Nos queda mucho por vivir Capítulo 16
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Capítulo 16

Leandro

Siempre me había gustado hacer disfrutar en el sexo a todas las mujeres con las que había estado.

Nunca había sido un hombre que solo buscara su propio placer sin importar si ella llegaba a su fin o no.

Hasta que no las hacía disfrutar lo suficiente, no me daba por satisfecho. Para mí era muy placentero ver que se deshacían entre mis manos, pero nunca lo había disfrutado como lo estaba haciendo con Celia.

Por muchas ganas que tuviera de enterrarme en su interior, más ganas tenía de volverla loca y hacerle sentir un placer que otro hombre nunca había sabido darle.

No es que me creyera superior a otros hombres, simplemente era consciente de lo que podía hacer y hasta dónde podía llegar y eso era todo lo que necesitaba para sentirme seguro de mí mismo.

En cuanto me puse el preservativo, cogí una de sus piernas haciendo que rodeara mi cintura con ella.

—No bajes la pierna.

Le murmuré, colocando la punta de mi glande en su entrada.

—Dios, hazlo ya.

Sabía que se estaba muriendo de ganas de que la penetrara de una vez, aunque le hubiera provocado un orgasmo —y bastante grande por lo que pude comprobar—; estaba deseando que me adentrara en su interior.

—Impaciente.

Le dije sonriendo, aunque yo también lo estaba y creo que mucho más que ella.

Me fui introduciendo en su sexo despacio, con calma, disfrutando del momento.

Dios, estaba tan caliente que cuando sentí que me había envuelto el pene por completo, tuve que quedarme quieto unos segundos intentando acostumbrarme a su calidez.

Cerré los ojos y con ellos cerrados, sentí cómo me cogía de las mejillas llevando mi rostro al suyo, hasta que nuestras bocas volvieron a chocar.

Creo que lo hizo de esa manera porque vio el estado en el que me puse.

Con ese beso logró que me tranquilizara y no me lanzara a moverme sobre ella como un loco, que lo siguiera haciendo con calma.

Me prometí desde que cruzamos la puerta de su piso que iba a disfrutar de cada uno de los segundos que pasara con ella, ya que no sabía cuándo podía ser la última vez que lo hiciera.

—Respira.

Musitó sobre mis labios.

Respiré, abrí los ojos y me encontré con esa mirada marrón, esa que tenía el brillo más bonito que había visto en mi jodida vida en unos ojos.

—Eres preciosa.

Necesité decírselo.

—Tú eres guapísimo y muy atractivo, pero eso ya lo sabes.

Reímos.

Lo sabía, pero también me gustaba que me lo dijeran y si lo hacía ella, me gustaba mucho más.

Empecé a mover mis caderas. Iba entrando y saliendo de su interior con lentitud, sabía que no podría aguantar este ritmo mucho tiempo, pero iba a disfrutar de cada roce que sentía a mi alrededor.

Fui subiendo de intensidad.

Salía despacio y entraba con más fuerza y rapidez.

Eran estocadas cortas, certeras y profundas.

Le cogí la misma pierna con la que me estaba rodeando la cintura y la puse sobre mi hombro. Sabía que con esa postura iba a llegar mucho más adentro, que ella me iba a sentir mucho más profundo.

—Ah…

jadeó con fuerza.

¿Cómo me iba a resistir a pasar más momentos como este?

Después de este momento estaba seguro de que ya no había vuelta atrás y que por mucho que yo intentara poner distancia, no lo iba a conseguir.

Y el problema no era ese, el caso es que no quería poner esa distancia, aunque supiera que era lo que tenía que hacer.

Celia se había convertido en mi adicción y, como adicto, la iba a necesitar continuamente a mi lado, estrecharla entre mis brazos y tirarme horas besándola mientras le recorría el cuerpo.

—Eso es, siente todo lo que te puedo hacer sentir, lo que puedo provocar en tu cuerpo, porque es lo mismo que tú provocas en el mío.

le hablé mirándola a los ojos, para que viera la verdad en cada una de mis palabras.

Puede que le estuviera mintiendo en otras cosas, pero en las que estábamos compartiendo en ese instante, no.

Ahí no había mentiras, ahí estaba siendo totalmente sincero.

—Como para no sentirlo.

Reí.

Me hizo gracia cómo lo dijo.

