Nos queda mucho por vivir Capítulo 27
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Capítulo 27

Celia

Dimos un paseo largo. No sé el tiempo exacto que estuvimos montados encima del caballo, pero, a juzgar por el dolor que sentí en el interior de los muslos cuando me bajé, tuvo que ser bastante.

—Parece que te han dado una paliza.

Solo de pensar en el camino de vuelta me ponía mala.

—Leandro, de verdad que te quiero mucho, pero la próxima vez procura que el paseo sea mucho más corto.

El capullo se empezó a reír mientras se comenzaba a quitar la camiseta.

Me había llevado a la ribera de un río que pasaba por un trozo de su propiedad.

—¿Qué haces?

Le pregunté cuando se empezó a desabrochar los pantalones.

—Darme un baño.

Se encogió de hombros como si fuera lo más normal.

—Pero aquí te pueden ver.

A ver, no es que fuera una mojigata ni nada por el estilo, pero eso de que me vieran desnuda tampoco iba conmigo.

—Claro, me vas a ver tú, igual que yo a ti. Así que, quítate la ropa si no quieres que te tire con ella puesta.

—No serías capaz.

Negué riendo.

—Tú misma, si cuando me haya desnudado todavía no lo has hecho tú, ya sabes lo que te va a pasar.

Tenía que estar bromeando, aunque por la mirada que me echó, yo diría que iba muy en serio.

Me quité la camiseta en un visto y no visto; seguidamente el sujetador y así con toda la ropa.

Me quedé como mi madre me trajo al mundo, justo en el momento en el que él también lo hizo.

Eso sí, con cada prenda que me quitaba soltaba una carcajada.

Mira que estaba acostumbrada a salir de fiesta con Gema y que la habíamos podido liar en más de una ocasión, pero nunca había hecho algo tan atrevido, por lo menos bajo mi punto de vista.

Nos habíamos quedado desnudos a plena luz del día, en un sitio por el que podía pasar cualquiera.

Sí, ya sabía que estaba dentro de su propiedad, pero podía venir cualquiera de sus trabajadores.

—Ahora, ven aquí.

Dijo en plan dominante.

Me hacía mucha gracia cuando se ponía así.

Bueno, para ser realistas, me hacía gracia, pero a la misma vez, me ponía mucho.

—¿Por qué no vienes tú a por mí?

Quise provocarlo un poco.

—No me provoques, que estoy impaciente por estar dentro de ti.

Madre mía, ¿cómo me podía poner tanto con unas simples palabras?

Ahora entendía eso de que a los italianos se les consideraban hombres de sangre caliente.

No sé cómo serían los otros italianos y tampoco me importaba saberlo, pero desde luego, Leandro no tenía sangre corriendo a través de sus venas, a él le corría lava.

—Demuéstralo.

Yo también podía tentarlo.

—En cuanto llegues a mi lado verás cómo te lo voy a demostrar.

El muy provocador se cogió el pene por la base y comenzó a subir y bajar por él.

—¿Sabes que lo que estás tocando es mío y soy la única que lo puede acariciar?

Abrió los brazos por completo y con una sonrisa de engreído me habló.

—Todo tuyo para que hagas con él lo que quieras.

Este hombre disfrutaba provocándome en plan descarado todo lo que podía y mucho más.

Fui a dar un paso para acercarme a él, pero no llegué a dar el segundo.

Pisé una piedra que me hizo daño, por lo que di un pequeño salto, provocando que mi cuerpo se desestabilizara y terminara cayendo al agua.

Joder, menos mal que estábamos en verano, porque, aun así, el agua estaba más que fresca.

Cuando logré salir a la superficie, me lo encontré en la orilla descojonado de la risa.

—Muy bonito, ¿y si me hubiese pasado algo?

Me hice la ofendida.

—Nunca lo habría permitido.

Como le di la espalda, no lo vi cuando se metió en el agua, pero sí que lo sentí cuando me abrazó por detrás.

—No he querido ofenderte, lo siento mucho si te ha molestado.

Me aguanté un poco más la risa para que se siguiera sintiendo mal un poquito más.

—Si hubiera sido al contrario yo no habría dudado en lanzarme al agua por ti.

