Nos queda mucho por vivir Capítulo 25
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Capítulo 25

Celia

Decir que estaba nerviosa, era poco para cómo me encontraba en ese momento. Y eso que sabía que la loca de mi amiga ya estaba aquí, por lo menos no me iba a encontrar sola ante un montón de desconocidos.

—Ains, mira qué cosita tan bonita.

Dije al ver una gatita blanca como la nieve y con algunas manchitas marrones por el cuerpo y la cara.

Y digo gata porque tenía una cabeza muy fina, por no decir que le habían puesto un lazo de raso en color rosa bebé.

—Ella es Lulú. —Leandro se agachó a cogerla cuando ella comenzó a restregar su lomo por las piernas de él—. Apareció en mi vida casi al mismo tiempo que tú.

Me contó la historia de cómo la habían encontrado. Cuanto más me iba contando más me reía.

Me hubiera gustado mucho ver esa escena en directo, tuvo que ser de lo más divertida.

—¿Puedo cogerla?

No me atrevía a cogerla sin su permiso, no fuera a ser que el pobre animal no se dejara y terminara hecha un cristo.

—Toda tuya, es muy noble.

Me la entregó y en cuanto la cogí se enroscó en mis brazos ronroneando.

—¡Qué bonita es!

Esto había sido amor a primera vista y lo demás eran tonterías, por lo menos por mi parte.

—No sé qué tiene conmigo, pero en el momento en que huele que estoy en casa no se despega de mí.

Me abrazó por los hombros instándome a que siguiera caminando.

—A lo mejor es porque fuiste tú el que la rescataste y le diste de comer cuando más hambre tenía.

Me dio un beso en el lateral de la cabeza.

—Puede ser.

Llegamos a un gran salón decorado con mucho gusto, pero sin perder la esencia de la verdadera Toscana en él.

Me gustó mucho todo lo que iba viendo de la villa.

Era como si estuviera en otro mundo, uno en el que predominaba la calma y la paz.

Fue una sensación rara, porque sentí como si perteneciera a este lugar y eso no me había pasado nunca, ni con mi propia casa.

Leandro se detuvo ante unas puertas de cristal con los premarcos de madera. Eran grandes, lo que permitía que entrara mucha luz a la estancia.

—Te prometo que no te van a comer, como mucho, interrogar, sobre todo mi abuela.

Sabía que estaba bromeando para sacarme alguna sonrisa.

Abrió la puerta.

Yo iba a su lado con la gata en brazos. No la quise soltar, me daba seguridad llevarla.

Parecía una tontería, pero a mí me calmaba.

En una larga mesa vi que estaban sentados Gema y Romeo, además de un matrimonio un poco mayor que mis padres, no mucho, y una mujer bastante mayor que ellos, pero que a primera vista se veía con fuerza.

Su rostro era dulce, pero su mirada, como he dicho antes, transmitía mucha fortaleza.

En cuanto Gema me vio, se levantó de inmediato para venir a mi encuentro.

Ella me conocía muy bien y sabía cómo me podía encontrar hasta que los conociera un poco más.

—Familia —les habló Leandro—, ella es Celia.

Se levantaron todos para venir a saludarme.

Leandro puso una mano en la parte baja de mi espalda para que diera unos pasos y llegara hasta su familia.

—Ella es mi abuela Caterina y ellos son mis padres, Marcelo y Fiorella.

Antes de acercarme totalmente a ellos, puse a Lulú en brazos de Leandro.

No sabía si eran personas que te daban abrazos y besos cuando conocían a alguien y no era plan de aplastar a la gata entre nuestros cuerpos.

—Mucho gusto —le dije al padre antes de darle dos besos.

Hice lo mismo con la madre, pero a diferencia del padre, esta sí que me dio un buen abrazo.

Me sentí reconfortada. Me dio la sensación de que me lo daba porque así lo sentía y que no era de esos que se dan por compromiso, sino de los que salen del corazón.

Por lo menos fue la sensación que me transmitió de primera.

—Bienvenida a la familia.

Viendo a esta mujer y a su marido, era normal que le hubiera salido el hijo que tenían.

El padre de Leandro era moreno como él, más o menos de la misma estatura, bueno, un poco más bajo, pero no mucho.

La madre tenía el pelo tan negro como su hijo y su marido, con la diferencia de que mientras que ellos tenían los ojos marrones, ella los tenía verdes, pero de ese verde que parecían esmeraldas.

