Nos queda mucho por vivir Capítulo 20
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Capítulo 20

Leandro

—Ten cuidado, no quiero que digas algo que les haga saltar todas las alarmas.

Romeo iba en el coche conmigo, nos dirigíamos al piso de Celia para recogerlas.

—No empieces, que llevo en esto el mismo que tiempo que tú.

Lo sabía, pero estaba nervioso. Más que nervioso, tenía miedo de que descubriera la verdad y de perderla. No me hacía a la idea de que eso pudiera pasar.

—No pasa nada porque te lo recuerde.

Cogió el móvil para ver quién lo llamaba, ya que había empezado a sonarle.

—Qué pesadilla de tío.

—¿Quién es?

Me resultó raro porque Romeo no solía hacer ese tipo de comentarios de nadie.

Puede que le gustaran mucho las bromas y todo eso, pero siempre había sido muy respetuoso con las personas.

—¿Recuerdas el cliente al que le dijimos que ahora mismo no podíamos hacernos cargo de su caso?

—Sí, ¿qué pasa con él?

—Que no para de insistir.

—No le contestes más y desvía las llamadas al móvil de Fabrizio y que se encargue él, ahora tiene un poco de hueco.

—Hablaré con él.

Aparqué el coche en el mismo parquin de siempre, nos bajamos de él y fuimos al piso.

La otra noche no pude llevarla al restaurante al que quería llevarla, así que íbamos a ir esta noche.

Hubiera preferido que lo hubiésemos hecho los dos solos. No por nada, que a mí no me molestaba mi primo ni la amiga de Celia, pero sí que me hubiera gustado una cena un poco más íntima.

Supongo que tendríamos más oportunidades de ir en otro momento, o eso esperaba.

La que nos abrió la puerta fue Gema. En cuanto nos vio a mi primo y a mí tras la puerta, puso más o menos la misma cara que cuando me vio en el aeropuerto.

Sonreí.

—¿Nos dejas entrar o tenemos que hacer algún pago para hacerlo?

Le pregunté riendo.

—Tú puedes entrar libre, pero él que viene contigo tiene que pagar para hacerlo.

No le quitaba los ojos de encima a Romeo, pero a él le había pasado lo mismo. Si no se la comió con la mirada, fue porque la devoró.

Vaya dos estaban hechos.

—El que tiene que pagar es Romeo.

Le dije para presentarla.

—Encantada, Romeo, yo soy tu Julieta.

—Ahora sé por qué sigo soltero.

Enarqué una ceja sin entenderlo muy bien.

Porque lo que había dicho se podía tomar de dos formas distintas y, por la cara que puso Gema, creo que se lo llevó por el lado equivocado.

—Normal que lo estés, solo hay que verte.

Uy, mal empezaban las cosas.

Reí.

—Preciosa, creo que no me has entendido. Quería decir que sigo soltero porque te he estado esperando toda mi vida.

Vaya labia tenía el tío cuando quería.

—¡Ay, qué bonito! ¿Y eso se lo dices a todas o lo tenías reservado para mí?

—Romeo, que con esta no vas a poder fácilmente.

Dije pasando por su lado para ir a buscar a Celia.

—Eso, pasa, como si estuvieras en tu casa.

Era imposible no reír con esta mujer.

—La misma casa que la tuya.

Le contesté.

Los dejé a los dos en la entrada y fui directo a la habitación. Supuse que estaría allí, ya que no la vi por el salón.

Toqué en la puerta y esperé a que me diera paso. Tampoco quería que sintiera que invadía su intimidad.

En realidad, lo hice más por educación que por otra cosa.

Al no recibir respuesta entré.

No la vi en la habitación, pero escuché el sonido del secador proveniente del baño.

Tenía la puerta abierta, por lo que me acerqué.

Mejor te hubieras quedado en el salón .

Pensé cuando la vi con medio cuerpo inclinado hacia delante, de espaldas a mí, con unas putas bragas brasileñas de encaje blanco.

Esta no era la mejor imagen que podía haber tenido si no quería pasar un mal rato.

Que, si no fuera porque íbamos a salir, desde luego que no podía haber tenido mejor visión.

