Capítulo 11
Celia
—¿Me lo dices de verdad?
Miré a mi amiga a través de la pantalla.
—Te lo prometo, ayer fui a hablar con tu padre y me dijo que sí.
—Como me estés gastando una broma me voy a cabrear.
No me podía creer que mi padre le hubiera dicho que se podía venir conmigo una temporada.
—Te lo he prometido, ni yo misma me lo termino de creer.
A ver, no es que mi padre le tuviera que dar permiso para que mi amiga hiciera lo que le diera la gana, pero sí se lo tenía que dar para que se quedara en el piso conmigo.
—No sabes lo feliz que me acabas de hacer.
Sonrió.
Y no era para menos.
Eso sí, tendríamos que comportarnos y no liar una de las nuestras si no queríamos que don Diego se presentara aquí de imprevisto para echarnos una buena bronca.
—Llego mañana por la noche, ¿vas a buscarme en un taxi al aeropuerto?
—¿Vienes mañana? Yo pensaba que ibas a tardar unos días más.
La cosa cada vez pintaba mucho mejor.
—Sí, mujer y esperar unos días para que después se arrepienta, mejor hacerlo cuanto antes.
También tenía razón.
—¿Y tus padres no te han dicho nada?
No lo creía, pero se lo pregunté de igual modo.
—Para nada, ellos sabiendo que voy a estar contigo, se quedan súper tranquilos, además, sabes que los míos no son tan protectores como los tuyos.
En eso tenía también razón.
Bueno, fuera como fuese, lo que me importaba era que la iba a tener aquí conmigo.
Ya veríamos qué hacía por las mañanas mientras yo estaba en las clases.
Aunque sabiendo todo lo que le gustaba la cama, se iba a quedar en la gloria ella sola aquí en el piso.
Bueno, sola tampoco porque Greta venía todos los días.
—Te va a encantar estar aquí.
—Lo que me va a encantar es cuando vea a un italiano que esté para mojar pan.
Reímos.
Con Gema, siempre iba a ser así, ella nunca iba a cambiar, pero ahí estaba su esencia, en su forma de ser, si cambiara no sería mi Gema, y yo la quería a ella y no a otra.
—Gracias por la parte que me toca.
Le dije con ironía, pero en broma.
—Lo siento mucho, pero tú no me puedes dar lo mismo que el italiano.
—Te doy otras cosas.
Rio.
—Dolores de cabeza.
Hija de su madre…
—Pues prepárate, porque pienso darte muchos más y ponte con la maleta que no te va a dar tiempo.
Puso el teléfono sobre la mesita de noche mientras se ponía con la maleta.
Iba metiendo ropa en ella, pero antes de guardar cada prenda me preguntaba si me parecía bien, y qué tiempo hacía aquí, para echar unas prendas u otras.
Leandro: Hola, ¿te apetece cenar esta noche?
Me entró un WhatsApp de Leandro. Que me escribiera no me extrañó; lo que sí me sorprendió fue que quisiera quedar para cenar.
No lo habíamos vuelto a hacer, nada más que para un café y de eso hacía varios días.
Y ese tiempo ni lo cuento, porque fue tan poco que ni se merecía llamarlo así.
En fin, que seguíamos manteniendo el contacto por mensajes, pero vamos, vernos lo que se dice vernos, solo lo había hecho el día que nos conocimos y los diez minutos de ese café.
—Gema, me ha escrito Leandro.
Le dije algo más fuerte para que me escuchara.
Con unas bragas en las manos se puso delante del teléfono.
—¿Y qué le has contestado?
—Nada, ni he abierto el mensaje.
No sabía si hacerlo o no.
Si me había gustado cuando lo vi la primera vez, más me había gustado la segunda.
—¿Eres tonta?
Negué con la cabeza.
—Hasta donde yo sé, soy mucho más inteligente que tú.
Por mi respuesta me dedicó el dedo corazón acompañado de una sonrisa arrogante.
—Pues utiliza esa inteligencia para elegir bien el tanga que te vas a poner.
Reí con fuerza.
—Gema, que todo no tiene que ser sexual.
Aunque con Leandro no me importaría que fuera así.
Y como ya había dicho en una ocasión, nunca me había acostado con un hombre con el que no sintiera una conexión, a veces más grande que otras, pero siempre tenía que sentir algo.
Y por este hombre sentía mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Lo que tú digas, yo solo te digo que no hay nada como un buen orgasmo para calmar los nervios y dejarte totalmente relajada.
Eso si el hombre con el que te acostabas, sabía hacerlo, porque estaba segura de que había más de uno que era mejor apartarlo a un lado y mostrarle cómo se le daba placer a una mujer.
—Si te soy sincera, me da miedo empezar a sentir por ese hombre más de la cuenta —le confesé—. Es ahora y ya hace que mi corazón se me acelere cuando me escribe algún mensaje.
—Celia, tú mejor que nadie sabes lo que tienes que hacer, yo no te lo puedo decir, pero si no le das la oportunidad de conoceros un poco más, no sabrás a lo que podéis llegar.
Me encantaba cuando Gema hablaba en serio, dejando las bromas a un lado.
—¿Y si ese poco me rompe el corazón?
—Si es el caso, le hacemos un corte de mangas y ya después veremos cómo reconstruimos ese corazón, pero no puedes dejar de vivir cosas por miedo a salir lastimada.
Supongo que tenía razón, después de todo, tampoco sabía a lo que me enfrentaba.
—Tienes razón —admití—. Me voy a poner un tanga en verde.
Nos carcajeamos.
—¿Depende de si es verde botella o verde moco?
Reí fuerte.
—Creo que me decantaré por el verde esperanza.
Era más que evidente que estábamos bromeando, que no tenía ni puñetera idea de la ropa interior que me iba a poner, pero desde luego que verde no sería.
—Contéstale y dile que sí.
—Como salga mal, vas a ser tú la que me limpie los mocos cuando se me caigan por culpa de llorar.
—No te preocupes que te los limpio encantada.
Celia: Hola, acepto. ¿Dónde nos vemos?
Le dije eso para que no se sintiera en el compromiso de tener que recogerme, sobre todo, porque en esta zona los aparcamientos eran muy escasos.
—Ya le he contestado.
Le dije, porque si no lo hacía no iba a parar de insistir.
—¿Y te ha contestado?
Esta mujer no tenía paciencia.
—A ver si te crees que vive con el móvil en la mano.
Que podía ser, tampoco es que lo conociera mucho para saberlo.
—Debería tenerlo esperando a tu respuesta.
—Claro que sí, guapa, y si tardo tres horas o dos días en contestarle, que el pobre hombre no lo suelte ni para mear.
—Es lo mínimo que debería hacer.
De verdad que Gema era imposible, aunque lo dijera de broma.
Leandro: Nos vemos en la puerta de tu piso, paso por ti a las ocho y media, ¿te parece bien?
—Ya me ha contestado.
Le informé con una sonrisa.
—Pues ya sabes, no pienses en nada y disfruta como si te fuera la vida en ello.
Tenía en las manos un vestido negro.
Sabía cuál era perfectamente porque yo me compré en su momento otro igual, pero el mío era rojo.
Desde luego que Gema le había dado mucho uso al suyo, sin embargo, el mío no lo había utilizado nunca.
—Seguiré tu consejo lo mejor que pueda.
Me estaba llamando mucho estrenar esta noche ese vestido y si no me terminaba de decidir era porque no sabía dónde me iba a llevar.
A ver si me vestía así y resultaba que íbamos a un bar más informal.