Capítulo 19
Celia
—Que no, Gema, que esta noche no me apetece.
Qué cabezota era cuando quería y cuando no, también. Era cabezota de nacimiento.
—Por favor, quiero conocer la noche florentina.
—Ya la estás conociendo, estás aquí.
Me reí por la cara que puso.
—No te hagas la tonta que sabes muy bien lo que quiero decir.
Resoplé.
—Acabas de llegar hace un rato.
—Pues por eso mismo, vengo fresca como una lechuga, que desde que me abandonaste no he salido ni para tomar un café.
Puso cara de enfurruñada como una niña pequeña.
—Mejor descansamos hoy y salimos mañana.
Entre lo poco que dormí la anterior noche y que mañana tenía que madrugar, no iba a salir de casa ni aunque intentara sacarme por los pelos.
Que otra cosa no, pero esa estaba lejos.
Gema era capaz de eso y mucho más.
—Te estás volviendo vieja y responsable.
Reímos.
—Alguna de las dos tenía que madurar en algún momento.
Me sacó el dedo corazón sin dejar de sonreír.
—Lo que te ha hecho madurar por hoy —puntualizó—, es que anoche te tuvieron que dar lo tuyo y lo del vecino.
Reí con ganas.
No se había equivocado.
—No lo sabes bien.
Me dejé caer en el sofá a su lado después de haber traído dos refrescos de la nevera.
—Madre mía, Celia, Leandro está supercañón.
Cogí una servilleta de papel y se la pasé por debajo de la barbilla.
—¿Qué haces?
Me dio un manotazo.
—Limpiarte las babas.
Me carcajeé de ella.
—Después dices que la que está mal de la cabeza soy yo.
—Yo no estoy mal de la cabeza, solo hay que ver cómo te lo has comido con la mirada.
—¿Celosa?
Me hice como la que lo pensaba.
—No, porque eres tú.
Era verdad.
Gema nunca sería capaz de traicionarme, no solo con el tema de los hombres, ella no sería capaz con ningún otro tema.
Le podía confiar mi vida si hacía falta, igual que ella me podía confiar la suya.
—Me puede gustar mucho buscarte la boca, pero nunca te haría algo así y si hoy le hablé así a Leandro, fue porque quise probarle.
—¿Probarle?
No la estaba entendiendo, o quizás sí, pero quería que me lo explicara ella.
—Sí, intentar tentarle, por si sucumbía a mis encantos.
Me tuve que reír, porque sé que lo hizo con buenas intenciones.
El único problema es que no lo pensó muy bien.
—Pero ¿tú de verdad piensas que si Leandro quisiera estar contigo o con otra lo iba a mostrar delante de mí?
No podía parar de reír al ver la conclusión a la que había llegado yo y en la que ella no había pensado.
—No había caído.
—Imagino, si no, no lo habrías dicho.
Por no decirle que lo suyo no eran muchas cosas.
A ver, no me entendáis mal, que Gema era una de las mujeres más inteligentes que conocía, lo que pasa es que cuando le daba su vena loca no coordinaba muy bien sus pensamientos con lo que soltaba por la boca.
—Bueno, ¿nos arreglamos y salimos un rato?
Me levanté del sofá.
No había nadie que pudiera más que ella.
—Te he dicho que esta noche no, si quieres le escribo a Leandro para salir mañana y que se traiga a su primo.
Se puso a aplaudir como una niña pequeña el día de su cumpleaños.
Negué, como diciendo que estaba fatal.
Al final iba a ser verdad eso que dicen que los locos son los más felices del mundo o más bien de su mundo.
—¿Y crees que me gustará ese tal Romeo? Porque sé que yo sí le voy a gustar.
—Modesto baja, que ya sube Gema en tu lugar.
Dije riendo.
—No te rías, ese italiano va a tener mucha suerte si me fijo en él.
—Anda, deja el ego un ratito de lado y vamos a calentar la lasaña que ha dejado preparada Greta.
Extendió las manos para que se las cogiera y la ayudara a levantarse.
—No puedo con mi alma.