Es que fue encontrármela así y empezar a formárseme la erección. Vamos que mi miembro cobró vida propia por mucho que intenté que no pasara.

—¿No te parece mejor idea si nos quedamos aquí y dejamos que salgan solo ellos?

Pregunté un poco más alto para que me escuchara por encima del ruido del secador.

—Por Dios, qué susto me has dado.

Madre mía, si la visión que tenía de su trasero me había puesto malísimo, cuando se dio la vuelta me terminó de rematar.

—No era mi intención, he tocado antes de entrar, pero, al no recibir respuesta decidí entrar.

Soltó el secador sobre el lavabo.

Dio dos pasos hasta colocarse a escasos centímetros de mi cuerpo.

Una puta tentación, eso es lo que era.

Estiré el brazo, lo justo para poder cogerla de la cintura y tirar de ella un poco para pegarla a mi pecho.

—Buenas noches.

Me dijo con una sonrisa a escasos centímetros de mi boca.

—Buenas noches.

Dejé caer mi boca contra la suya.

No podía aguantar las ganas de besarla.

Me correspondió el beso con la misma intensidad con la que yo se lo di.

—¿Qué me dices? ¿Nos quedamos aquí?

Le guiñé un ojo.

No le iba a hacer eso, sobre todo porque no quería que pensara que lo único que quería de ella era sexo.

—Por mí, encantada.

No me esperaba esa respuesta. Mucho menos que pasara la mano por encima de mi miembro, que ya de por sí estaba duro con solo tenerla delante con esa ropa interior. Al sentir su caricia en esa zona de mi cuerpo, me puse más duro, si es que era posible.

—Preciosa, no hagas eso o te juro que es verdad que no vamos a salir de esta habitación hasta mañana.

Se rio, así, sin más, como si me estuviese tentando.

—Tengo muchas ganas de estar a solas contigo, pero es la segunda noche que está Gema aquí y no quiero dejarla sola.

Le atrapé el trasero con una mano para atraerla hacia mi cuerpo tanto como nos fuese posible.

La otra mano la llevé a su nuca.

Necesitaba sentirla por completo y sabía que en ese momento no iba a poder ser posible, pero por lo menos antes de que saliéramos de aquí iba a empaparme bien de sus labios.

Esos labios que eran mi perdición, los que me volvían loco y deseaba besar en cada momento.

—Será mejor que te vistas.

Dije muy a mi pesar.

—Ay, no me he acordado —fue hacia el vestidor—, tu primo ha tenido que llegar contigo.

—Conmigo ha llegado, otra cosa es que vuelva.

Me reí al recordar el encuentro de esos dos.

Lo raro sería que no se hubieran echado el uno encima del otro y nos lo encontráramos así en el salón.

—¿Por qué?

Jesús, esta mujer pretende acabar conmigo.

Pensé cuando la vi salir del vestidor con un vestido largo, estilo ibicenco, pero mucho más elegante.

Llevaba un cinturón de la misma tela y, de la cintura a los pies, el vestido caía suelto.

Pero lo que me dejó sin palabras fue la parte de arriba. Ya que del mismo cinturón salían dos tiras anchas que eran las que le tapaban los pechos. Estas iban amarradas al cuello dejando toda la espalda al descubierto.

Celia era la definición perfecta de la sensualidad, clase y elegancia.

—Si hace dos noches estabas increíble, esta lo estás mucho más.

—¿Crees que voy bien para el lugar al que me vas a llevar?

Joder, iba perfecta.

Si fuera por mí, me la llevaba en ese mismo momento a mi casa y no la dejaba salir nunca de allí. Y no porque no quisiera que nadie la viera y tenerla solo para mí, sino para evitar que todo nos explotara en la cara.

—Vas perfecta. Lo único que temo es no saber controlarme cuando atraigas todas las miradas de los hombres que pasen por tu lado.

Me dedicó una tierna sonrisa que terminó cautivándome más de lo que estaba.

—Entonces yo me debería de sentir igual, pero ¿sabes qué? —Negué—. Que me da igual todo lo que miren, porque el que me importa que lo haga va a mi lado.

Cada vez se me estaba haciendo más difícil.