esto os separe.
—El único que nos ha separado ha sido él. Con sus mentiras, esas en las que también has estado implicado tú.
Parece ser que eso le tocó un poco a Romeo, o quizás fue el miedo que sintió a perder lo que tenía con mi amiga. Aunque, como dije antes, no iba a permitir que eso pasara.
Lo que había entre ellos no tenía nada que ver con lo que habían hecho conmigo. Y digo «habían hecho», porque en hacerme daño habían participado todos.
—No te preocupes, esto no tiene que perjudicar tu relación con Gema. Hablaré con ella, tienes mi palabra.
A pesar de que estaba muy dolida con Romeo, jamás sería capaz de hacerle daño. Mucho menos cuando sabía que quería a mi amiga y encima estaban esperando un hijo.
—Nena, dime qué puedo hacer para que por lo menos me escuches.
—No vuelvas a llamarme nena nunca más. Y no puedes hacer nada, no cuando has matado todo el amor que sentía por ti.
Vi su cara de dolor.
¿Se podía fingir esa expresión?
Estuve a punto de caer y pararme a escucharlo, pero me di cuenta de que si había estado fingiendo conmigo durante cuatro meses, también podía hacerlo con esa expresión y esas lágrimas de cocodrilo.
Me mantuve fuerte, a pesar de las lágrimas lo hice. Por muchas ganas que tuviera de que me consolara y me dijera que todo había sido una pesadilla, que estábamos bien y que siempre lo estaríamos.
—No digas eso, sé que me quieres.
Volvió a hacer el intento de cogerme la mano y no lo dejé, pero sí llegó a rozármela y con ese roce sentí que un rayo atravesaba mi cuerpo.
—¿Sabes eso que dicen que del amor al odio solo hay un paso? Pues te puedo asegurar que ese paso ha sido bien pequeño.
Negó con la cabeza.
Y no, no lo odiaba. Sentía rabia y mucho dolor, pero odiarlo no podía, por lo menos no todavía, porque lo amaba más que a nada en este mundo.
Pero la Celia tonta con la que todo el mundo hacía y deshacía lo que quería se había evaporado de un plumazo. A esa Celia la habían matado él, su familia y la mía.
—No, yo sé que no me odias, no me puedes odiar. Lo que está hablando es tu dolor.
—¿Dolor? Dolor solo puede haber cuando te lo hace una persona que te importa y tú no me importas nada.
Dios, cómo me dolía decirle esas palabras, pero era la única forma de proteger lo poquito que me quedaba.
—No te creo, te conozco y sé que es mentira, que solo quieres hacerme daño para que sienta lo mismo que yo te he hecho a ti. Lo que no sabes es que me he estado haciendo más daño a mí mismo de lo que te puedas imaginar.
Solo eran palabras vacías. Ahí no había sentimientos ni dolor, ahí no había nada más que egoísmo.
Cuando se ama de verdad, cuando se ama por encima de todo, prefieres hacerte daño a ti mismo antes que a la otra persona. Y Leandro no había pensado nunca en mí, solo había pensado en él.
Si de verdad hubiera pensado en mí, o me hubiera querido tanto como él decía que me quería, me lo habría contado todo, aunque hubiese tenido miedo a perderme.
—Puedo llegar a entender que aceptaras el trabajo, si es a lo que te dedicas, puedo entender que te acercaras a mí por ese mismo motivo. Lo que no puedo entender si es verdad que después te enamoraste de mí, que no me lo contaras todo y siguieras adelante con la mentira.
Eso no lo iba a entender nunca.
—No me atreví. Me gustaste desde el mismo momento en que te vi por primera vez; de hecho, lo hiciste desde que tu padre me mandó tu foto. Por eso le dije que no podía aceptar el trabajo. No me podía permitir estar tan cerca de ti; sabía que ibas a ser mi perdición.
—En el momento en que llegamos a tener algo más que un acercamiento le tenías que haber dicho que dejabas el trabajo.
Le reproché con rabia.
—Eso quise hacer, pero tampoco quería estar alejado de ti. Me dije a mí mismo que esa era la única forma de hacerlo, me puse esa excusa. Sé que tienes razón, llámame cobarde, pero creí que esa era la única forma de poder estar a tu lado.
—Pues te has equivocado. De esa manera lo único que has hecho ha sido perderme para siempre. Lo poco o lo mucho que había entre nosotros lo has roto. Puedes estar feliz, has hecho un buen trabajo, le puedes decir a mi padre que te dé un extra por haber tenido que emplearte más a fondo conmigo.
—No digas eso, sé que lo podemos arreglar, si de verdad me quieres.
Por ahí sí que no pensaba pasar.
—Ni se te ocurra volver a intentar el chantaje emocional conmigo, porque si alguno ha querido de verdad, esa he sido yo.
—¿Qué estáis haciendo los tres aquí?
Preguntó Gema a mi espalda. No sabía si había oído algo o no, aunque por la pregunta que había hecho, lo dudaba.
Como no le contestamos ninguno, dio unos cuantos pasos más, los justos para llegar hasta mi lado. Ahí fue cuando se dio cuenta de que tenía la cara descompuesta de tanto llorar.
—¿Qué te pasa?
Volvió a preguntar, esta vez solo a mí.
—Ahora no puedo hablar. Mejor que te lo cuenten ellos.
Con ella delante no era capaz de hablar más porque sabía que iba a terminar de derrumbarme por completo.
—De eso nada, me lo vas a decir tú, porque eres a la única que me interesa escuchar.
No podía seguir ni un segundo más allí y tampoco me iba a quedar en su casa más tiempo del que tardara en recoger la ropa que tenía aquí e irme lo más lejos que pudiera de él.
—Gema, por favor, ahora no.
Salí casi corriendo de allí.
De fondo escuché cómo Leandro me llamaba, pero también oí cómo Gema le decía que de allí no se movía hasta que le contara qué era lo que había pasado.
Al llegar a los pies de las escaleras me tropecé con Marcelo. En cuanto me vio el rostro supe que se había dado cuenta de que me había enterado de todo.
Ese hombre no era muy hablador y eso que había sido abogado. Desde que lo conocí siempre decía lo mismo: que durante el tiempo que había ejercido de abogado, había hablado lo suficiente y que era una tontería hablar por hablar.
—Recoge todo lo que tengas que recoger. Te espero en mi coche para llevarte donde me digas.
—No tardo nada, gracias, Marcelo.
Me miró con pena y compasión y eso me destruyó un poco más de lo que ya estaba.