Era para matarla.
—La que quería salir hoy de fiesta.
Se me escapó una risilla.
—Coño, ya que me has dicho que no, pues he dejado que el bajón del viaje se haga con el control de mi cuerpo.
—¿Sabes que has volado poco tiempo?
—¿Te parece poco casi tres horas?
Replicó.
—Cambiando de tema, ¿te has podido enterar si Greta le ha ido contando algo a mis padres?
Estaba segura, pero le dije a mi hermana y a Gema que pusieran la oreja por si pillaban algo.
—No de mucho, pero si sabemos que sí les va diciendo algo.
—No me extrañaría nada que hubiera contratado a alguien para que me vigile.
Estaba totalmente segura y si no era Greta, sería otra persona.
—A mí tampoco me extrañaría, por eso decía lo de salir, para darle un poco más de trabajo a esa persona y que mañana se tire tu padre de los pelos.
—Mejor no lo provocamos todavía o tu estancia va a ser tan corta que ni te vas a dar cuenta.
—Y lo bien que nos lo pasamos cuando se pone que parece que va a echar humo por las orejas.
Rio a carcajadas.
—Dirás lo bien que te lo pasas tú, porque la bronca me la llevo yo, no tú.
—Sí, lo que tú digas, pero las penas las compartes conmigo.
La tranquilidad que había tenido hasta el momento se había esfumado y había salido corriendo por la puerta en el momento en que Gema la cruzó.
Eso había quedado más que claro, de todos modos, no era una cosa que me pillara de sorpresa y me encantaba, porque era verdad eso de que me daba vidilla.
Metí la lasaña en el horno. Mientras se hacía le fui contando los lugares que había estado visitando, aunque ya lo sabía, porque era raro el día que no hablábamos, pero bueno, como me fue preguntando, le fui contestando.
—Te voy a mandar trabajo para mañana.
Fui llevando las cosas de la cena al salón, ahora estaba Gema, por lo que lo de comer en la cocina sola se había terminado. Aunque desde que habíamos hablado Greta y yo, se quedaba a comer conmigo a mediodía, igualmente lo hacíamos en la cocina.
En cambio, con mi amiga era distinto, nos gustaba sentarnos en el salón, alrededor de la mesa baja y cenar tranquilamente mientras hablábamos.
La única que nos faltaba aquí era Inés, pero claro, si ella venía lo hacía junto a su extensión, como le gustaba decirle Gema a Oliver.
El pobre era un trocito de pan y le había caído encima la de Dios con mi amiga, aunque todos sabíamos que lo hacía para pincharle. En el fondo lo quería mucho y es que no era para menos, porque mi cuñado se hacía querer.
—Oye, que yo he venido de vacaciones.
Negué con la cabeza.
—Calla y escucha. Puedes hacer por la mañana un pequeño itinerario y dedicarte a buscar los lugares que te gustaría visitar. No sé, como los monumentos y esas cosas.
Apoyó la barbilla en la palma de su mano como si me estuviera prestando mucha atención.
De pronto se le formó una sonrisa maliciosa.
—Eso es lo que quiero, ver monumentos que me dejen sin aliento.
Ya sabía a qué clase de monumentos se refería.
A unos con dos piernas y algo colgando entre ellas.
—De esos te irás encontrando por cualquier lugar, algunos te gustarán más y otros un poco menos.
Me levanté para ver si la lasaña estaba gratinada ya.
—Pues no hace falta que haga ningún itinerario, a no ser que sea el recorrido que quiero hacer sobre su cuerpo.
La miré por encima de la barra que separaba la cocina del salón.
—Gema, ¿cuánto tiempo llevas sin estar con un hombre?
Me aguanté la risa cuando la vi contando con los dedos.
Iba murmurando para ella misma.
—Si no me fallan los cálculos, llevo tres meses y siete días.
Madre mía, hasta los días contaba.
—Básicamente desde aquella noche que me dejaste sola en la sala de fiesta.
—Efectivamente.
Acompañó la palabra con un movimiento afirmativo con la cabeza.