Nos queda mucho por vivir Capítulo 26
62%

Capítulo 26

Leandro

—Tienes que decirle la verdad.

Me reprochó mi abuela en la cocina.

Había venido a coger otra botella de vino, momento que ella aprovechó para seguirme.

—¿Y crees que no me gustaría decírselo? Pero sé que en el momento en el que lo haga no va a querer seguir conmigo.

—Leandro, esa mujer te quiere de verdad, solo hay que verle los ojos para saber que te mira con mucho amor.

—Yo también la quiero, abuela.

Le confesé exasperado.

Y es que me estaba matando el miedo que tenía a perderla.

—Lo sé, ¿crees que no me he dado cuenta de cómo la miras? Por eso mismo te estoy diciendo que hables con ella antes de que sea demasiado tarde.

No podía, todavía no podía.

—No, abuela, no puedo.

Negó con la cabeza.

—No seas tonto y hazme caso. Cuanto más tardes peor va a ser.

¿Te acuerdas cuando hace unas semanas te dije que se puede querer muchas veces en la vida, pero amar de verdad una sola?

—asentí—. Pues ese es tu amor, lo veo y mis ojos y mi corazón no mienten.

Cariño, no la pierdas, porque lo puedes lamentar toda la vida.

Me sentía agobiado y acorralado, como si todo a mi alrededor fuera a explotar en cualquier momento.

Y lo peor de todo es que sabía que lo iba a hacer.

Supongo que mi subconsciente pensaba que, si lograba que me quisiera mucho más, a lo mejor podía dejarlo pasar.

Estaba claro que eran las ilusiones de un tonto enamorado.

—Voy a hablar con ella después de la vendimia.

Acababa de decidir qué iba a hacer.

En cuanto acabáramos de recolectar todas las uvas hablaría con ella y asumiría todas las consecuencias de la mejor manera que pudiera hacerlo.

—Esperemos que cuando llegue el momento sepa escucharte y entenderte.

Se acercó a mí, me cogió por las mejillas y me dio un beso en una de ellas.

Mi abuela era mi pilar, esa que siempre estaba ahí y que intentaba darte los mejores consejos. Eso sí, lo hacía cuando no tenía una cuchara de madera en la mano mientras te echaba la bronca.

—Te quiero, vieja loca.

Salí corriendo antes de que me pillara para darme una buena colleja y no precisamente por decirle loca, más bien por haberla llamado vieja.

No había cosa que le diera más coraje que le hiciésemos referencia a su edad, aunque lo hiciéramos en broma, por ahí sí que no pasaba.

—¡Leandro, deja que te pille! —venía gritando detrás de mí—. ¡Te voy a enseñar lo que es capaz de hacer esta vieja loca!

—La acabas de cagar.

Dijo Romeo cuando escuchó a mi abuela.

—Qué va, ya sabes, perro ladrador poco mordedor.

Pasé por detrás de Celia y me detuve a su lado.

Estaba sentada, por lo que la cogí de la barbilla, le giré el rostro y, sin esperarlo, le di un beso en los labios delante de toda la familia.

No fue un beso incorrecto de esos que se dan en la intimidad, pero sí que posé mis labios sobre los suyos. Me apeteció hacerlo en ese momento y lo hice.

Me separé de ella porque alguien me cogió de la oreja con saña.

—¡Ay, ay! Abuela, que la oreja no es la de Mr. Potato, que la mía no se puede quitar cuando quieras.

—Perdona, hijo, es que soy una vieja loca y no sé muy bien lo que hago.

La ironía también se le daba muy bien.

—¿Le has dicho vieja a tu abuela? Uy, qué falta de respeto y encima con lo joven que se ve.

Lo que me faltaba era que Gema metiera los dedos pinchando.

—¿Has visto lo que tengo que aguantar? Pues tu novio es mucho peor.

—Abuela, ¿puedes seguir hablando, pero soltándome la oreja?

Uff, menudo alivio sentí cuando me la soltó.

Cuando miré a Celia, la vi muerta de risa.

—Nena, no te rías, mira cómo me la ha puesto.

Se la enseñé. Estaba seguro de que estaba al rojo vivo.

—Uy, qué lástima, ¿quieres ponerte un poco de hielo para calmar el ardor que debes de tener?

Me dijo con cachondeo mi primo.

—Tú no te rías de tu primo, que te doy un tirón a ti también.

