Nos queda mucho por vivir Capítulo 23
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Capítulo 23

Celia

—No sé, creo que es un poco pronto para ir a tu casa.

Le confesé. Me daba un poco de miedo dar ese paso.

Estábamos tan bien desde hacía varias semanas que no quería que nada de eso se estropeara.

—Mis padres y mi abuela no tienen por costumbre comerse a las personas.

Intentó hacer una broma para que me relajara.

—No es eso.

La realidad es que no quería que cambiara la rutina que habíamos establecido entre nosotros.

Quiero decir que salíamos, íbamos a comer muchas veces los dos solos y otras lo hacíamos con Gema y su primo. Pero mi miedo era ese: que al salir de lo que teníamos, algo entre nosotros se estropeara.

Que al salir de lo que teníamos, todo entre nosotros se estropeara.

—Dime qué es

Estábamos sentados en el sofá de su piso, que, por cierto, era bastante grande y mira que estaba acostumbrada a vivir en una casa bastante grande.

Pero un piso de estas características y en el centro de Florencia, no lo podía tener cualquiera, aunque tampoco me asombraba, teniendo en cuenta que tenía su propio viñedo y le iba bastante bien.

¿Era sincera con él o me guardaba mi miedo?

No sabía qué hacer, porque, por un lado, no me gustaba ocultarle nada, pero por otro, exponer mi corazón de esta manera y que Leandro no se lo tomara en serio, me iba a doler.

—Sabes que me puedes decir lo que quieras y lo que sientas, no te voy a juzgar.

Hasta ahora no lo había hecho nunca, pero no se sabía cuándo podía ser la primera vez.

—Ven aquí.

Me dijo dulcemente, tirando de mi mano para que me sentara sobre sus piernas.

Lo hice a horcajadas para que nos miráramos a los ojos mientras hablábamos.

—Si me dices que no quieres porque realmente no te apetece conocerlos, respetaré tus deseos y no insistiré más, pero necesito que seas sincera conmigo.

Pasó los dedos por mi pelo para apartármelo de la cara.

—Es que me da miedo que por cualquier cosa perdamos lo que tenemos.

Le confesé con la voz emocionada.

—Eso no va a pasar, a menos que sea lo que tú quieras que pase.

—¿Y si no le gusto a tu familia y ellos te convencen de que no soy suficiente para ti?

Dejé salir un poco de ese miedo.

—¿De verdad crees que no eres suficiente para mí? ¿Me crees con tan poca personalidad como dejar que alguien decida por mí?

Me preguntó con el ceño fruncido.

Pasé el dedo con suavidad por su entrecejo para que lo relajara.

—Son parte de ti.

Sonrió con ternura.

—Tú también lo eres.

Sentí que el corazón me iba a explotar de felicidad.

—¿De verdad soy parte de ti? ¿Me consideras importante en tu vida?

Para mí, Leandro se había convertido en mi todo.

—Más que importante, te considero necesaria y esencial para poder seguir respirando —me emocioné con esas palabras—. Te has metido tanto debajo de mi piel que ya no podría sacarte, aunque quisiera.

—Me he enamorado de ti, Leandro, y me da miedo que lo perdamos todo. Me da miedo que esto tan bonito que estoy viviendo junto a ti se vaya a la mierda, porque sé que acabaría conmigo. Y con esto no quiero decir que tengas que estar conmigo por los sentimientos que han nacido hacia ti.

Nunca había abierto mi corazón de la manera en la que lo estaba haciendo en ese momento.

—Yo también me he enamorado de ti. Te has metido en mi corazón y no quiero que salgas nunca de él.

En sus ojos había verdad, pero también vi un poco de miedo. No sé a qué sería, pero estaba ahí.

Supongo que si era verdad que tenía esos sentimientos hacia mí, quizás ese miedo que había en su mirada podría ser a perderme.

—¿De verdad que te has enamorado de mí? Si no es así, por favor, te pido que no lo digas por decir, prefiero que no digas nada a que me mientas en esto.

