Nos queda mucho por vivir Capítulo 24
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Capítulo 24

Leandro

Me entró un miedo atroz cuando me dijo que viajara con ella a España.

Menos mal que pude poner como excusa el viñedo y lo cerca que estaba la vendimia.

Era cierto, pero también lo era que gracias a Dios tenía muy buenos trabajadores y a mi padre, y que, si tenía que viajar, no me supondría ningún problema.

Pero no podía ir a visitar a su familia, no todavía.

No estaba preparado para que ella se enfrentara a la verdad y para yo perderla, porque estaba seguro de que la iba a perder, necesitaba estirar un poco más el tiempo, todavía no había tenido suficiente de ella, más bien, estaba seguro de que nunca lo iba a tener.

Respiré un poco más tranquilo cuando entendió mis razones y no insistió.

Nos duchamos antes de salir de casa para ir a la suya y que cogiera algo de ropa para pasar la noche y el día de mañana, porque iba a intentar alargarlo todo lo posible para que estuviese allí con mi familia.

Puede que fueran egoístas mis razones, pero dicen que en el amor y en la guerra todo vale. Y yo iba a jugar todas las cartas que tuviera en mi poder para conservar a Celia a mi lado.

Y si presentarle a mi familia hacía que les cogiera cariño —porque sabía que se lo iba a coger, sobre todo a mi abuela—, lo haría.

Si con ello había una mínima oportunidad de que me perdonara por haberle ocultado algunas cosas, iba a aprovecharla.

—¿Qué ropa crees que es la apropiada?

Sonreí.

Era tan tierna y siempre quería causar la mejor impresión que era imposible no sonreír.

—Ponte unos vaqueros, una camiseta y unas deportivas.

Me miró con una expresión muy graciosa.

Sabía que no estaba muy acostumbrada a ese tipo de ropa, sobre todo si era para conocer a la familia de tu pareja. En su familia estaban acostumbrados a vestir más formales, sobre todo, sus padres.

—¿No crees que debería ponerme algo más formal?

—No.

Contesté riendo.

—Es que me parece una ropa muy simple.

—No es simple, es la idónea. Vamos a hacer una barbacoa. Aquello es campo, además de que quiero que demos un paseo sobre Caprichoso para enseñarte parte de mis tierras.

—Como digas, confío en lo que dices.

En esto no le quedaba otra.

—Echa también la ropa que te vayas a poner para el máster.

—Pero si hoy es sábado.

—Por eso, por si nos quedamos mañana por la noche, así te dejo directamente desde casa.

—Vale, pues entonces tengo que coger el portátil.

Tras cogerlo todo, emprendimos el camino. No había mucha distancia o puede que yo estuviese tan acostumbrado a hacer ese trayecto que para mí se me hacía demasiado corto.

—¿Todo eso que se ve es tu viñedo?

Iba embobada mirando por la ventana desde que entramos en mi camino privado y le dije que todo eso ya pertenecía a mi familia.

En realidad, lo había comprado yo, pero para mí, era de la familia, aquí no había distinciones entre unos y otros.

—Hay un poco más de lo que se puede ver.

Dije, más que nada, por no decirle que había bastante más de lo que veía.

—Madre mía, pues sí que tenéis trabajo.

—Mucho, además, nosotros nos dedicamos a la vendimia manual. Podría tenerla mecanizada, pero entonces las uvas podrían salir dañadas y yo quiero que las mías sean de una buena calidad.

—Pues sí que tienes que contratar personal extra ese mes.

Demasiado.

A veces perdía la cuenta del número exacto que era, hasta que no terminaba el mes y miraba los contratos para proceder con el pago, no recordaba la cantidad que ese año había tenido que contratar.

—Cuando hay buena organización todo fluye bien.

Me llevé la mano que le tenía cogida a los labios.

—En eso tienes razón.

Ella entendía muy bien lo que significaba llevar una empresa, aunque no hubiera estado presente en ella porque se había dedicado a estudiar. Aun así, estaba completamente seguro de que sería capaz de dirigir una gran empresa y llevarla a la cima.

—Mira, allí se empieza a ver el tejado de la villa.

La casa estaba situada a un lado del viñedo. Tenía vides a su alrededor, aunque la mayor parte quedaba algo más alejada.

Cuando compré las tierras, ya estaba construida en ese lugar y precisamente esa fue una de las cosas que más me gustó.

Estaba situada en un lugar lo bastante apartado como para que ningún desconocido nos molestara.

—Desde aquí se ve muy grande.

