Nos queda mucho por vivir Capítulo 30
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Capítulo 30

Celia

Dios, este placer no está pagado ni con todo el oro del mundo .

Pensé cuando el agua fresca empezó a caer desde mi cabeza a los pies llevándose todo el calor y el sudor a su paso.

Me enjaboné el pelo con el mismo champú de siempre.

Llevaba años utilizando el mismo olor y marca. Me encantaba lo suave y sedoso que me dejaba el pelo.

El cuerpo me lo enjaboné con el de Leandro. Tenía el mío, pero en ese momento me apeteció utilizar el suyo.

Entre la noticia de la colección de las joyas, la noticia del bebé que estaba esperando Gema y ver a Leandro trabajar de esa forma, me había puesto un poco tonta. Así que quise llevar un poco de su olor impregnado en mi piel.

Como después de la comida no iba a volver a recolectar más uvas, decidí ponerme un vestido de tirantes muy finos, con el escote en pico.

Era pegadito al cuerpo hasta la cintura y de ahí caía suelto hasta los pies.

Me lo puse con unas cuñas de esparto amarradas al tobillo. Las tiras de estas eran blancas al igual que las dos tiras anchas que tenía, una por encima de los dedos y la otra por arriba del empeine.

Me encantaba este vestido, tenía una tela tan fresca y cómoda que parecía como si no llevara nada puesto.

Me eché un poco de perfume antes de salir e ir al patio trasero, donde se suponía que estaban todos comiendo.

Mmm, qué rica la comida.

Se me hizo la boca agua al pensar en la comida. Entre lo que había trabajado en el campo y que por la mañana entre una cosa y otra había comido poco, estaba muerta de hambre. Vamos que un poco más y mi estómago parecería una jauría de leones.

—Pero bueno, ¿tú qué haces aquí, señorita?

Cualquiera que me escuchara hablándole a la gata pensaría que estaba loca, pero me importaba bien poco. Desde luego, nadie de la familia iba a juzgarme, porque todos le hablaban a Lulú como si ella fuera a contestar. Y entender, estaba segura de que entendía.

—Qué raro me parece que estés dentro de la casa cuando hay comida fuera.

Yo no sé si es porque cuando siendo apenas un bebé pasó tanta hambre, o porque era una glotona, pero el caso es que se comía todo lo que pillaba, estaba obsesionada con la comida.

La cogí para darle unos cuantos mimos y besos. Después la volví a dejar en el suelo.

Comenzó a caminar delante de mí y, en vez de coger el camino para salir, se dirigió hacia donde estaba el despacho de Leandro.

—Lulú, vamos, que ahí no hay nadie.

La llamé, pero me ignoró por completo.

Ella, con sus andares de princesa y esa cola levantada, siguió su camino hacia el despacho como si no fuera con ella con la que estuviera hablando.

—Lulú, por ahí no.

La puerta del despacho estaba entreabierta. Me pareció raro porque siempre estaba cerrada.

Pensé que lo mismo Leandro o alguien de la familia había entrado por algo y se la había dejado abierta.

Me acerqué para cerrarla y que la gata no entrara.

Estaba a dos pasos de llegar a la puerta cuando escuché la voz de Leandro. No tenía ni idea con quién podía estar hablando, pero su voz sonaba con enfado.

—¿Cómo coño pretendes que se lo diga?

Le preguntó a la otra persona con la que estaba hablando.

—Cuanto más tardes en serle sincero, va a ser mucho peor.

Era la voz de Romeo.

—¿Y qué le digo? ¿Que me acerqué a ella porque su padre nos contrató para protegerla?

¿De qué estaba hablando? ¿Era de mí? ¿Y qué era eso de que lo contrató para protegerme?

Se suponía que él solo trabajaba en su viñedo, que era su medio de vida.

No estaba entendiendo nada, pero lo que estaba oyendo no me gustaba nada.

—Sí, tienes que decírselo. Lo haces y punto, pero deja ya de vivir con el miedo a perderla cuando se entere.

—Joder, Romeo, que Celia no lo va a entender. Ella solo va a ver que le he estado pasando informes a su padre.

No, no, no, eso no podía ser cierto.

¿De verdad había sido capaz de acercarse a mí porque mi padre lo había contratado?

Todo lo que había vivido junto a él había sido mentira. No nos conocimos por casualidad, se acercó a mí con un propósito.

Sentí cómo el corazón se me rompió en mil pedazos. Nunca había sentido un dolor tan grande, era algo tan desgarrador que me consumió en el momento.

—Ella está enamorada de ti, estoy seguro de que, si se lo explicas bien, lo va a entender.

¿Enamorada de él?

Puede que lo estuviera, puede que lo amara más que a mi propia vida. O eso creía, porque el dolor me estaba haciendo que sintiera odio.

Odio por haberse reído de mí, odio porque mi padre no me dejaba respirar, odio por mentirme y odio por hacer que me hubiese enamorado profundamente de él.

— ¿De verdad piensas que me va a perdonar si le digo: «Nena, tu padre me contrató para que te vigilara y te mantuviera segura, pero terminé enamorado de ti»? ¿Crees que me va a perdonar algo así? ¿Sabes las mentiras que he tenido que decirle para no ir a su casa y conocer a su familia?

¿Cómo había podido caer tan bajo?

Y yo que pensaba que era un buen hombre, uno íntegro y con buen corazón.

—En el momento en que pusiera un pie en esa casa se iba a descubrir todo, ¿y cómo crees que se tomaría Diego, el hombre que me contrató para que velara por la seguridad de su hija, que yo haya terminado manteniendo una relación con ella?

Me tuve que apoyar en la pared. Las piernas no me sostenían.

El dolor se iba haciendo cada vez más desgarrador con cada palabra que salía de su boca.

—Yo solo te digo que algo tienes que hacer. Así no puedes seguir. Te lo hemos dicho todos desde un principio y sabes que todo esto me va a salpicar a mí cuando Gema se entere y, joder, voy a ser padre y no quiero perder a la mujer que amo.

Eran unos putos egoístas los dos. Solo pensaban en ellos sin importarles el daño que podían causar a los demás.

Estaba claro que lo de Romeo y Gema había sido un daño colateral y que yo nunca permitiría que mi amiga se separara de él. A fin de cuentas, él no le había mentido; solo había omitido lo que su primo y toda su familia me estaban haciendo a mí.

¿De verdad podía pesar más un simple trabajo que lo que se suponía que teníamos?

Por lo que parecía, para él sí.

Si de verdad se hubiera enamorado de mí, en el momento en el que hubiera empezado a tener esos sentimientos, habría hablado conmigo y me hubiese dicho lo que pasaba.

¿Me lo hubiera tomado mal y me habría cabreado?

Lo más seguro es que sí, pero también lo habría escuchado. Estaba segura de que lo habría comprendido, pero ese momento había pasado ya.

Cuatro putos meses mintiéndome, riéndose de mí.

¿Y su abuela, tanto que se suponía que me quería? ¿Dónde estaba el amor que sentía esa mujer por mí? Estaba en el mismo lugar que estaba el de sus padres.

Pero este dolor y sufrimiento me iba a venir bien para no volver a creer en palabras vacías que no significaban nada para nadie.

¿Y mi padre? A él no pensaba perdonarle lo que me había hecho.

Una cosa era contratar a alguien para mi seguridad, y otra muy distinta era contratar a una persona para vigilarme, haciéndose pasar por mi amigo, eso por no decir otra cosa.

Pues que se jodiera mi padre, porque ese hombre que había contratado se había hartado de follarse a su querida hija.