Capítulo 10
Leandro
—¿Qué es lo que ha pasado aquí?
Pregunté cuando entré en la cocina y vi que todo lo que había en los armarios bajos estaba sacado.
—Ha entrado una rata.
Miré a mi abuela extrañado.
—Abuela, ¿estás segura de que era una rata?
A ver si la vista la estaba engañando.
—Niño, no soy tonta y gracias a Dios tengo mucha mejor vista que tú.
Cualquiera le replicaba a la señora cuando se ponía en ese plan.
—¿Por qué no has llamado a Romeo para que te ayude?
Me arrodillé a su lado por si veía algo.
Aunque si era cierto que había entrado una rata, estaba seguro de que se había escondido muy bien, y a no ser que pusiéramos una trampa o lazo no la íbamos a atrapar.
—Lo he llamado, pero ese niño no me hace caso nunca.
Me hacía mucha gracia cuando la abuela seguía diciéndonos niños a mi primo y a mí.
—Abuela, que Romeo dejó de ser un niño hace mucho.
—Por muchas canas que os salgan en los huevos todavía vais a seguir siendo mis niños.
—Yo no sé mi primo, pero desde luego yo no tengo canas.
Entró en la cocina el que faltaba.
—¿No tendrías que haber venido cuando te llamó la abuela?
Le pregunté con sarcasmo.
—Estaba ocupado con algo del otro tema.
Me levanté en el acto.
—¿Ha pasado algo?
Le pregunté alarmado.
—No es nada importante, después lo hablamos.
—No me gusta cuando habláis en secreto, así que ya os podéis poner de rodillas a buscar ese bicho, hasta que no deis con él no vais a salir de aquí.
Romeo me miró conteniendo las ganas de reír.
Cuando se ponía mandona cualquiera le llevaba la contraria.
Me volví a arrodillar mirando por todos los rincones.
Romeo se puso en otra parte de la cocina haciendo lo mismo que yo.
Y mi abuela en el lado opuesto, parecía mentira que con la edad que tenía tuviera esa agilidad.
—Abuela, yo no veo nada, a ver si te has equivocado.
—Sé muy bien lo que he visto y era una rata.
—Calla y busca o nos va a tener aquí hasta mañana.
Murmuré para que solo lo escuchara mi primo.
—Y si hace falta hasta la semana que viene.
—¿No dicen que las personas mayores van perdiendo audición?
Me preguntó mi primo entre risas.
—Aquí el único que va a perder algo vas a ser tú, como me vuelvas a decir vieja.
Le dio con una cuchara de palo que tenía en las manos.
Supuse que la tenía por si veía al bicho, tener con qué atizarle.
—Abuela, ¿crees que es normal que nos tengas arrodillados aquí?
—Normal o no, es lo que tenéis que hacer.
Porque ella lo decía y punto.
¿Cómo dos hombres hechos y derechos, con nuestros trabajos, nos dejábamos dominar por una mujer mayor?
Estábamos ahora mismo como para que nos viera alguno de mis trabajadores.
—¡Allí!
Gritó la abuela, señalando uno de los muebles.
Y justo era el que más costaba revisar, porque estaba en una esquina.
—Enciende la linterna de tu móvil y alúmbrame.
Le ordené a Romeo.
Me agaché para mirar bien.
—Joder, alumbra bien que no veo —protesté—. Abuela, ¿y dices que has visto una rata?
Le pregunté, aguantándome la risa tras ver lo que había en la esquina del mueble.
—Eso mismo, una rata y bien grande.
Me iba a encantar ver la cara que iba a poner cuando viera la rata que iba a sacar de ese rincón.
Eso si me dejaba cogerlo y no me destrozaba la mano en el proceso, porque el pobre animal parecía que estaba bien asustado.
Me levanté del suelo, cerré la puerta para que no saliera huyendo y fui a la nevera a coger algo de comer. Por la pinta que tenía y lo delgado que estaba, parecía hambriento.
—¿Cómo le vas a dar jamón dulce?
Reí por la pregunta.
—Abuela, es que me ha dicho que si no le doy de comer no sale.
Romeo soltó una carcajada.
Volví a agacharme ante ese mueble, abrí la puerta despacio no fuera a ser que me saltara a la cara.
Al hacerlo, soltó primero un gruñido seguido de un bufido.
Era una clara advertencia de que se sentía amenazado y que tenía miedo.
—Abuela, no es por nada, pero lo que ha sonado, no tiene nada que ver con una rata.
Le dijo mi primo, riendo sin parar.
