Capítulo 15
Celia
Me encantaron esos besos que me fue dando por toda la pierna.
Me los dio con tanta lentitud y sensualidad que cuando llevaba medio muslo recorrido con sus labios me vi deseando que terminara ya y se adentrara directamente en mí.
Sabía que todavía no iba a tocar ahí. Era parte de su juego, llevarme al límite y que le rogara porque me hiciera el amor, lo que no sabía él era que yo también podía jugar al mismo juego que él.
Llegó con esos besos sensuales hasta la ingle sin tocarme el sexo. Cuando se cansó de dejar besos en esa zona, pasó a la otra pierna e hizo lo mismo que había hecho con la otra.
Mientras tanto, yo tenía la cabeza apoyada en la almohada con los ojos cerrados y con las manos sobre su cabeza, acariciándole ese pelo negro que tanto me gustaba.
Le solté el pelo con una mano, necesitaba que me tocara un poco más y viendo que todavía no tenía intención de hacerlo, lo hice yo.
Esa mano que había dejado de tocarle el pelo me la llevé a un pecho. Comencé a tocarlo apretando en algunos momentos y en otros me dedicaba a rodear el pezón con dos dedos.
Los suspiros cada vez se me iban escapando más fuerte y eso parecía que a Leandro le ponía mucho más.
—Me encanta ver cómo no te quedas quieta y eres capaz de buscar tu propio placer.
Su voz, oh, Dios, si antes me volvía loca con su acento italiano, en ese instante lo hizo el doble. La voz le sonó más ronca, más profunda.
Ese sonido hizo que mi vientre se contrajera de placer.
—Leandro, necesito que me toques más profundamente.
Le confesé, moviendo las caderas para tentarlo un poco más.
—Y no sabes las ganas que tengo de profundizar en ese cuerpo.
Madre mía, creo que ese hombre era capaz de provocarme un orgasmo solo escuchando el tono de voz con el que me estaba hablando en esos momentos.
—Hazlo, lo estoy deseando.
Negó sonriendo.
—Antes quiero recorrer cada milímetro de tu piel con mis manos y mi boca, empaparme de ti hasta sentirme saciado.
Pasó con sus labios por encima del pubis, volvió a dejar mi sexo olvidado. Bueno, no es que lo estuviese dejando de lado, es que quería seguir provocándome.
Besó el ombligo y subió por mi cuerpo hasta llegar al centro de mi pecho.
—Leandro…
Estaba llegando a un punto que me daba igual suplicar. Lo único que quería era que me tocara con mayor intensidad.
—Te escucho. ¿Qué es lo que quieres?
Qué difícil me lo estaba poniendo. Se notaba que estaba disfrutando mucho viendo mi desesperación.
—Quiero que me toques mucho más.
Me dio igual rogarle, necesitaba sentir sus dedos tocándome el sexo.
Me cogió cada pecho con una mano y los amasó con tacto. Este hombre sabía muy bien cómo tocar a una mujer para encender hasta la última célula de su cuerpo.
Sentí como si un rayo atravesara mi cuerpo cuando con su boca atrapó uno de mis pezones.
Pasó la lengua haciendo círculos sobre él, le dio mordiscos suaves, tiró de él con los dientes.
Hizo lo mismo con el otro pecho y pezón. Solo se detuvo cuando creyó que era suficiente.
Yo me encontraba tan caliente que como siguiera así iba a ser el mayor ridículo de mi vida al llegar al orgasmo sin haberme tocado el sexo.
Y estaba segura de que eso podía pasar, de que había muchas formas de hacer llegar a una mujer a un orgasmo, entre ellas estaba la estimulación sin llegar a tocar sus zonas erógenas, que era lo que estaba haciendo Leandro conmigo.
Eso pasaba cuando tu pareja sabía cómo estimularte, cómo tentarte y hacer que desearas mucho más.
Sentía cómo el sexo me latía reclamando la atención que no se le había dado todavía.
—Es lo que estoy haciendo, estoy seguro de que nunca te han tocado como lo estoy haciendo yo.
Desde luego, el ego lo tenía un poco alto y no era para menos, porque tenía razón, como me estaba tocando él, nunca me habían tocado.
No voy a negar que había tenido buen sexo. Era cierto que muchas veces había disfrutado mucho más que en otras ocasiones, pero nunca como en esta ocasión.
Subió con su boca hasta mi cuello. Lo abracé por la espalda clavando mis uñas en ella, sacándole un gemido bajo y ronco.
Subió por el cuello. No lo hizo con besos, lo recorrió con la punta de la lengua, dejando un rastro de humedad a su paso.
