Nos queda mucho por vivir Capítulo 17
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Capítulo 17

Celia

—Por allí viene.

Le dije a Leandro cuando vi aparecer a Gema.

No me podía encontrar más feliz en este momento.

Entre lo que pasó la noche anterior con él, que todo hay que decirlo, fue maravilloso, y que por fin iba a tener una cara conocida aquí conmigo, no podía estar mejor. Y ¿quién mejor que Gema?

Bueno, también podía haber sido Inés, me hubiera alegrado de la misma manera, o mis padres, que también los echaba de menos pese a sus normas.

Pues eso, que mejor no me podía encontrar.

—¿Es esa que me mira con la boca abierta?

Me preguntó conteniendo la risa.

—Sí, estoy segura de que no hay otra persona que te mire de esa manera tan descarada.

Literalmente, Gema se había quedado en mitad del pasillo estática y estaba mirándonos con la boca abierta y sin molestarse en disimular ni un poco.

Tengo que decir que cuando he dicho que se nos había quedado mirando, he mentido, se había quedado mirando directamente a Leandro.

Qué poco me faltó para ir en busca de ella y zarandearla para que reaccionara de una puñetera vez.

—Muy expresiva tu amiga.

Rio.

—¿Sí? No me había dado cuenta.

Le contesté de manera irónica.

—Anda, ven.

Me rodeó la cintura con un brazo.

Me dio la sensación de que lo hizo para que no sintiera celos.

—Creo que le vamos a tener que buscar a alguien que le atraiga.

Dije en voz alta, pero fue más como si hablara para mí misma.

—Pues tengo un primo que estoy seguro de que no le importaría hacerle compañía.

Dijo con una sonrisa ladina.

—Como se parezca a ti, ya te digo que ni con agua caliente se la quita de encima.

El tonto me miró con diversión.

Sabía por dónde había ido su imaginación.

—O puede ser al contrario.

Negué con la cabeza.

Viendo que Gema había perdido la neurona que tenía, me acerqué a ella.

—Baberos no traigo, pero siempre podemos ir a comprar algunos.

Me puse las manos en la cintura mirándola con el ceño fruncido.

—Joder, es que es difícil dejar de mirar a ese monumento.

Lo repasó de arriba abajo con la mirada.

—¿Sabes que ese monumento tiene oídos?

Se encogió de hombros como si no le importara.

—Mejor, así me ahorro tener que repetirlo.

Me golpeé la frente con la palma de la mano como si no pudiera con ella, y en ciertos momentos, era verdad que no podía con ella.

—Entonces, ¿has venido para verme a mí o a los italianos?

Al final se dio cuenta de que ni un beso o abrazo me había dado todavía.

—Ains, mi niña, perdona, pero si me pones un caramelito así por delante es normal que me despiste.

Nos abrazamos riendo.

Puede que estuviese un poco loca, pero era mi loca particular y la quería con todo mi corazón.

—Perdonada, tonta —le sonreí—. Anda ven, que te voy a presentar a Leandro.

—Ay, no me puedo creer que me vas a dejar que le dé dos besos a tu adonis.

Escuché la carcajada de Leandro.

—Eso depende de dónde le des los dos besos.

—Mujer, si me das a elegir está claro dónde se los iba a dar.

Menos mal que conocía muy bien sus bromas. Si se lo dijera a otra persona estaba segura de que pensaría que iba en serio.

—Leandro ella es…

No me dejó terminar de presentarla, la loca saltó antes de tiempo.

—Yo soy la divertida y guapa de las dos.

No esperó a que el pobre dijera una palabra.

Casi se lanzó sobre él para darle dos besos, eso sí, que no cunda el pánico, que se los dio en las mejillas.

—Mucho gusto.

—Uy, pues si es mucho gusto, nos podemos ir los dos y dejar a esta aquí.

Negué sin poder dejar de reír.

—Mejor nos la llevamos, ya le he cogido un poco de cariño.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Vaya, ¿solo me has cogido un poco de cariño?