Le puse delante el jamón dulce, se acercó con lentitud y mucho miedo, pero el hambre le podía.
Dejé que se lo comiera antes de cogerlo, me daba pena dejarlo a medio comer.
No era muy grande, calculaba que tendría unos tres o cuatro meses y era precioso o preciosa, porque no sabía si era hembra o macho.
Tenía el pelo blanco con alguna que otra mancha salpicada en color marrón claro. Y los ojos eran de un azul tan claro, que te dejaban hipnotizado.
—¿Qué te parece esta pequeña rata? —le pregunté, enseñándosela.
El pobre gato no paraba de temblar entre mis manos.
—Y eso que decías que lo habías visto bien —le insistí.
—Te juro que era una rata.
Cabezota era un rato y marcha atrás no iba a dar ni loca.
—Abuela, mejor deja ese tema, que aquí nadie sabe hacer magia.
Doña Caterina le echó una mirada a mi primo, que hizo que se callara en el momento.
—Estoy segura de que esta cosita tan bonita entró detrás para cazarla y una ha huido y el otro se ha quedado.
Ni muerta iba a reconocer que se había equivocado.
—Pues hala, ya lo puedes devolver al lugar de donde viene.
Uy, mi primo no tenía ni idea de lo que acababa de decir.
La abuela fue corriendo a no sé dónde y al cabo de pocos segundos llegó con una toalla.
Envolvió al gato con ella y mirando a mi primo se dispuso a contestarle.
—El gato se queda, a ver quién tiene los santos cojones de sacarlo de la casa, y como vuelvas a decir algo así de un pobre animal te voy a dejar una noche durmiendo en la calle, para que veas lo que se siente.
Pues no había nada más que decir.
Si había algo de entre todas las cosas que tenía mi abuela, era su defensa hacia los animales.
—Bueno, ya que está todo resuelto, nosotros nos vamos que tenemos cosas que hacer.
—De aquí no se mueve nadie hasta que uno se quede ordenando la cocina y el otro lleve al gato al veterinario.
Esto tenía que ser una broma de ella.
—Abuela, puedo llamar a alguien para que haga esas cosas, de verdad que tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder más el tiempo.
Mira que miré muy bien el tono con el que le dije esas palabras, pero se vio que a ella le dio igual.
—La familia está por encima de todo, por lo tanto, yo estoy por encima de lo que tengáis que hacer y, ahora, también lo está el nuevo miembro de la familia.
Pues no había nada más que decir, la patrona había hablado.
Le cogí el gato de entre sus brazos y vi cómo mi primo sonreía.
Se iba a pegar un cabezazo de la leche cuando viera que el gato lo tenía que llevar él.
Pasaba de ir hasta la ciudad, buscar a un veterinario y esperar a que me atendiera.
Iba a tardar mucho menos si me quedaba a ordenar todo el desastre que había liado mi abuela.
—Te tocó.
Le entregué al animal.
—¿Qué? ¿Por qué yo?
—Porque eres quien quería echar al gato a la calle y esa es tu penitencia.
—Quién me manda a abrir la boca.
Cogió al gato y antes de salir por la puerta, la abuela le dijo todo lo que le tenía que decir al veterinario y que aprovecharan y le dieran un lavado allí, que también tenían servicio de peluquería.
—Vamos, que me quedan unas cuantas horas por delante.
—Mientras dejas al gato, puedes hacer otras cosas y en cuanto puedas, quiero que me digas qué ha pasado antes.
No se me había olvidado que cuando entró en la cocina vino diciendo que había estado ocupado con el otro tema.
—Voy a aprovechar el tiempo para vigilar un poco, a ver si veo algo raro.
—Ya sabes, cualquier cosa, aunque creas que no es importante, me llamas de inmediato.
—Dentro de unas horas nos vemos, adiós abuela.
Se acercó a darle un beso.
—Adiós, cariño y ten cuidado con el gato.
Reí.
—Y yo que creía que me ibas a decir que tuviera cuidado de que no me pasara nada.
Se fue riendo, resoplando y el gato maullando.
—¿Qué os traéis entre manos tu primo y tú?
Me preguntó con seriedad.
Ella sabía a qué nos dedicábamos aparte del viñedo, en mi familia todos lo sabían.
—Sabes que no puedo hablar de esos temas.
Me puse a guardar cada cosa en su lugar sin que ella dejara de seguirme con la mirada.
—Algo me dice, por lo que os he estado escuchando estos días, que este tema, como tú dices, es mucho más importante de lo que cuentas.
No le contesté, porque ni yo mismo sabía qué decirle.