Capítulo 21
Celia
Cada vez estaba más pillada por este hombre que tenía delante y que me estaba comiendo con la mirada.
La palabra pillada estaba claro que no era la correcta, más bien diría ilusionada, y eso porque yo misma no quería reconocer lo que de verdad me estaba haciendo sentir.
Porque sabía que si lo reconocía iba a ser mucho peor.
Me daba mucho miedo no provocarle los mismos sentimientos o ese cosquilleo en el estómago.
—¿Vamos?
Le pregunté porque lo vi con la vista fija en mí, pero como si estuviese en otro lugar.
—Claro.
—Leandro, ¿estás bien?
Me atreví a preguntarle después de haberlo visto con esa mirada.
—Estoy más que bien, estoy deseando pasar la noche contigo donde sea.
—Es que te he visto con la mirada perdida, como si estuvieses pensando en otra cosa.
Negó.
—Todo lo contrario, estaba pensando en lo rápido que me has cautivado y en que solo deseo pasar contigo día y noche. No quiero estar separado de ti. Me gustas y despiertas cosas en mí que nunca había sentido.
No podía haber escuchado esas palabras, Leandro no podía haberlas dicho. Tenían que ser mis ganas de escuchar de sus labios algo así, que me estaba jugando una mala pasada.
—Perdona, ¿qué has dicho? Es que creo que no te he entendido muy bien.
Os juro que tenía que haberme imaginado esas palabras.
No podían ser posibles.
—Creo que lo has escuchado muy bien, pero si quieres que te lo repita, lo haré, pero en otro momento y con otras palabras.
Se fue acercando a mí con cada palabra que fue diciendo.
Cuando llegó a mí, me rodeó la cintura con un brazo y me acercó a su pecho hasta que no quedó espacio entre los dos.
Bajó la cabeza despacio, dejando sus labios a escasos milímetros de los míos y sin apartar su mirada de la mía volvió a hablar.
—No quiero separarme de ti. Eso es todo lo que te voy a repetir, lo demás te lo diré en otro momento y en otro lugar.
Me dio un suave beso. Fue un roce, pero lo suficiente como para hacer que mi corazón se acelerara.
— Yo tampoco quiero estar alejada de ti. Cada vez te necesito más, como si te hubieras metido en mi cabeza y ya no supiera sacarte de ahí.
Si él había sido capaz de hablar de esa manera, yo también lo iba a hacer.
—Joder, no sabes lo que has hecho al decir esas palabras. Te prometo que así me cueste la misma vida, voy a hacer todo lo posible para que nunca te quieras alejar de mí.
No hacía falta que hiciera nada.
No creo que nunca quisiera alejarme de él.
—Por cierto, al entrar he visto que tenías puesto un sujetador a juego con las braguitas. ¿Dónde te lo has dejado?
Sonreí sobre sus labios.
Había tenido una manera muy sutil de cambiar el tema de conversación.
—Me molestaba para el vestido.
—Mmm, y me has facilitado el trabajo para después tenerte completamente desnuda en mi cama.
Me encantó su tono de voz.
—Estás muy seguro de eso.
Le pasé la punta del dedo desde su mandíbula hasta su cuello de manera sensual.
—Nunca he estado más seguro de algo.
—¡¿Nos vamos o nos quedamos?!
Escuchamos gritar a Gema.
Reímos.
—Mejor salimos antes de que arrastre a tu primo dentro de su habitación.
Me hizo gracia la escena que me imaginé de mi amiga arrastrando a ese pobre hombre.
No lo conocía, pero como se pareciera un mínimo a Leandro, Gema se lo iba a comer enterito.
—No creo que tenga que arrastrarlo, él iría encantado. No has visto lo que yo he visto cuando se han conocido. Solo te voy a decir que entre esos dos han saltado tantas chispas que por muy poco no me han quemado.
Reí.
—Amiga, ya tengo a mi Romeo, creo que me voy a cambiar el nombre en el registro civil para ser su Julieta en todos los sentidos.
Lo que yo decía.
Loca, esa mujer estaba completamente loca.
—Estás loca —le dije riendo—. Hola, encantada, soy Celia.
Me acerqué a ese hombre que tanto se parecía a su primo.
—Hola, no creo que haga falta que te diga mi nombre.
Se veía simpático.
—No, Julieta se ha encargado de dejarlo claro.
Reímos.
—Vosotros os lo estáis tomando a broma, pero yo voy muy en serio.
—Anda, deja ya las tonterías o los vas a espantar antes de tiempo.