Me recorrió de hombro a hombro con besos cortos, pero lentos.

—Lo siento mucho.

No pude retener más la risa. La dejé salir mientras me giraba entre sus brazos.

—Tonto, si te hubieses caído tú, todavía estaría riéndome.

Me alzó por el trasero, enrosqué las piernas alrededor de su cintura y sin mediar más palabras, solo con nuestras miradas conectadas, se fue introduciendo en mi interior.

Cada vez que sentía cómo me invadía, siempre lograba provocarme nuevas sensaciones.

Era curioso que me hiciera sentir así, pero lo hacía.

Daba igual cuántas veces hubiéramos practicado sexo o hubiéramos hecho el amor, todas y cada una de ellas eran especiales para mí.

Me hacía sentir la mujer más deseada del mundo.

Solo esperaba que él sintiera lo mismo junto a mí, porque quería ser la única mujer que hubiera en su vida, que me quisiera siempre y que nunca dejara de hacerme sentir que me deseaba a cualquier hora.

Aunque habíamos tenido sexo en la ducha y en la bañera, en el río fue distinto. No sé si se debía a que estábamos al aire libre, con el sol calentando nuestros cuerpos o que yo me encontraba más sensible, pero esta ocasión fue muy especial y bonita para mí.

—Te quiero.

Le dije a media voz mientras le pasaba los dedos por el pelo después de haber llegado los dos al clímax.

—Yo también te quiero, mucho más de lo que puedo llegar a expresar con palabras.

Todavía lo sentía latir en mi interior.

—¿Cómo tienes siempre las palabras adecuadas para cada momento?

Intenté que viera todo el amor que sentía por él a través de mi mirada.

—Solo digo lo que siento y lo que me haces sentir.

Atrapé su labio inferior entre los míos, tiré de él suavemente. Cuando se lo solté pasé la punta de la lengua por él.

—Nena, no hagas eso si no quieres que lo que tienes en tu interior se despierte de nuevo.

—Mmm… me parece que es tarde.

Susurré al sentir que se volvía a poner erecto en mi interior.

—Muy tarde, ya no hay vuelta atrás.

Y no la hubo.

Ni él ni yo quisimos que la hubiera.

Nos dejamos llevar con las mismas ganas con las que lo hacíamos siempre.

Entre besos y palabras dichas con susurros, volvió a hacerme el amor.

Poco después salimos del agua y por lo que pude ver, venía preparado porque a un lado de la montura tenía un bolsillo grande del que sacó una toalla de esas finas, pero que secaban bastante bien.

Ni me había dado cuenta de que la llevaba.

—Parece que vienes bien preparado.

Fue Leandro el que me secó el cuerpo.

—Me gusta venir aquí y darme de vez en cuando un baño, por eso siempre llevo en la montura una toalla.

Comencé a vestirme mientras él se iba secando.

—¿No puedo regresar a pie?

Era broma, había mucha distancia, pero es que tenía los muslos que ni los sentía.

—Ahora vas a ir sentada de otra manera para que no te duela el interior de los muslos.

No se lo había dicho, pero no sé cómo se las arreglaba que siempre se daba cuenta de todo.

—Te lo agradezco, porque entre el paseo a caballo y tú, mañana voy a tener unas agujetas que no me voy a poder mover.

Reí.

—Unas han sido provocadas de forma mucho más placentera que las otras.

—En eso tienes toda la razón.

Igual que para venir hasta aquí, primero se montó él, se agachó para cogerme de la cintura, me levantó a pulso y me sentó sobre sus piernas de lado.

—Se te van a quedar las piernas dormidas.

Me dio un beso en la sien.

—No te preocupes, voy a estar bien.

Hicimos el camino de regreso con calma. Por el camino me fue explicando el proceso que tuvo que seguir hasta llegar a conseguir todo lo que había logrado.

Por lo que me contó fue lento y estuvo muchos años sacrificándose.

—Pero ahora veo todo lo que mi familia y yo hemos conseguido y me siento muy orgulloso.

—No es para menos.

Tener un viñedo de esas características y producir un vino reconocido no solo a nivel nacional, sino también internacional, era motivo más que suficiente para sentirse orgulloso.