Nos queda mucho por vivir Capítulo 22
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Capítulo 22

Leandro

Como supuse días atrás, en cuanto vio el restaurante se quedó sin palabras. Y no solo ella, también lo hizo Gema, y mira que dejar a esa mujer con la boca cerrada era complicado.

La cena fue más o menos controlada, menos en algunos momentos en los que mi primo o Gema decían alguna de las suyas. Eso sí, en esos momentos las carcajadas eran imposibles de controlar.

Se puede decir que no fue la típica cena romántica que me habría gustado tener con Celia.

Que no quiere decir que no estuviese a gusto y me divirtiera mucho, porque fue así.

Pero para ser sinceros, también me encontré casi toda la cena con unas ganas tremendas de que terminara para estar a solas con Celia y no necesariamente estaba pensando en el sexo.

Bueno, sí, para qué voy a mentir, pero no era solo por ese motivo por el que quería estar a solas con ella.

Al venir los cuatro en el mismo coche, tuvimos que hacer una parada en el piso de mi primo, ya que querían quedarse juntos allí.

Desde luego, tenían edad suficiente para tomar sus propias decisiones y, si lo tenían tan claro, ¿para qué iban a perder el tiempo?

En nuestro caso, nos fuimos al piso de ella, no porque no quisiera enseñarle el mío, más bien lo hicimos por comodidad, ya que tenía allí todas sus cosas y no tendría que salir a la mañana siguiente con la misma ropa.

Sinceramente, a mí me daba igual, tenía muy claro qué era lo que iba a hacer en cuanto cruzara la puerta de una casa o de otra.

Eso mismo hice, lo que llevaba casi toda la noche deseando hacer.

Al cerrar la puerta, la atrapé contra la pared, puse una mano detrás de su cabeza para evitar que se la golpeara, ya que la cogí con mucha impulsividad, pero es que las ganas me estaban matando.

—¿Te he hecho daño?

Me preocupé.

No quería ser tan brusco. Sin embargo, no pude evitar que saliera a flote mi instinto.

Ese que llevaba toda la noche pidiendo que me enterrara en su interior.

—No, no me has hecho daño.

Fue ella quien se abalanzó sobre mis labios.

Llevó las manos al cuello de su vestido, lo desató y lo dejó caer, dejando sus pechos libres.

Agaché la cabeza, cogí uno de los pechos con una mano; la otra la utilicé para coger las suyas y ponerlas por encima de su cabeza.

Seguíamos pegados a pared, junto la entrada, no nos habíamos movido del sitio, las ganas de tocarnos el uno al otro podían con nosotros.

Le levanté el pecho, agaché mi cabeza y de una buena vez me metí el pezón en la boca. Lo chupé con ganas, lo cogí entre mis dientes tirando un poco de él hasta que la hice jadear.

Escuchar los sonidos que salían de ella mientras estaba haciendo que se deshiciera entre mis manos, era el mejor sonido que jamás podría oír.

Levanté la mirada para conectarla con la suya, la encontré con los ojos cerrados y con la cabeza apoyada en la pared.

No tenía palabras para describirla. Era la mujer perfecta para la fantasía de cualquier hombre.

Le hice lo mismo al otro pecho y le dediqué las mismas atenciones.

—Abre los ojos, nena.

Me quedé un momento sin saber qué decir.

¿De dónde cojones había salido ese «nena» cuando esa palabra no la había dicho nunca?

No tenía ni idea de cómo había pasado. Lo único que sabía era que la había dicho y que me había gustado mucho cómo había sonado entre mis labios, pero sobre todo me había gustado la reacción que tuvo ella cuando la escuchó.

En un primer momento pareció asombrada, como si no diera crédito a lo oído. Cuando vio que era cierto, se le fue formando una sonrisa en el rostro. Fue tan bonita que me juré que haría cualquier cosa para que siempre la conservara.

—No los cierres, quiero que me mires en todo momento.

Conectó su mirada con la mía.

En sus ojos vi fuego, pasión y algo que me hizo temblar, porque eso que había ahí era amor. Lo sabía porque era la misma mirada que tenía yo cuando me miraba al espejo y pensaba en ella.

Le solté las manos, que se las tenía cogidas por encima de la cabeza, para bajarle el vestido.

Con besos y caricias fui bajando por el centro de su cuerpo hasta quedar de rodillas ante ella.

—Eres perfecta.

Como respuesta enredó los dedos entre los mechones de mi pelo, tiró un poco de mi cabeza hacia su entrepierna.