—Para nada, ya lo tengo cautivado.
—Mira que me habías dicho cómo era —Romeo le habló a su primo—, pero es mil veces mejor de lo que imaginaba.
Lo miré con las dos cejas levantadas.
Pues sí que le había parecido bien.
—¿Vamos? —nos preguntó Leandro.
Los primeros en salir del piso fueron Gema y Romeo, ellos iban muy delante de nosotros. No tenía ni idea de qué estarían hablando porque iban haciéndolo en voz baja, pero también se iban riendo.
Miré a Leandro por encima de mi hombro. Se había quedado atrás para cerrar la puerta con llave.
Cuando nuestras miradas conectaron, me guiñó un ojo.
Este hombre se estaba haciendo un hueco en mi corazón, pero a pasos agigantados.
Esperé hasta que cerró la puerta. Al llegar a mi lado me puso una mano en la parte baja de la espalda para que comenzara a caminar.
Me gustaba mucho cuando hacía eso, sobre todo cuando con su dedo pulgar me la acariciaba.
Era un simple gesto que otras personas podían tomar como uno más, pero a mí me decía mucho.
Para mí significaba que no podía dejar de tocarme, sentirme, tenerme cerca, dar cariño y ser cercano.
Me gustaba que me hiciera sentir así.
Me arrimé un poco más a él. Al hacerlo, quitó la mano de la espalda, me sentí un poco decepcionada, pero esa decepción duró unos segundos, el tiempo que tardó en entrelazar sus dedos con los míos.
Lo miré con una sonrisa.
Muchas veces, cuando pensaba en él —que eran muchas a lo largo del día—, me daba cuenta de que estaba sonriendo porque sentía agujetas en las mejillas.
En esas ocasiones sonreía sin darme cuenta, en esta ocasión lo estaba haciendo conscientemente y era gracias a él, y a lo que me hacía sentir, la cuestión es que era muy feliz.
¿Y qué hay mejor que sentirse feliz?
Yo creo que nada. La felicidad podía venir de una misma, del trabajo o de otra persona. Daba igual el motivo; lo importante era sentirse bien, y yo me sentía estupendamente.
—¿Entonces, vivís en la misma casa?
Escuché que le preguntaba Gema a Romeo.
Íbamos en el coche, ellos dos sentados en la parte de atrás, Leandro conduciendo y yo en el lado del copiloto.
Desde que Leandro arrancó el coche, cogió mi mano y no la soltó en ningún momento.
Yo ya sabía que vivían juntos, me lo dijo la noche que pasó en el piso. Aparte del sexo que tuvimos, hablamos mucho, me contó sobre su familia, de cómo sus padres, junto a su abuela, se hicieron cargo de Romeo cuando perdió a sus padres en un accidente de coche.
Esa noche fue larga y nos dio tiempo para conocernos mucho mejor.
En mi caso le hablé de mis padres, de mi hermana y su novio, de Manuela, que era para mí como una segunda madre.
De lo controladores que eran mis padres, sobre todo, mi padre. Le confesé que mi familia tenía mucho dinero y que ese era uno de los motivos por los que mi padre nos ponía seguridad a mi hermana y a mí cuando salíamos.
Por desgracia, en esta vida hay personas malas que son envidiosas y en vez de esforzarse y forjarse su futuro e ingresos, para ellos era más fácil vivir haciendo el mal, como robar o, en nuestro caso, amenazar con llevarse a sus hijas.
Por eso mismo entendía a mis padres. Me ponía en su lugar y solo pensar que pudieran hacerle daño a un hijo mío para conseguir dinero me volvía loca.
—Sí, menos algunas noches que estoy en mi piso del centro o que Leandro está en el suyo.
—¿Y en la villa no te aburres?
Sonreí sin poderlo evitar. Ella era muy urbanita.
—No nos da tiempo a hacerlo.
—¿Y recogéis uvas durante todo el año?
Leandro sonrió, pero no lo hizo con arrogancia porque mi amiga preguntara esas cosas, pareció una sonrisa de cariño, de que ella se interesara por la vida de su primo.
—No, la vendimia es entre septiembre y octubre, dependiendo de cada viñedo. En nuestro caso recolectamos la uva en septiembre.
—Imagino que es un trabajo duro.
—Si te dijera lo contrario, mentiría, pero tiene su parte divertida porque casi todos los días se hace una barbacoa donde comen los jornaleros junto a la familia.
Gema le fue preguntando muchas más cosas, y Romeo se las respondió una a una, explicándole con calma todo lo que ella no entendía.