Le pregunté con las cejas levantadas, que conste que levanté las dos, porque yo no era como Leandro y no sabía levantar una sola.

Siempre me había parecido muy difícil hacer gestos con un solo lado de la cara, incluso guiñar un ojo.

Para hacer un guiño tuve que practicar frente al espejo, qué le vamos a hacer, no todo el mundo tenía la misma facilidad para hacer las mismas cosas.

—Ya has escuchado a mi adonis.

La muy descarada se enganchó a su brazo como si fuera su pareja o lo conociera de toda la vida.

Me miró sin molestarse en esconder lo bien que se lo estaba pasando.

—Gema, tengo que decirte que el cariño que siento por tu amiga no lo cambio por nada, pero si quieres, te puedo presentar a Romeo.

Supuse que ese tal Romeo que nombró era el primo del que me habló unos momentos antes.

—Romeo, ¿cómo el de Julieta?

Preguntó toda emocionada.

—Esperemos que no os pase lo mismo. Mi abuela sentiría mucho perder a su nieto.

Me estaba gustando esta faceta divertida que estaba conociendo de Leandro.

—Uy, eso no, yo no me quito la vida ni por la loca de mi amiga, mucho menos por un tío, por muy bueno que esté.

Me tuve que agarrar la barriga de lo que me reí.

Las personas que pasaban a nuestro alrededor me miraban y sonreían al verme reír de esta manera.

—¿Entonces no quieres a un Romeo en tu vida?

Le volvió a preguntar Leandro, de camino hacia el coche.

—Claro que sí, pero para que haga lo del balcón, entre otras cosas.

Ese «entre otras cosas» lo dijo subiendo y bajando las cejas repetidamente.

—Gemaaa...

Alargué tanto la «a» como pude.

Pero vamos, que a esta le importaba bien poco.

—¿Qué? No estoy diciendo nada malo.

—Eso, déjala, no ha dicho nada malo. Además así la conozco un poco mejor y me sirve para decirle a mi primo cómo es.

Rio.

—Bueno, si es por un estudio científico la dejo que siga diciendo burradas.

—Qué mala eres conmigo —se hizo la ofendida—, encima que le doy vidilla a tu vida aburrida.

—Esta vez voy a salir en su defensa: Celia no tiene nada de aburrida.

—Claro, porque tú te la tiras…

Le tapé la boca con la palma de la mano.

—Gema, te estás pasando, capulla. Que Leandro no te conoce de nada. ¿Te vas a comportar?

Hasta que no asintió con la cabeza, no le quité la mano de la boca.

—Lo siento, Leandro.

Si pretendía que alguno de los dos nos creyéramos sus disculpas, iba arreglada.

—Nada, puedes decir lo que quieras. No voy a salir corriendo; estoy más o menos acostumbrado. Mi primo es casi igual que tú.

—Uy, pues entonces mejor no me lo presentes.

Dijo negando con la cabeza.

—¿Por qué? —le pregunté—. Si ha dicho que es muy parecido a ti, estoy segura de que te lo podrías pasar muy bien con él.

—Pareces medio tonta, ha dicho que se parece y yo quiero a un tío que tenga más talla de sujetador que yo.

La hija de puta, qué arte tenía.

—Le diré a mi primo que se deje el sujetador en casa.

Me dolía la barriga de tanto reír, pero es que creo que se habían juntado el hambre con las ganas de comer.

Vamos, que Leandro estaba sembrado.

Y eso que parecía un hombre serio y centrado cuando lo conocí.

Pero me encantaba esta faceta suya.

—El sujetador se lo puede dejar si quiere, pero que no se deje nada más.

Uff, menos mal que fue un poco más fina y se contuvo a la hora de decirlo.

Esa noche no se quedó Leandro, creo que lo hizo así para que pudiéramos disfrutar entre amigas y hablar todo lo que quisiéramos.

Y yo aproveché para contarle a Gema todo lo que había pasado entre los dos.