Nos queda mucho por vivir Capítulo 9
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Capítulo 9

Celia

Hacía tres días que había empezado mis clases y siete desde que llegué a Florencia.

Menos mal que desde que hablé al día siguiente de mi llegada con mi padre, y le pedí que me diera un poco de aire, lo estaba haciendo.

Desde entonces estaba disfrutando el momento como no lo había hecho nunca.

Las mañanas las pasaba en clase, cuando salía iba directa al piso, allí me encontraba con Greta, que así se llamaba mi asistenta, esa que conocí a los tres días de llegar.

Me gustaba, era algo mayor que yo, bueno, cuando digo algo, quiero decir veinte años, que era la diferencia de edad entre ella y yo.

Me había caído muy bien, me había dicho por dónde moverme, dónde ir si me apetecía salir alguna noche de copas, dónde ir si quería comer con tranquilidad y que no hubiera tanto turismo.

De verdad que me había causado muy buena impresión, pero no era tonta y sabía que todos los lugares que me había recomendado habían sido después de que mi padre hubiera dado el visto bueno.

No se lo podía reprochar a la mujer, ella solo hacía su trabajo, el único problema de esto es que jamás la iba a ver como a una amiga, por lo tanto, tampoco le iba a contar mis cosas.

Eso sí, es verdad que había ido a visitar más de un lugar que me había recomendado, vamos, casi todos menos los de tomar una copa, más que nada porque todavía no había salido una noche de fiesta.

Pero eso iba a cambiar en cuanto llegara el fin de semana, porque el sábado pensaba salir, me daba igual hacerlo sola, total, solo quería ver el ambiente nocturno que había en esta ciudad.

La verdadera fiesta me la pegaría cuando viniera Gema de visita.

Otro tema era que no podía dejar de pensar en ese hombre, en Leandro.

Desde que lo había conocido no lo había vuelto a ver, sí, era verdad que habíamos estado mandándonos algunos mensajes esporádicos, pero no me había dicho nada de volver a quedar y yo tampoco lo había hecho, para qué voy a mentir.

Supongo que después de todo no había esa atracción que creí ver en él.

O también podía ser que fuese Leandro el que estuviera esperando que fuera yo quien le pidiera volver a quedar.

Ojo, que el hombre estaba en su derecho de que fuera yo la que diera el paso y no me importaría hacerlo, siempre y cuando estuviera segura de que me iba a decir que sí.

Porque a mí me daba que, a Leandro, no le faltaban citas con mujeres, vamos, que podía tener a todas las que quisiera.

Y sinceramente, no me apetecía en estos momentos pillarme por un hombre que sabía que no iba a llegar a nada más que a unos cuantos revolcones y eso si pasaba.

Algo me decía que, aunque le hubiera gustado, no iba a querer tener nada conmigo, quiero decir, nada más que una amistad.

En fin, que las cosas no se podían forzar y que cuando algo no salía bien desde el primer momento lo mejor que podía hacer era dejar de pensar en él como algo más de lo que teníamos ahora, que no era otra cosa que esos mensajes y puede que alguna que otra quedada para comer o cenar juntos.

—Ya estoy aquí, Greta.

Solté las llaves en el cuenco que había junto a la entrada y el bolso con el portátil lo dejé en la mesa alta que había en el salón.

—¿Cómo le ha ido el día?

Se asomó a través de la barra que había entre la cocina y el salón.

—Cada día me gusta más. Ahora mismo se están enfocando mucho en explicarnos las distintas técnicas y para qué funcionan mejor.

La teoría era la parte más tediosa, aunque, que a mí no me hiciera ilusión, no significaba que no fuera una parte fundamental.

Aunque lo que a mí realmente me gustaba era cuando llegáramos a las prácticas, crear mis propias joyas, darles vida a lo que tenía en mi mente y en mis cuadernos.

Jugar con los colores y los diseños, hacer y deshacer hasta que quedaran exactamente como los tenía en mi mente.

—Si quieres, te puedes dar una ducha antes de comer, todavía le quedan unos veinte minutos.

Era raro.

En estos tres días que llevaba de máster, cuando había llegado siempre me encontraba con que tenía la comida preparada.

No es que me importara que se hubiese retrasado, todo lo contrario, porque así podía hacer lo que Greta me había dicho.

Por lo menos iba a comer fresquita después de la ducha.

—Estupendo, es lo que más me apetece hacer.

Como después de comer no iba a salir, pues hacía demasiado calor y prefería hacerlo por la tarde cuando el sol hubiera caído algo, cogí unos pantalones cortos de estar por casa y una camiseta de tirantes.

Ni me molesté en ponerme unas chanclas, me flipaba andar descalza por casa.

En cuanto estuve lista fui hacia la cocina, me gustaba comer allí, bueno, no es que me gustase, es que pasaba de llevarlo todo al salón para comer yo sola y como Greta nunca se quedaba a comer, pues lo hacía así.

—¿Qué me has preparado hoy?

Le pregunté, cuando percibí el olor de pollo a la plancha.

—Una ensalada César. He pensado que te gustaría.

¿Gustarme?

Sí, era una de las ensaladas que me podían gustar.

Por eso mismo me había venido el olor de pollo a la plancha, muchas personas le echaban el pollo rebozado, en mi caso a mí me gustaba mucho más como la había hecho Greta.

—Me encanta.

Reconocí.

—Te aseguro que la mía te va a gustar mucho más, la salsa es casera, nada de esas de bote.

Se notaba que le gustaba la cocina y que le ponía mucho cariño a todo lo que hacía.

—¿Por qué no te quedas a comer? Perdona, no sé si tienes a alguien esperándote en casa.

Me arrepentí de pedírselo.

No quería que se sintiera en la obligación de quedarse.

—Lo siento, hoy no me puedo quedar. He quedado para comer con mi madre, pero si quieres, mañana lo hago.

—Greta, puedes comer conmigo siempre que quieras y te apetezca.

Me senté en la mesa después de echarme un vaso de agua fría.

—Lo voy a tener en cuenta, sino lo he hecho antes ha sido para no molestar.

Le sonreí.

—Pues no lo haces, además, estoy acostumbrada a comer siempre acompañada y hacerlo sola me entristece un poco.

Era el primer día que le estaba contando un poco cómo me sentía.

Jamás lo iba a reconocer ante mis padres, pero era cierto que esto de estar tanto tiempo a solas me entristecía un poco.

Lo único que hacía mis días más llevaderos, eran las videollamadas con Inés y Gema.

Eso e ir a las clases.

A ver, que con esto no quiero decir que no estuviese disfrutando de estar aquí, era solo que en los momentos de soledad en el piso, es cuando me ponía algo más nostálgica.

Supongo que también se debía a que no había hecho muchos amigos.

La mayoría de mis compañeros del máster eran mayores, tenían sus vidas y, aunque éramos un grupo que nos llevábamos bien, no me veía saliendo con ellos, por lo menos, no como haría con Gema.

—Lo siento, si hubiera sabido cómo te sentías, me habría quedado estos días a comer contigo.

Estaba teniendo un día tonto lleno de sentimientos y no me gustaba que me vieran así, mucho menos cuando sabía que esa mujer se lo iba a contar todo a mis padres.

—No le des importancia, solo es un día tonto.

Le quité importancia.

—Es entendible, cariño.

—Lo sé, por eso mismo te he dicho que es un día tonto, pero que en un rato se me pasa, en cuanto ponga un pie en la calle.

Cuando se marchó, me pareció que no lo hacía muy convencida, pero no le quedaba otra que irse y fue entonces cuando dejé escapar alguna que otra lágrima.