Capítulo 12
Leandro
Había intentado mantenerme alejado todo lo que pude; no fui capaz.
No me pude resistir a invitarla a un café hace pocos días.
El problema vino después. En cuanto la vi, me arrepentí de haber quedado con ella.
Y no fue porque la atracción que había sentido hacia ella cuando la conocí se hubiera esfumado, más bien pasó todo lo contrario. La sentí mucho más fuerte, tanto que, a los escasos diez minutos de estar sentada en la cafetería, le tuve que poner una excusa e irme.
Si no lo hubiera hecho, estaba seguro de que habríamos acabado en su piso o en el mío, y eso no podía pasar o todo se complicaría mucho más.
Si tan solo la hubiera conocido en otras circunstancias, estaba seguro de que podríamos llegar a tener algo bonito, porque Celia me gustaba en todos los sentidos.
Y ese era mi problema, porque tener algo con ella sería tenerlo basado en una mentira, una que cuando saliera a la luz, puede que no me perdonara nunca.
Aun sabiendo todo eso, el deseo de estar con ella, de conocerla por completo, me estaba ganando la batalla.
No podía contener las ganas de verla, pasar con ella una cena agradable, aunque solo fuera como dos amigos.
¿Por qué todo se me había tenido que complicar tanto?
—¿Has quedado al final con ella?
Me preguntó Romeo cuando me vio bajar las escaleras de casa bien vestido.
—Sí, la he invitado a cenar.
—Leandro, ¿estás seguro de esto? Podemos seguir sin que te tengas que implicar tanto.
Se suponía que tenía que estar mucho más involucrado, se suponía que debería de haber estado mucho más implicado, tanto que ya deberíamos ser más cercanos.
Me la tenía que haber ganado, haberla visto todos los días, pero no pude, tuve que intentar poner distancia entre los dos. Una que había decidido mandarla a la mierda.
No pensaba darle más vueltas, iba a dejar que pasara lo que tuviera que pasar, después ya vería las consecuencias que me tocaría asumir.
—Sabes que es lo que tengo que hacer.
Mentira, era lo que quería hacer.
—Como tú veas, pero si crees que vas a meter la pata, me puedo hacer cargo yo.
Y una mierda.
Me mordí la lengua para no decirlo en voz alta.
Salí de casa y me monté en el coche, dispuesto a no pensar en nada que no fuera la cena de esta noche.
La iba a llevar a las afueras de la ciudad.
Había un restaurante que era muy bonito y servían una comida muy buena, estaba seguro de que le iba a gustar mucho.
Su decoración era muy del estilo de la Toscana, pero no la de ahora, era más de la esencia de estas tierras, pero cuando todo era más romántico sin tener que pasar por lo artificial para parecerlo.
Era como una villa; estaba seguro de que en su día lo fue, por eso seguía manteniendo esa esencia.
Las paredes eran de piedra rojiza, los techos de madera y su decoración era sencilla.
Manteles blancos, velas en el centro de las mesas y guirnaldas de luces que caían del techo.
Tenía un jardín en el interior y estar allí era como si estuviese sentado en un trocito de bosque, con la diferencia de que había muchos farolillos colgados de entre las ramas de los árboles.
Conocí ese lugar cuando mi padre nos trajo a toda la familia para celebrar un cumpleaños de la abuela.
Desde entonces habíamos venido algunas veces, porque a mi madre le gustaba mucho y siempre que había alguna celebración más especial, ella nos pedía venir.
Nunca había estado allí con una mujer que no fueran las de mi familia y si no me equivocaba, estaba casi seguro de que a Celia le iba a gustar mucho.
Llegué unos quince minutos antes de la hora a la que había quedado.
Como mi primo y yo teníamos que venir muy a menudo al centro de la ciudad, pagaba dos plazas de garaje en un parquin privado.
Nos ayudaba mucho a no tener que estar buscando aparcamiento como un loco, porque eso en esa zona era totalmente imposible.
Y como había llegado antes de tiempo, decidí dejar el coche en el parquin e ir a buscarla al piso.