Volví a bajar su pierna de mi hombro y sin salir de su interior, hice que nuestros cuerpos girasen.

Quedé con la espalda apoyada sobre el colchón y Celia encima de mí.

—Muévete como quieras, busca tu propio placer.

La cogí por las nalgas, apreté con fuerza, no para hacerle daño, pero sí lo suficiente como para dejárselas marcadas para un rato.

Ella apoyó las palmas de sus manos sobre mi pecho para tener impulso y comenzar a subir y bajar sobre mi pene.

La visión que tenía ante mis ojos simplemente era espectacular.

Ella con la cabeza echada hacia atrás, los labios entreabiertos, los ojos cerrados y sus pechos rebotando con cada uno de sus movimientos.

No había mejor imagen que esa, por lo menos, no para mí.

Me incorporé cuando sentí que estaba a punto de tener su segundo orgasmo.

Quería beberme sus gemidos cuando lo alcanzara.

—Sigue, no pares, puedo sentir que estás a punto.

Dije sobre sus labios.

No se detuvo.

Su respiración se aceleró igual que la mía.

Nuestros cuerpos estaban pidiendo que los liberáramos, necesitaban que dejáramos salir todo el deseo contenido que teníamos en nuestro interior.

Sentí el momento exacto en el que llegó al clímax.

—No te detengas ahora, llévame contigo.

La ayudé con mis manos sobre su cintura. Podía sentir cómo el cansancio y el orgasmo la estaban dejando sin fuerzas y yo estaba a punto de liberarme.

Se movió un poco más sobre mí, hasta que llegué a mi propio orgasmo.

Me abrazó por el cuello y, al igual que hice yo con ella, pegó sus labios a los míos para quedarse con mis gemidos mientras mi cuerpo seguía liberándose.

Me dejé caer de espaldas llevándomela conmigo.

La abracé fuerte a mi pecho dejando que su cabeza descansara sobre mi corazón.

Ese que estaba latiendo a un ritmo mucho mayor que de costumbre.

Al cabo de unos minutos se quitó de encima de mí.

Me levanté y fui directo al baño para deshacerme del preservativo, coger una toalla y humedecerla un poco para limpiarle los restos que pudiera tener.

Cuando los dos estuvimos limpios, volví al baño para tirar la toalla al cesto de la ropa sucia y volver a la cama con ella.

Necesitaba tenerla abrazada a mí.

No tenía ni idea de qué era lo que me hacía desear eso, solo sabía que era lo que quería.

—Vaya, creo que por aquí hay alguien que parece tener un poco de hambre.

Reí cuando sus tripas sonaron.

—A mediodía he comido poco y sabes que soy de buen comer, bueno, no lo sabes porque solo me has visto comer una vez, pero lo soy.

Río con un poco de vergüenza.

—Pues andando, no puedo permitir que te mueras de hambre.

Me levanté de la cama cogiendo mi ropa interior de paso, me la puse y esperé a que ella se levantara de la cama.

Desnuda y sin sentir vergüenza se dirigió al vestidor.

Me gustó que no se cubriera ante mí.

Siempre me había parecido una tontería que las personas cubrieran sus cuerpos después de haber mantenido sexo.

Más íntimo que era el sexo, poco más había en la vida.

—¿Qué miras, si ya lo has visto y comido todo?

Se me escapó una carcajada.

Cómo me gustaba su lado más descarado.

—Por eso mismo te sigo mirando, porque me ha gustado el sabor de lo que me he comido y quiero repetir.

Se puso totalmente desnuda delante de mí con las manos a cada lado de su cintura.

—Si te hace ilusión mirar, hazlo, pero no lo vas a catar de nuevo hasta que hayamos cenado.

—Me encantas en todos los sentidos.

Le confesé, acercándome un paso a ella.

—Pues para gustarte tanto, bien que te lo has pensado.

Si supieras que he intentado mantenerme alejado todo lo posible para no hacerte daño y que no he podido seguir resistiéndome, a pesar de saber lo que te puedo provocar…

Pensé.

—Tú también te lo has pensado bastante.

Le dije para salir del paso.

—Tienes razón —avanzó un paso—, pero no te preocupes, que no pienso esperar a que te vuelvas a decidir.

—Así me gusta, que tomes la iniciativa cuando te apetezca algo.