—No te miento, Celia. No sé cómo ni cuándo ha pasado. Solo sé que te quiero tener junto a mí, siempre.

Dos lágrimas recorrieron mi rostro.

No pude contenerlas. Eran las palabras más bonitas y con más sentimiento que me habían dicho nunca.

Me limpió esas lágrimas con besos tiernos que fue repartiendo por todo mi rostro.

Me hizo cosquillas con su barba. Siempre lo hacía y a mí me encantaba.

—Así me gusta verte, que sonrías y que seas feliz.

—Me haces feliz.

Lo abracé por el cuello, recosté mi cabeza sobre su hombro, cerrando los ojos y disfrutando el momento.

—Entonces, ¿qué me dices? ¿Vamos a que conozcas a mi familia? Estoy seguro de que Gema y Romeo ya están allí.

De eso estaba segura yo también.

Eran increíbles esos dos. Desde que Gema había llegado a Florencia y lo había conocido al día siguiente, no se habían vuelto a separar, vamos, que mi amiga cogió su maleta y se la llevó al piso de este.

Ni parpadeó y eso que se suponía que había venido porque me echaba de menos.

Que no era un reproche lo que estaba diciendo, la entendía porque a mí me pasaba lo mismo que a ella, no quería separarme de Leandro, y que conste que solo lo hacíamos cuando ambos teníamos que atender nuestras obligaciones.

—Vamos.

Le confirmé y que fuera lo que tuviera que ser.

—Pues andando, eso sí, echa algo de ropa porque vamos a pasar la noche allí.

—¿No crees que eso ya es mucho?

Rio.

—No, creo que es perfecto.

Se levantó del sofá conmigo en brazos.

Este hombre me llevaba con una facilidad increíble. Era como si para él no pesara nada.

Y eso que, si lo veías físicamente, no se le veía con muchos músculos, los tenía, eso no se podía negar, pero su cuerpo era más definido que musculoso.

Que tenía fuerza y aguante era innegable.

—Pues tendremos que pasar por casa para que pueda cogerla.

En su piso había dejado algunas prendas de ropa interior y unos cuantos conjuntos, pero tampoco demasiados. Y, desde luego, ninguno me parecía apropiado para ir a conocer a su familia.

Total, si cuando estaba aquí, me pasaba la mayor parte del tiempo desnuda o con alguna camiseta suya.

Puede que fuera una gilipollez, pero me encantaba ponerme sus camisetas o camisas y por lo que pude ver en su rostro la primera vez que me vio con una de sus prendas, a él también le gustó verme con ella.

—O también puedes ir así.

Dijo entre risas, metiendo sus manos por debajo de su camiseta y cogiéndome por las nalgas.

—Estás demasiado loco.

—Por ti.

Me dio un pequeño mordisco en la base del cuello.

—Había pensado que, ya que voy a conocer a tu familia, quizás podías venir conmigo a España la próxima vez que fuera.

Ya había estado allí una vez desde que me vine y me lo pasé muy bien con mis padres, Inés, Oliver y Manuela, pero no terminé de disfrutarlo como yo hubiese querido porque me faltó Leandro a mi lado.

Por eso mismo me gustaría que viniera conmigo la próxima vez que fuera.

—Vamos a tener que esperar para que pueda viajar a España.

Me dijo después de que reaccionara a mis palabras. Cuando las dije se quedó callado momentáneamente, como si las estuviera procesando.

—¿Por qué?

Si yo daba el paso de conocer a su familia, también me gustaría que él lo hiciera, pero como había hecho conmigo, yo también lo haría.

Iba a respetar su decisión y darle su tiempo.

—Sabes que está a punto de empezar la vendimia y ahora mismo no es buen momento para alejarme mucho del viñedo. Es la época más importante del año.

En eso tenía razón. Me había hablado tanto de lo importante que era para él y toda la familia que todo saliera bien, que cuando me dio esos motivos lo entendí sin necesidad de que tuviera que explicarme nada más.