—Mamá, deja a los chicos que los estás dejado en vergüenza delante de sus novias.

Menos mal que nos defendió mi padre.

—Tonterías, así les enseño a las niñas lo que tienen que hacer cuando se porten mal.

—Eso, tú dilo en voz alta, que Celia no creo que sea capaz de hacérselo a mi primo, pero la mía es capaz de eso y de mucho más.

Reímos tras lo que dijo Romeo.

—No, cariño, yo no te tiraría de las orejas, yo lo haría de otro sitio que te dolería mucho más.

Nos encogimos los tres hombres. Fue un acto reflejo al pensar cuánto podría doler eso.

—Muy bien, no dejes que se desvíe.

—Abuela, que soy tu nieto y a ella la acabas de conocer.

—Pues por eso mismo tengo que ser más amable.

—Ven conmigo, vamos a dejarlos que sigan a lo suyo.

Le ofrecí la mano a Celia para que viniera conmigo.

—Tened cuidado con lo que vais a hacer, o, mejor dicho, no lo hagáis y así me traéis un biznieto pronto.

—No le hagas caso, ya no podemos hacer nada con ella.

—Leandro, que te he oído.

Reí.

—Pues mira, así sabes que no te hace falta un otorrino.

Repliqué.

—Corre, que es capaz de venir en mi busca.

Tiré de su mano y echamos a correr los dos.

Me encantaba escuchar sus carcajadas mientras corríamos.

—Me gusta tu abuela.

Me dijo cuando dejamos de correr al llegar a la puerta de los establos.

—Y a mí también, y eso que nos tira duro. Pero siempre actúa como tiene que hacerlo. Para mí lo es todo; no quiero ni pensar en el día que ya no esté.

—¿Qué hacemos aquí?

—Lo que te dije, te voy a presentar a mi consentido y vamos a salir un rato con él.

En el momento en el que Caprichoso escuchó el sonido de mi voz, se puso a relinchar con fuerza.

—Parece que se alegra de escucharte.

—Es un poco caprichoso, de ahí su nombre.

—Me parece raro que lo hayas llamado así. No sé, me habría esperado de ti que le pusieras otro nombre, como Rayo o Trueno. Algo más brusco.

Reí con fuerza.

—La verdad es que el nombre se lo puso mi abuela.

Puse la silla doble. No es la que solía utilizar porque siempre montaba solo, pero mi caballo estaba también acostumbrado a ella.

Me monté yo primero. Cuando estuve arriba, le tendí la mano para ayudarla a ella.

—¿Has montado alguna vez?

Le pregunté al darme cuenta de la manera en la que se abrazó a mí.

—No, y creo que se ha notado.

Me contestó riendo.

—Solo un poco.

La acompañé en la risa.

—Espero que no le dé por ponerse caprichoso conmigo encima.

Le di un toquecito en el costado para que comenzara a caminar.

—Ay, que se mueve.

—Normal, nena, le he dado la orden para que lo haga.

No podía parar de reír al ver el miedo con el que se agarraba a mí.

—Pues dale la orden de que no corra mucho.

—Y yo que pensaba ponerlo a galope. ¡Ay!

Me quejé cuando sentí cómo me daba un pellizco en el costado.

—Eso es una advertencia para que no se te ocurra ir más rápido de lo que vamos.

Giré la cabeza para mirarla sobre mi hombro.

—Sabes que para que el caballo se mantenga tranquilo, el jinete también lo tiene que estar.

La mano que tenía puesta sobre mi vientre se movió un poco más abajo.

—¿Y si el jinete se pone nervioso él también lo hace?

Estaba deseando que bajara un poco más la mano.

—Puede, nunca me he puesto nervioso montándolo.

La mano llegó donde yo quería que lo hiciese y la pasó un par de veces por encima del pantalón, haciendo que el pene se me pusiera erecto al momento.

—Pues si no quieres quedarte sin utilizar esto durante un tiempo —apretó un poco el pene—, más te vale hacer que se mantenga lo más tranquilo posible.

—Preciosa, con eso no se juega, que puede ser el futuro de nuestros hijos.

Dije a modo de broma, aunque en el fondo deseaba que así fuera.

—No te preocupes, que, si no los puedes tener, siempre podemos llamar a ese amigo tuyo que estaba dispuesto a hacer un trío.

La madre qué la parió…

Rio con ganas.