Capítulo 14
Leandro
Cuando dije «a la mierda con todo», fue la verdad más grande que he dicho en toda mi vida.
No podía seguir resistiéndome.
No me quedaba fuerza de voluntad para hacerlo. Ni me quedaba ni la quería. Sabía que en un futuro Celia me iba a odiar con todas sus fuerzas, pero, como le dije, ya asumiría las consecuencias.
Pero hasta que todo eso pasara e hiciera que Celia me odiara, porque me iba a odiar con todas sus fuerzas cuando descubriera la verdad, iba a disfrutar junto a ella todo lo que me dejara.
—Vamos.
Cogí su mano tirando de ella hacia su piso.
—¿Te has pensado mejor lo de llevarme a cenar?
Se rio con ganas.
Era una provocadora.
—Vamos a cenar, pero en el piso y mucho más tarde.
Seguí tirando de su mano hasta llegar ante el portal.
—¿No me digas que me he arreglado para nada?
—Para nada no, lo has hecho para mí.
Me importó muy poco sonar posesivo, lo dije porque después de lo que me había dicho, estaba seguro de que lo hizo para impresionarme.
Podía sentirse orgullosa, porque lo había hecho, aunque si se hubiera puesto cualquier otra cosa, también lo habría hecho.
—Estás muy seguro de eso.
No sabía cuánto.
Y no lo decía por mi físico, era por la forma en la que su cuerpo y ella misma me correspondieron con el beso.
—Eso me lo va a decir tu cuerpo en cuanto lo bese como deseo hacerlo.
Se humedeció los labios en un acto reflejo; era la anticipación de lo que sabía que iba a venir.
—Dame las llaves.
A lo mejor soné muy brusco, pero en esos momentos no hablaba mi raciocinio. Habló la poca cordura que me quedaba, las ganas, la desesperación y la frustración que sentía mi cuerpo desde que la había conocido.
Ella debía de sentirse como yo, porque sacó las llaves de su bolso con rapidez.
Entramos, cogimos el ascensor, pero no me lancé sobre ella dentro de esa caja de metal, iba a esperar a que llegáramos al piso, quería que su deseo y desesperación por ser tocada y besada por mí subiera de nivel.
Quería llevarla al extremo.
En cuanto cerré la puerta detrás de nosotros me lancé sobre ella.
La cogí por las mejillas, acerqué mi boca a la suya y saqué la punta de la lengua para tentarla y que abriera la boca. En cuanto me dio paso, mi lengua chocó con la suya y nos fundimos en un beso húmedo, lleno de lujuria.
—Me moría de ganas de besarte, de recorrer todo tu cuerpo con mis manos y boca.
Le di la vuelta haciendo que quedara de espaldas a mí.
Llevé mis manos al inicio de la cremallera del vestido y en cada porción de su piel que iba dejando al descubierto, le iba dando pequeños besos.
Al llegar a la altura en la que se suponía que debía estar el sujetador y no verlo, le di un pequeño mordisco haciendo que se le escapara un jadeo.
Sonreí sobre la piel que había mordido, después saqué la lengua y la pasé por el mismo lugar.
—Eres una provocadora.
—Puedo serlo un poco más.
Dios, esta mujer me ponía en todos los sentidos, hasta su voz.
—Adelante, puedes provocarme tanto como quieras, pero debes de saber que te voy a corresponder.
Le terminé de bajar la cremallera.
Cogí los tirantes del vestido y los empecé a deslizar por sus brazos, cuando llegaron a la altura de los codos los sacó.
El vestido se quedó enrollado en su cintura.
Las ganas de verla de frente con sus pechos al descubierto me podían.
Cogiéndola por los hombros la hice dar media vuelta hasta que quedó frente a mí.
—Mierda.
Murmuré por lo bajo.
Ver esos pechos turgentes, llenos, redondos y con esos pezones rosados, me mató en el acto.
—Yo estoy casi desnuda y tú todavía vas demasiado vestido.
