Capítulo 29
Celia
Me había costado mucho mantenerlo en silencio y, sobre todo, convencer a mi padre, pero en el momento en el que le puse algunos de los diseños por delante la última vez que fui a verlo, no me lo pudo negar.
Se había quedado impresionado.
Tanto fue así, que me había dicho que en cuanto los tuviera todos diseñados, se iban a poner con ello.
Quería que esa nueva línea saliera antes de las próximas Navidades e iba a hacer una campaña de publicidad a lo grande.
—Me has dejado sin palabras.
Me dijo la abuela, abrazándome con todas sus fuerzas.
—Y mira que eso es complicado.
Pronunció Romeo, sentado en su silla mientras se tomaba un café.
—Cállate y no estropees este momento.
Le riñó Marcelo.
—Leandro, te quiero por encima de todo, pero como la dejes escapar te mato y cuando te haya matado me voy a poner a saltar encima de tu cadáver para rematarte.
Amenazó a mi chico.
—Caterina, no le riñas. Leandro es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Desde que lo conocí soy feliz al completo.
No era mucho de decir mis sentimientos hacía Leandro de esta manera tan abierta.
Quiero decir que no se lo decía a su familia, a él sí lo hacía, me encantaba la mirada tan bonita que me echaba cuando le decía lo importante que era para mí y lo mucho que lo quería.
—Cariño, eso es lo más bonito que han dicho de mi hijo, no sabes cuánto me alegro de que hayas entrado en esta familia.
Fiorella se acercó emocionada, me estrechó con fuerza entre sus brazos.
Me gustaba sentirla así.
Es verdad que nunca me había faltado el amor de mis padres. Siempre me había sentido protegida por ellos, pero tenía que reconocer que mi madre era un poco más fría y que no solía darme este tipo de abrazos, por lo menos no muy a menudo.
Y con esto no estaba echando ningún reproche.
No todo el mundo es de los que demuestran sus sentimientos y no por ello significa que te quieran menos. Solo que no son dados a las demostraciones y era muy lícito.
Le devolví el abrazo con el mismo cariño. Me nació del corazón hacerlo, que sintiera que ella también era una persona importante en mi vida.
—¿Qué me he perdido?
Dijo Gema, entrando en la cocina con cara de sueño.
—Celia está creando una nueva línea de joyas que se va a llamar Caterella, en honor a mi abuela y tía.
Le dijo su pareja, que, por cierto lo resumió bien corto, aunque dijo lo esencial.
—Vaya, qué calladito te lo tenías.
—Quería que fuera una sorpresa.
Esperaba que no se sintiera apartada. No había sido mi intención. Gema era para mí como mi hermana.
Era la amiga esa que te decía las cosas a la cara y sin anestesia ni contemplaciones, pero sabía que si lo hacía era porque te quería por encima de todo.
Era muy simple: no me imaginaba una vida en la que no estuviese Gema presente.
Era mi pilar, mi punto de apoyo, la loca que me convencía para hacer locuras. Por su culpa me había llevado más de una bronca, pero que todas y cada una de ellas habían merecido la pena.
—No me esperaba menos de ti, conociendo el corazón tan grande que tienes y de lo que más me alegro es que tu padre por fin haya aceptado una de tus propuestas.
—Todavía no me creo que lo haya aceptado, así, sin más.
Tan solo una vez me hizo caso y cuando lo hizo fue todo un éxito.
—Yo creo que lo que le pasa es que no quiere que resaltes por encima de él.
Me reí mucho.
Eso mismo había pensado yo en más de una ocasión.
—A ver cuándo me das una sorpresa así de bonita.
Si la abuela había tenido muy buena conexión conmigo, tengo que decir que con Gema la había tenido mucho más.
Eran tan parecidas y soltaban más o menos las mismas burradas por la boca, que era un no parar de risas continuas estando junto a ellas.
—Pues también tengo una. —Miró a Romeo de una manera un poco extraña bajo mi punto de vista, era como si estuvieran escondiendo algo—. ¿Se lo decimos ya o esperamos un poco?
