Capítulo 28
Leandro
Me había costado mucho, pero al final había convencido a Celia para que durante la vendimia hiciera las clases de manera telemática.
Menos mal que los profesores no le pusieron pegas.
Claro estaba que cuando empezaran las prácticas tendría que hacerlas de manera presencial, pero mientras tanto iba a disfrutar de ella en la villa, a excepción de los ratos en los que estuviera estudiando.
Llevaba una semana quedándose aquí y no creáis que no me había costado lo mío convencerla y eso que conocía a mi familia desde hacía casi dos meses.
Si me ponía a pensar, me parecía increíble que ya hiciera casi cuatro meses que la había conocido en persona y hasta ahora había podido torear bien lo de ir a conocer a su familia.
Aunque sabía que los días para que eso pasara estaban contados, porque en cuanto terminara este mes, no tenía más excusas que ponerle.
Y por ese mismo motivo me había propuesto no volver a pensar en lo que iba a pasar después de este mes. Hasta que llegara el momento, iba a disfrutar todos y cada uno de los días.
Hoy me había levantado muy contento.
Era el primer día de la vendimia y estaba deseando poder mostrarle a Celia todo lo que esto significaba para mi familia y para mis trabajadores.
Todos los años durante este mes solíamos hacer varias fiestas, pero las dos más importantes eran la del primer día y la del último.
—Arriba, dormilona, o no vas a poder ser la que corte el primer racimo de uvas.
Le llené la cara de besos.
—Miau…
Escuché fuera de la puerta.
Si Lulú se había encariñado conmigo desde un principio, lo que había sentido por Celia desde que la vio por primera vez era pasión.
Y si no se había quedado a dormir dentro de la habitación había sido porque Celia me había dicho la noche anterior que era incapaz de hacer el amor con la gata mirando.
Me reí lo más grande. Al principio pensé que se estaba quedando conmigo, pero cuando me di cuenta de que lo decía en serio, no lo pensé dos veces. Lo sentía mucho por Lulú, pero no pensaba quedarme sin disfrutar de mi chica.
Me levanté de la cama, me puse la ropa interior y fui a abrir la puerta a esa bola de pelos.
—Que sí, mujer, que ya me he enterado de que quieres entrar.
Le dije cuando la dejé pasar.
Lo primero que hizo al entrar fue restregar el lomo por mis piernas, ese solía ser su saludo, aunque Celia decía que era su manera de marcar territorio y decir que yo le pertenecía.
En cuanto me saludó, dio un salto y se montó encima de la cama.
Fue andando por ella con tranquilidad y sin dejar de mover la cola. Eso era lo que tenía Lulú, que cuando entraba en una estancia se creía la dueña de ella.
—Estate quieta, que me haces cosquillas, te pareces a Leandro con su barba.
—Admite que a mí me quieres mucho más.
Fui al vestidor para sacar unos vaqueros y una camiseta.
—No sé yo, creo que estáis muy igualados.
Cogió a la gata en brazos y fue al baño, eso sí, antes de entrar le dio un beso en la cabeza y la dejó con cuidado en el suelo. De nada le iba a servir si ella iba a ir detrás.
En cuanto salió aseada, cogió una ropa muy parecida a la mía: unos vaqueros, una camiseta y unas deportivas. Aunque le había dicho varias veces que se pusiera unas botas, ella siempre me decía que estaba más cómoda con las deportivas.
—¿Lista para el primer día?
—Más que lista, lo estoy deseando.
Se apoyó sobre las puntas de sus pies para darme un beso en los labios.
Me fascinaban sus besos mañaneros, bueno a quién quería mentir, me encantaban todos y cada uno de sus besos.
—Pues vamos a por el primer café, estoy seguro de que ya deben estar todos reunidos en la cocina.
—Todos no creo, estoy segura de que Gema todavía ni se ha levantado.
No, estaba segura de que no.
Esa mujer no era muy amiga de madrugar.
Y eso quedó bastante claro cuando llegamos a la cocina y estaban todos menos ella. Aunque sabíamos que no tardaría mucho en llegar, porque en honor a la verdad, por mucho que le gustara la cama, también le gustaba el jaleo y precisamente hoy iba a haber más de la cuenta.
—Buenos días.
Saludó Celia en general, eso sí, a mi madre y mi abuela les dio un abrazo y un beso. Y al pasar por el lado de mi padre para ir en busca de la cafetera, le dio un apretón cariñoso en el brazo.
—Buenos días, cariño —le contestó mi madre.
—Buenos días, hija. —Esa fue mi abuela—. ¿Ves? Así es como se tiene que saludar.
No me había dado tiempo a abrir la boca y ya me estaba riñendo.
—Mamá, que no le ha dado tiempo al pobre de decir nada.
Menos mal que me defendió mi padre.
—Abuela, ¿por qué no te tomas el café?
Le dijo Romeo.
—Caterina —Celia me dio un café como los que me gustaban y con el suyo en la mano se sentó al lado de mi abuela—, no quería decírtelo todavía porque quería que fuera una sorpresa.
—Me tienes en ascuas.
—Si no la cortaras, la chiquilla podría decirlo.
Le dijo mi madre, mientras se levantaba y empezaba a poner rebanadas de pan en la tostadora.
—He hecho unos bocetos para una nueva línea de joyas, a mis padres les ha gustado mucho y, aunque tengo que retocar ciertas cosas que no terminan de convencerme, os puedo decir que la vamos a sacar al mercado.
—Es lo que soléis hacer.
La interrumpió Romeo.
—Pero esta es distinta, porque es la primera línea que diseño yo por completo. Me queda mucho trabajo por hacer, pero lo principal lo tengo casi.
Se la veía muy emocionada.
—No me habías dicho nada.
Dije, acercándome a ella para abrazarla.
—Quería que fuera una sorpresa cuando saliera al mercado, pero como para eso falta mucho y estoy tan feliz, no he podido seguir manteniéndolo en secreto.
Me devolvió el abrazo.
Por el rabillo del ojo me di cuenta de cómo toda mi familia nos estaba mirando mientras sonreían.
—Niña, sigue contando, que esta gente no para de interrumpirte y me tienes intrigada.
Nos reímos porque ella había sido la primera que la había cortado.
—Bueno, el caso es que me he inspirado en el viñedo, en ti y en Fiorella.
La miré emocionado. Era un gesto muy bonito que había tenido hacia mi madre y mi abuela.
—Cariño, no me lo esperaba.
Mi madre se limpió una lágrima que se le había escapado por el rabillo del ojo.
—Ay, niña, que eso es lo más bonito que han hecho nunca por mí.
Miré a mi abuela con una ceja arqueada.
—Eso no es todo, porque si no pasa nada, dentro de unos meses vais a conocer la nueva línea y su nombre ya está decidido: se llamará Caterella.
La cocina se quedó en completo silencio.
Había distintas expresiones en los rostros de mi familia.
Había emoción y sorpresa, pero la expresión que más me importaba era la de mi chica. Y en la suya había ilusión.
—Nena, eso es muy bonito por tu parte.
Sentí cómo el corazón me daba un pequeño salto. Fue provocado por la emoción del momento y por la angustia de perderlo todo.