Llegó al lóbulo de la oreja, dejó un beso suave en él y retomó el camino por la línea de la mandíbula hasta llegar a la comisura de mis labios.
Mientras su boca poseyó la mía —porque eso era lo que estaba haciendo Leandro con mi cuerpo y mi alma, poseyéndolas lentamente— fue rozando muy sutilmente el glande con mi sexo, pero como he dicho, lo estaba haciendo de una manera tan sutil que apenas nos rozábamos.
Era un modo de encenderme aún más de lo que ya estaba.
Arrastré mis uñas por toda su espalda hasta llegar a su trasero. Abrí las piernas tanto como me fue posible.
Necesitaba sentirlo un poco más.
—No sabes el esfuerzo que estoy haciendo, conteniéndome para no penetrarte en estos momentos.
Se notaba que él estaba tan al límite como yo.
—No te contengas más.
Le rogué.
—Un poco más, antes tengo que probarte.
Si él no hacía nada para que nuestros sexos se rozaran con un poco más de intensidad, lo iba a hacer yo.
Crucé los tobillos detrás de su espalda haciendo fuerza para atraerlo hacia mí.
Gruñó en protesta, no porque no le hubiera gustado, más bien fue todo lo contrario, le gustó y mucho.
Lo que parecía que le pasaba era que le gustaba tener el control de la situación, y al hacer ese movimiento lo perdió durante unos segundos.
—Qué mala eres.
Susurró sobre mi cuello.
—No soy nada en comparación contigo.
Moví las caderas debajo de él.
Cerré los ojos por el placer que me atravesó cuando pude rozar mi sexo con el suyo, con un poco más de fuerza.
Al abrir los ojos me di cuenta de que Leandro también los había cerrado disfrutando de ese roce.
Apoyó sus manos a ambos lados de mi cabeza para hacer un poco de fuerza y separarse de mí.
Tuve que descruzar los tobillos en el momento que se sintió libre de mi encierro.
Me cogió ambas rodillas separándolas tanto como le fue posible y con una sonrisa ladeada me miró antes de dirigir su mirada a mi sexo.
—No sabes el hambre que tengo.
Puedes comer todo lo que quieras.
Pensé para mí.
De la misma manera en la que había subido por mi cuerpo, bajó.
Esta vez no hubo rodeos, adentró sus labios sin miramientos en el centro de mi sexo.
Pasó la lengua por los pliegues que estaban bastante húmedos, los abrió con dos de sus dedos llevando sus labios a ese pequeño nudo que tenía miles de terminaciones nerviosas.
Arqueé la espalda sobre la cama cuando lo atrapó entre sus labios y chupó con ganas.
Dios, me va a absorber hasta el alma , pensé.
Con los dedos de su otra mano me penetró. No fue brusco, simplemente sabía dónde y cómo tocar para hacer que una mujer saltara sobre la cama.
Porque eso es lo que hizo conmigo.
Había tocado una zona de mi sexo que nadie había conseguido tocar de esa manera. No porque no lo hubieran intentado, sino porque nunca lo habían logrado.
No todo hombre sabía cómo llegar a ese punto que hacía que su pareja pusiera los ojos en blanco y Leandro, desde luego, sabía cómo, dónde y cuándo tocar.
—Hostia.
No era de decir ese tipo de palabras, pero fue la primera que se me escapó.
El muy hijo de su madre sonrió sin soltar el clítoris.
—No hace falta que me digas que te ha gustado, lo he notado en mis dedos al sentir cómo me los has apretado.
—Engreído.
Fue lo único que le contesté.
—Más bien, realista.
—Llámalo como quieras, pero tienes el ego muy alto.
—No sabes cuánto, pero lo tengo porque sé quién soy y qué puedo hacer. Tú misma estás comprobando de lo que soy capaz.
No me dio tiempo a replicarle. Hizo otro movimiento de sus dedos que me llevó directa al orgasmo.
Fue inesperado y arrollador. Se llevó con él todo a su paso y desestabilizó mi cuerpo y mi mente por completo. En ese instante me encontraba de tal manera que no sabía qué era realidad o ficción.
Lo único que estaba claro es que me había llevado a un mundo lleno de color en el que nunca había estado.
Se incorporó sin dejar de mirarme mientras pasaba la punta de su lengua por su labio superior.
Estaba segura de que jamás en mi vida vi una imagen tan sexi como la que tenía en esos momentos ante mis ojos.
Cogió el preservativo con tranquilidad, sin apartar sus iris de los míos. Abrió ese pequeño paquetito con los dientes, sacó el contenido y lo desenrolló a lo largo de su sexo.