Uy, no, no podía ser lo que me estaba imaginando o más bien se estaban imaginando, porque las caras que se les había quedado a todos no eran normales.
—Ains, ¡que voy a ser tita!
Empecé a saltar de alegría.
En menos de un segundo todo en la cocina estalló.
Los gritos, las felicitaciones, los llantos de la emoción, los besos y abrazos.
—Un biznieto, voy a tener un biznieto.
Dijo la abuela, llorando de la alegría.
—Cariño, muchas felicidades. Sabes que para mí es y será mi nieto porque tú eres mi hijo, aunque no te haya dado la vida.
Le dijo Fiorella a Romeo.
Para mí esas fueron las palabras más especiales y bonitas que pude escuchar esa mañana.
—Ven aquí.
Abrí los brazos para que se refugiara en ellos. Necesitaba que la abrazaran y yo también necesitaba ese abrazo.
—No me puedo creer lo que me ha cambiado la vida en dos meses que llevo aquí.
Cuánta razón había en esas palabras.
Venir a Florencia fue lo mejor que nos había pasado a las dos.
—Y mucho más nos tiene que cambiar.
Estaba convencida de que iba a ser así.
El desayuno y la celebración se alargaron un poco más de la cuenta, pero no tanto como para no dar comienzo a la vendimia a su hora.
Antes de que se empezara la recolecta, la familia se ponía ante sus trabajadores para dedicarles unas palabras y todos los años alguien de la familia era el encargado de cortar el primer racimo de uvas.
Ese no se ponía en la misma caja donde irían todos los demás. Ese lo llevaban a la casa y la abuela se encargaba de hacer un postre con él.
—Este año hay dos miembros más en la familia. Dos mujeres que han llegado para dar alegría y hacer que la familia crezca mucho más. Por eso mismo, por mis nietas y por mi futuro biznieto, este año vamos a tener la mejor vendimia que hayamos tenido en mucho tiempo.
Les habló la abuela a todos los trabajados.
En cuanto terminó su discurso, le aplaudieron con ganas.
—Este año el primer racimo lo cortas tú.
Me dijo Leandro acercándose a mí para entregarme unas tijeras de vendimia. Básicamente eran unas como las de podar, pero con las puntas más alargadas para poder llegar a las que estaban un poco más profundas.
—Lo vamos a hacer las dos.
Le dije a Gema para que pusiera una mano encima de la mía y que entre las dos hiciéramos el primer corte.
—Juntas siempre.
Me dijo antes de darme un beso en la mejilla.
—Juntas siempre.
Le correspondí igual.
Siempre nos decíamos esas dos palabras cuando nos pasaban cosas que para alguna de las dos o para las dos eran importantes.
Y con eso, todos los trabajadores se fueron yendo cada uno para una zona distinta.
La familia también se fue desplegando.
Yo me fui con Leandro.
Fue increíble verlo trabajar de la manera que lo hizo. Se le notaba que le gustaba, sobre todo, la pasión que le ponía, el mimo con que cortaba cada racimo y lo iba poniendo en la caja.
Nunca en mi vida creí o pensé que me pudiera llamar la atención ver a un hombre trabajando en el campo con el sol cayéndole encima y el sudor recorriéndole la frente. Era para verme en esos momentos.
Mirándolo embobada, casi sin pestañear y las babas casi cayendo a mis pies.
Al final iba a resultar peor que Gema el día que lo conoció.
A mediodía todo el mundo dejó el trabajo de lado para ir a la casa. Allí la abuela y la madre de Leandro, junto con Gema, habían preparado una gran mesa con un montón de comida para todos.
—Necesito darme una ducha o no creo que pueda comer.
Le dije a Leandro abanicándome la cara con las manos.
Había sudado mucho y estaba muy incómoda.
—No tardes o no te dejarán nada de comer.
Me acerqué a él para darle un beso antes de subir a la habitación.