Antes de acercarse a mí, enganchó los pulgares en el vestido a cada lado de sus caderas, tiró un poco hacia abajo, lo justo hasta que el vestido pasó sus caderas y terminó cayendo al suelo por su propio peso.
La tela se arremolinó a sus pies.
Apoyando las palmas de sus manos sobre mi pecho sacó los pies de ese trozo de tela.
Me separé un poco de ella cuando quitó las manos de mi pecho, lo hice porque tenía que grabar en mi mente su cuerpo llevando solo ese tanga de encaje rojo y los tacones.
Joder, con esa imagen en mi mente iba a tener la mayor fantasía del mundo para toda la vida.
—Eres mi perdición y yo voy a ser la tuya, de eso me voy a encargar.
Puede que, si de verdad existiera un infierno, estaba seguro de que iba a terminar allí a partir de esta noche, pero en este momento me daba igual, lo único en lo que podía pensar era en chupar, lamer y morder sus pechos mientras empujaba con mis caderas mi pene y perderme en su interior.
Dejé que volviera a acercar sus manos a mi pecho y que me fuera desabrochando la camisa, botón a botón.
Cuando quedó abierta metió sus manos deslizándolas hasta mis hombros y bajándolas por los brazos, haciendo que la camisa terminara casi en el mismo lugar que su vestido.
Todavía no había tocado su cuerpo y las ganas me estaban pudiendo.
Al ver mi intención y darse cuenta de que, o se daba prisa o no le iba a dar tiempo a quitarme los pantalones, llegó con demasiada rapidez a mi cinturón, después al botón del pantalón para posteriormente bajarme la cremallera.
—Dejemos eso para después.
Mi paciencia había llegado al límite.
La cogí en brazos haciendo que me rodeara la cintura con las piernas y me dirigí a su habitación.
No la solté hasta que la dejé en el centro de la cama.
Me incorporé para quitarme la ropa que me quedaba.
Quedé totalmente desnudo ante ella.
—Mira cómo me tienes.
Le dije, rodeando mi pene con mi mano subiendo y bajando por toda mi longitud.
La muy descarada metió su mano por dentro de su tanga, se la pasó por los pliegues de su sexo, la sacó impregnada de su humedad y sonriendo de manera descarada me mostró parte de su esencia entre sus dedos.
—Mmm, me encanta lo que veo, ¿y a ti?
Joder, nunca me había puesto nadie tan caliente haciendo tan poco.
El pene me dio una sacudida, una gota de líquido preseminal se me acumuló en la punta del glande.
Me provocó del mismo modo en el que yo lo había hecho.
—Si no quieres que ese tanga termine roto, te sugiero que te lo quites cuanto antes.
Le tendría mucho aprecio a ese trozo de tela, ya que se lo quitó, eso sí, lo hizo provocándome en todo momento.
Lo fue deslizando por las piernas con lentitud. Cuando llegó a la altura de las rodillas, las levantó para tener mayor facilidad y sacárselo por los tobillos.
Celia era puro fuego, la definición perfecta del erotismo.
Saqué un preservativo del pantalón para tenerlo cerca y no perder tiempo después, porque antes pensaba disfrutar de su cuerpo hasta que ninguno de los dos pudiese aguantar más.
Me arrodillé en la cama mirándola fijamente.
Cogí una de sus piernas y la llevé a mi hombro. Empecé a besarla desde el empeine, pasando por el lateral del gemelo, hasta llegar a su rodilla. Con los labios posados en su piel, levanté la mirada para encontrarme con la suya.
Tenía los ojos medio cerrados y una sonrisa contenida sobre sus labios.
Era preciosa, no tenía palabras para describir lo que sentí en ese momento cuando la miré.
—Me haces cosquillas con la barba.
Sonreí sin dejar de besarla.
Me incliné para llegar bien al interior de su muslo. Tuve que respirar profundamente, de lo contrario no iba a ser capaz de aguantar y antes de enterrarme en ella quería disfrutar de su cuerpo de mil maneras distintas.