Sonreí antes de posar mis labios sobre su sexo.

Se notaba que Celia tenía las mismas ganas que yo, le iba a dar todo ese placer que me estaba pidiendo a gritos con la mirada, pero le iba a dar mucho más de lo que ella se imaginaba.

—Me muero por probarte.

Joder, no me puedes decir eso y quedarte tan tranquila.

El pene me dio un pequeño tirón dentro de los pantalones al imaginarme su boca alrededor de él.

Era una locura de fantasía y estaba deseando que se hiciera realidad.

Volví a subir por su cuerpo de la misma manera en la que lo había hecho al bajar, llenándola de besos y caricias.

Recorriendo cada centímetro de su piel, tocándola, besándola, lamiéndola y mordiéndola.

—Me toca.

Dijo cuando mis labios llegaron a la altura de los suyos.

—Soy todo tuyo para que hagas conmigo todo lo que quieras.

Me desnudé rápido. Me molestaba toda la ropa que llevaba puesta, necesitaba sentir su piel rozándose con la mía.

Celia comenzó a repartir besos desde mi cuello, bajando por mi pecho hasta llegar al ombligo. Fueron besos tiernos, dulces, con mucho cariño.

Se fueron haciendo más intensos, lascivos y provocadores cuando sus labios llegaron a los oblicuos.

Un calor abrasador me recorrió el centro de la espalda, pasó al vientre y de ahí se alojó en el miembro cuando ella lo cogió con su mano. Empezó a subir y bajar unas cuantas veces pasando la yema del dedo por la abertura del glande.

Su toque me quemaba, me hacía querer penetrarla sin miramientos, enterrarme profundamente en su cuerpo y quedarme ahí para siempre.

En el lugar que sentía que era el indicado para mí.

Sacó la punta de la lengua y antes de que me tocara, temblé de anticipación.

El deseo de que me recorriera el pene con su boca cada vez se hacía más latente.

—Me vas a matar de placer.

Susurré con la voz entrecortada.

Me miró sin apartar su boca del miembro. Vi cómo sonreía con los ojos, sabía que en ese instante se sentía poderosa.

Y no es que se sintiera, es que lo era.

Me tenía totalmente rendido a sus pies. Podía hacer conmigo lo que quisiera y no solo en el terreno sexual, podía hacerlo en todos los aspectos habidos y por haber.

Abrió la boca y se metió el miembro en ella poco a poco.

Fue la puta imagen más erótica que había visto en la vida. Aunque no tenía con qué compararla ni tampoco lo haría, porque a Celia no se la podía comparar con nada ni nadie, ella era única.

—Joder.

Dejé caer la cabeza hacia atrás intentando controlar mi respiración.

Se la metía tan profunda como podía. Cuando llegaba a la punta, absorbía con fuerza y pasaba la lengua por el contorno con lentitud. Después, con la misma calma, la deslizaba por el centro del glande, recogiendo las gotas de líquido preseminal que se me escapaban.

—Basta, no puedo más, me estás volviendo loco.

La levanté por los hombros. En cuanto la tuve frente a mí, la besé como si la vida me fuera en ello.

Las lenguas y dientes chocaron en ese beso.

Nos dejamos consumir con él.

La cogí por debajo del trasero, hice que me rodeara la cintura con las piernas, no esperé un segundo más para introducirme en su interior de una sola embestida.

Había perdido el control por completo, no era capaz de razonar, lo único que deseaba era hacer que se corriera a mi alrededor, que me apretara con cada una de sus contracciones.

—Sí, me encanta que seas así.

Sabía que no le gustaba que la tratara como una muñeca frágil que se pudiera romper en cualquier momento, sabía que le gustaba que me dejara llevar por el instinto y el impulso de lo que sentía en ese momento.

Me lo había demostrado la primera noche que habíamos pasado juntos.

Le gustó cuando lo hicimos lento, pero cuando saqué mi lado más salvaje la volvió completamente loca. Hice que ella sacara el suyo, que se dejara llevar.

Sin salir de su interior, nos separamos de la pared. Anduve hacia la mesa del salón y la senté en ella, haciendo que recostara su espalda.

Le abrí las piernas tanto como me fue posible, llevando un dedo a su clítoris, moviéndolo en círculos sobre él, mientras la iba penetrando sin descanso con estocadas cortas y certeras.

Cuando llegó a la cúspide de su placer, arqueó la espalda sobre la mesa y con esa imagen grabada en mis retinas me dejé ir yo también.