Desde luego que Fiorella era un monumento de mujer, no se podía decir lo contrario.

Y por último llegó el saludo de la abuela. A ella era a la que más miedo le tenía, quizás por todo lo que Leandro me había contado de ella o, simplemente, porque se notaba que allí mandaba ella. Y no lo digo en el mal sentido de la palabra.

—Oh, por favor, eres mucho más guapa de lo que nos había dicho mi nieto.

¿Sabéis la sensación esa de cuando de pronto te da un subidón de calor en el rostro? Pues eso me pasó a mí.

Estaba segura de que los mofletes y las orejas se me habían tenido que poner superrojos.

—Gracias.

No supe qué más decirle en ese momento.

—Tienes un nieto con muy buen gusto.

Leandro se acercó rodeándome la cintura con un brazo.

—No lo pongo en duda. Ahora solo te falta saber conservarla y no hacer nada que la haga querer irse.

El agarre de mi cintura se hizo mucho más fuerte.

—No creo que tu nieto haga nada para que quiera dejarlo.

Apoyé la cabeza en el hombro de él.

—Eso espero. —Lo miró fijamente. Parecía que estaban hablando con las miradas—. Venga, no te quedes ahí. Ven, que te voy a servir una copa de nuestros mejores vinos.

Leandro me soltó para que pudiera ir junto a su abuela.

Gema se sentó a mi lado y la abuela al otro.

—¿Al final te has dejado convencer para venir?

Me preguntó Romeo con una sonrisa burlona.

—O venía por mi propio pie o tu primo era capaz de traerme por los pelos.

Le contesté siguiéndole la broma.

—Si me hubieras dicho que no, te aseguro que te hubiera convencido de otro modo que estoy seguro te habría gustado mucho.

Dios, qué vergüenza sentí.

—Leandro…

Le dije a modo de riña.

—Yo no he dicho de qué forma. Si has pensado otra cosa, has sido tú y tu mente perversa.

—Ahí le tengo que dar la razón a mi nieto.

Los dos primos soltaron una carcajada.

—Amiga, creo que la abuela y los nietos son del mismo palo.

Mira quién fue a hablar. Estaba segura de que ella era la peor de los cuatro.

—Acuérdate de que tú tienes que pasar por esto mismo cuando te presente a mi familia.

Lo señalé con el dedo.

Se le borró la sonrisa y miró a su primo de reojo.

Fue muy sutil, pero me di cuenta de la mirada que se echaron.

En ese momento no supe cómo interpretarla, pero hubo algo en ella que no me hizo sentir muy cómoda.

—Uy, más vale que te prepares, porque don Diego no es moco de pavo y a ese no se le gana de cualquier manera, mucho menos si le estás robando su bien más preciado.

Le dijo mi amiga para meterle un poco de miedo. Estaba claro que estaba bromeando.

—No le digas eso, que no va a querer conocerlo.

Le di una colleja.

—Mujer, pero sígueme la corriente.

—¿Así que eres la niña de sus ojos?

Me preguntó el padre sin mala intención.

—No, eso no es así. Para mi padre, mi hermana y yo somos iguales.

Por lo menos yo lo veía así.

—No le hagas caso, Marcelo, Diego tiene puestas las miras en ella para que dirija la empresa.

—Solo porque mi hermana ha querido estudiar otra cosa.

No sentía que mis padres hicieran diferencias entre Inés y yo, todo lo contrario, siempre habían sido mucho más estrictos conmigo.

—Yo no estoy diciendo que no quieran a tu hermana como a ti, lo que estoy diciendo es que tienen puestas las expectativas en ti.

Al final entramos en debate. Y es que ella tenía su opinión y desde fuera lo veía todo de una manera y yo tenía la mía propia.

De lo que sí me di cuenta fue de que, durante el tiempo que estuvimos hablando de mi familia, Leandro se mantuvo más serio de lo normal.

Menos mal que dejamos de hablar de mi familia y nos centramos en otros temas.

Me quedé embobada escuchando a Marcelo hablar de la vendimia y de lo feliz que era viviendo allí en el campo.

Por lo que nos estuvo contando, había estudiado Derecho y lo había ejercido durante muchos años, pero desde que lo dejó para dedicarse al viñedo, dijo que había ganado mucha calidad de vida y que era mucho más feliz.

No lo ponía en duda.

En el tiempo que llevaba allí, se podía respirar una calma y tranquilidad increíbles.