Toqué en el portero y esperé a que contestara. No tardó mucho en hacerlo. En cuanto le dije que era yo, me abrió para que subiera. Por lo que me dijo, estaba terminando de arreglarse.
Me entraron ganas de decirle que a ella no le hacía falta arreglarse; ella estaba perfecta con cualquier cosa que se pusiera.
Al llegar a su puerta estaba entreabierta. Supuse que lo hizo cuando contestó por el portero.
—¿Celia?
La llamé tras cerrar la puerta a mi espalda.
—Salgo en un segundo.
—No tengas prisa, vamos bien de tiempo.
Me senté en el sofá mientras ella salía.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón porque me había sonado.
Al mirarlo vi que era mi primo.
El muy tonto me mandó una foto de Lulú.
Sí, efectivamente, Lulú era el nombre que mi abuela le había puesto a la gata, porque resultó ser hembra.
Pues eso, que me mandó una foto de ella acostada sobre mi almohada.
Sonreí al verla.
No sé cómo se las arreglaba esa gata, pero en el momento en el que pillaba la mínima oportunidad, se metía en mi habitación, saltaba sobre mi cama y se recostaba sobre mi almohada.
Y eso no era nada, cuando me veía en casa me seguía a todos los lugares por donde me movía.
Hasta cuando me sentaba en mi despacho.
Se ponía a mis pies maullando para que la cogiera en brazos y la dejara sobre mis piernas y si en ese momento no le hacía caso, trepaba por mis pantalones hasta subirse ella misma.
—Ya estoy aquí.
Levanté la mirada del móvil cuando la vi delante de mí con ese vestido, ese cuerpo, y esa sonrisa, juro por Dios que me quedé como un tonto sin saber qué decir.
Llevaba un vestido rojo, totalmente ceñido al cuerpo. Le quedaba por encima de las rodillas.
El escote era en forma de corazón y con tirantes anchos. Ese tipo de escote le realzaba bastante el pecho dejando ver un poco del canalillo. Ese que me entraron ganas de besar y lamer.
Para estar todavía más atractiva, se había puesto unas sandalias de tacón fino, eran altas, lo que hacía que sus piernas se vieran más estilizadas y esbeltas.
Joder, lo que podía hacer con esas piernas alrededor de mi cintura .
No podía pensar en nada que no fuera disfrutar de su cuerpo, hacerla sentir especial, aunque solo fuese por una maldita noche.
—Me acabas de dejar sin palabras.
Me levanté despacio sin dejar de mirarla.
Era imposible poder apartar la mirada de ella.
Tal vez podía sonar a lo típico que se decía siempre cuando se conocía a una mujer que te gustaba, pero desde luego que nunca en mi vida había tenido una mujer como ella delante.
—Gracias.
Contestó con una bonita sonrisa en sus labios, labios que se había pintado del mismo color que el vestido, haciéndolos parecer mucho más gruesos y apetitosos.
Lo que daría por poder morder esos labios, atraparlos entre mis dientes, tirar de ellos y no soltarlos hasta que se le escapara un gemido.
Intenté dejar de pensar en todo lo relacionado con el sexo y con lo que podía hacer junto a ella, tuve que hacerlo por su bien, pero, sobre todo, por el mío.
—¿Nos vamos?
Asintió con la cabeza mientras se dirigía hacia la puerta de entrada.
Me pasé la mano por la cara en un intento de aguantar un suspiro. Me fue imposible. En cuanto le vi el trasero que le hacía ese vestido, creí que me iba a volver loco.
No sabía qué era peor: si mirarla por delante o por detrás.
No tenía ni idea de a quién pedirle fuerzas, pero que, por favor, alguien o algo me diera las suficientes para aguantar la noche.
—Dame las llaves para cerrar.
Le pedí, por lo menos así podía dejar de verla, aunque solo fuera unos segundos.
—Mañana por la noche llega mi mejor amiga.
Le devolví las llaves.
—Creí que tu padre no quería que viniera hasta que pasara un poco de tiempo.
—Por lo visto ha cambiado de opinión.
Por la sonrisa con la que lo dijo, se podía ver lo feliz que le había hecho esa noticia.
Y yo sabía el motivo, qué pena que no lo podía decir.