—Es de dos plantas y, la verdad, tiene tantas habitaciones que no creo que se llenen nunca.

Rio.

—Tu primo y tú podéis tener hijos y llenar esas habitaciones vacías.

Nunca había pensado en ser padre. Era una cosa que nunca me había planteado, por lo tanto, no le había dado importancia.

En cambio, ahora que la había conocido a ella, me gustaría que dentro de unos años hubiera un niño o una niña correteando estas tierras.

Pero antes me gustaría disfrutar a solas de ella, sin que hubiera nadie más reclamando su atención. Por ahora la quería para mí y no me sentía mal por pensar así.

Teníamos mucha vida por delante, éramos jóvenes —ella mucho más que yo— y sí, claro que me gustaría construir una familia junto a ella, pero todo a su debido tiempo.

—Siempre y cuando la madre de mis hijos fueras tú. —Perdió la sonrisa de golpe, parecía que la había dejado sin palabras—. Mi primo que se busque a otra.

Le dije para hacerla sonreír.

—¿Te imaginas teniendo una relación polígama con tu primo y una mujer solo para vosotros?

Negué con la cabeza.

—No, aunque fuera la última mujer del mundo, jamás haría eso. Mi mujer es mía y de nadie más y me da igual sonar celoso.

—No es sonar celoso, yo tampoco podría compartir a mi marido. Respeto a quien lo haga, pero yo no podría soportar verlo con otra mujer.

—Por suerte para ti, si decides que yo sea ese hombre, jamás me verás hacerlo, solo tengo ojos para ti.

Aunque sonara a palabras dichas por decir, nada tenía que ver.

Era verdad que solo tenía ojos para ella.

—Pues yo, sí estaría dispuesta a que me compartieras con otro.

Debía de haber escuchado mal o se estaba quedando conmigo, claramente.

Le iba a seguir la broma, a ver hasta dónde era capaz de llegar.

—Tengo un amigo al que no le importaría participar en un trío.

La miré de reojo sin perder el camino de vista.

Había abierto mucho los ojos.

—¿De verdad?

—Claro, ¿por qué te iba a mentir? Si quieres, podemos quedar con él un día de la próxima semana.

Solo de pensar en la posibilidad de que otro hombre la tocara o la hiciera disfrutar me ponía enfermo y de malaleche.

—Te estás quedando conmigo.

Fingí seriedad para que me creyera.

—No, lo digo en serio. Si es lo que tú quieres, soy capaz de aceptarlo.

—Leandro, que estaba bromeando, creía que a ti no te iban esas cosas, como has dicho antes que no serías capaz de compartir a tu mujer con otro hombre, he querido pincharte un poco.

Contuve las ganas de reír.

—Entonces, ¿no te gustaría estar con dos hombres a la vez?

—No, ni con uno solo si no es contigo. No me hace falta nadie, ya me lo das tú todo.

¿Cómo unas simples palabras podían llenar tanto y hacerte tan feliz?

No tenía ni idea, pero Celia siempre lo conseguía.

Detuve el coche en la zona que estaba destinada para los coches de la familia.

Al abrir la puerta del coche, llegó hasta nuestros oídos la música que tanto le gustaba poner a mi abuela.

Sonreí al imaginar todo lo que debían tener montado en la parte de atrás de la casa.

Era allí donde estaba toda la zona de ocio. Y cuando digo zona de ocio, me refiero a la piscina y a la pista de pádel. Sí, una pista de pádel, porque a mi madre se le antojó que la hiciésemos.

Hubo una temporada que le dio por practicarlo, hasta que quedó en el olvido.

—Ven. —Le ofrecí la mano para que me la cogiera—. Primero vamos a llevar tus cosas a la habitación y luego iremos donde están todos.

No le solté la mano.

Primero, porque la noté un poco nerviosa y segundo, porque quería que sintiera que iba a estar junto a ella en todo momento.

Y, por qué no admitirlo, también porque me apetecía.

—Todo esto es nuevo para mí.

—¿Qué quieres decir?

—Nunca he conocido a la familia de alguien con la que haya estado.

—¿Nunca?

Me parecía raro, más que nada porque sabía que ella había tenido un par de relaciones.

—No —rio—, ya sabes que he tenido parejas, pero no eran para dar este paso.

—Pues ya somos dos, nunca he presentado a una mujer a mi familia.

Había estado con muchas mujeres, no me iba a poner de santo porque no lo era, pero nunca había llegado a mi vida una mujer que me hiciera desear presentársela a mi familia.