Capítulo 8
Leandro
—¿Lo has conseguido?
Me preguntó mi primo Romeo.
Romeo y yo nos habíamos criado como hermanos.
Él era un año más joven que yo, pero desde que tenía apenas seis años había sido criado por mis padres y nuestra abuela.
Por desgracia, mis tíos tuvieron un accidente de coche en el que resultaron heridos de gravedad, muriendo posteriormente los dos, primero su padre, y a los pocos días lo hizo su madre.
Ella era la hermana de mi padre, e hija de la abuela Caterina, la misma que nos había criado junto a mis padres.
—Estoy en ello, poco a poco.
Me sentí extraño.
—Sé que lo vas a conseguir; de todos modos, tengo al resto del equipo detrás.
Romeo era un tío muy meticuloso en su trabajo y sabía que se iba a dejar la piel para que todo fuera perfecto.
—Que lo hagan con cuidado, que no se dejen ver a no ser que sea necesario. No quiero que sospeche lo más mínimo.
—Tranquilo, sabes que hacen muy bien su trabajo.
Lo sabía, yo mismo me había encargado de buscar a los mejores.
—Romeo, que me informen de cualquier cosa, por mínima que sea; lo quiero saber todo al momento.
Estábamos en el despacho de la villa; aquí solo nos reuníamos mi primo y yo. Cuando lo teníamos que hacer con el resto del equipo, lo hacíamos en un piso que tenía Romeo a su nombre en la ciudad.
—Sabes que siempre lo hacemos así.
Lo hacían, pero esta vez sentía que era distinto.
No sé, había algo en mi interior que me decía que no iba a ser tan fácil como los demás trabajos que había hecho.
Quizás solo fuera cosa mía, aunque no solía equivocarme con mis intuiciones.
—Por cierto, cambiando de tema, la abuela me preguntó antes si te quedabas hoy a comer o no. Sabes que no le gusta tirar la comida.
Mi abuela era antigua a la hora de llevar una casa, aunque sus pensamientos de vida o cómo afrontarla no tuvieran nada que ver; ahí era la más progresista del mundo.
Vamos, que cualquiera se ponía por encima de ella, eso entre otras cosas.
—No lo sé, depende de cómo se presente la mañana.
Estaba esperando a que Celia me mandara un mensaje y que conste que no lo hacía yo, porque quería esperar para saber si ella realmente quería seguir conociéndome.
La verdad era que me gustaría conocer más de ella, que me siguiera hablando como lo había hecho el día que nos conocimos, y de eso hacía ya varios días.
Desde entonces solo habíamos intercambiado unos cuantos mensajes y listo, pero a mí me estaba picando volver a pasar un día junto a ella, aunque la mayor parte del tiempo estuviera incómodo por culpa de la erección que sabía que me iba a provocar.
—Estás esperando a que ella te diga de quedar, ¿verdad?
Asentí.
No tenía nada más que decir; mi primo me conocía muy bien y sabía que mi mente ahora mismo estaba hecha un lío.
No porque no tuviese claro lo que tenía que hacer, era más por lo que esa mujer había provocado en mí.
Cuando me acerqué a ella, me pareció atractiva, pero cuando las horas fueron pasando, me vi deseando que el tiempo no avanzara para seguir disfrutando de su compañía un poco más.
Y podría haberlo hecho. Podría haberme quedado más tiempo con ella, alargar la comida, buscar cualquier excusa para no marcharme.
Sí, porque fui yo el que se inventó una excusa para irme de allí cuanto antes.
Lo hice porque no me quedó otra opción. Era eso o cometer el mayor error de mi vida, y eso sí que no estaba dispuesto a que pasara.
—Si se lo pido yo, no sabré de verdad si le he gustado como para pasar más tiempo conmigo.
—Por lo que me has contado, yo diría que sí.
Le había contado a Romeo todo, era con el único que me abría realmente. Con él no tenía secretos, igual que él tampoco los tenía conmigo.
—Una cosa es la atracción física, que esa está claro que la hubo por parte de los dos desde el primer segundo, y otra cosa es que le guste como para que quiera seguir conociéndome.
Y cómo me jodía sentir esa atracción por ella y no poder ir a más, pero no me lo podía permitir, no con ella.
Pasar tiempo con ella, quedar de vez en cuando, ser algo parecido a amigos, aunque realmente lo que yo quería con ella era otra cosa muy distinta.
Y no, por muy frío que sonara, no estaba hablando de amor. No la conocía y decir que sentía algo por ella, al menos en estos momentos, sería mentir.
Estaba hablando de deseo, de esta atracción que hacía que mi cuerpo ardiera por tocarla y hacerla mía, aunque solo fuera por unas horas.
Y me jodía no dejarme llevar con ella como a mí me gustaría, estaba acostumbrado a que siempre que me había gustado una mujer, la había tenido y no estoy siendo un engreído, estoy siendo sincero.
Se me había dado muy bien la seducción y en muchas ocasiones también me había dejado seducir, sí, me había gustado ese juego, me lo había pasado bien.
Y ahora llegaba Celia, poniéndome cardíaco perdido con su sonrisa, con sus miradas, sus expresiones y no poder tenerla porque la tenía prohibida, no porque alguien me lo hubiese prohibido, había sido yo mismo.
Y lo había hecho porque me parecía tan buena chica que no se merecía que le mintiera y que jugara con ella, sabiendo que lo nuestro nunca podría llegar a más.
—¿Qué te parece si salimos hoy un rato? Te estoy viendo un poco agobiado.
Se lo agradecía, pero no tenía ni tiempo ni ganas.
Tenía mucho que supervisar en el viñedo; las vides acababan de florecer y de esas flores dependía que dentro de cien días, más o menos, pudiéramos tener una buena vendimia.
Septiembre era la época que más me gustaba, porque toda la familia y amigos participábamos de la vendimia, hacíamos grandes comidas, no solo para la familia, sino también para mis trabajadores fijos y mis jornaleros, esos que solo contrataba para ese mes.
Por no decir que tenía que revisar cosas del otro tema, esas sí que no las podía dejar de lado, aunque tuviera a un gran equipo a mi lado, siempre me gustaba supervisarlo todo, prevenir los inconvenientes antes de que llegaran.
Nunca era suficiente tener mil ojos.
—Hoy no, otro día será. Si vas a pasar el día en el centro, ya sabes lo que tienes que hacer; quiero que me comuniquéis cada uno de sus pasos, no dejéis nada al azar.
—Sabes que están en ello. He dicho de ir para que vinieras tú también, pero si no es así, me quedo aquí.
Me asomé a la ventana para ver las vides. Me encantaba verlas como estaban ahora; me relajaba pasear entre ellas.
Cuando iba a dar un paseo corto, lo hacía andando, impregnándome de su olor, pero cuando iba a recorrer las tierras por completo, lo hacía a caballo o en un quad .
Aunque casi siempre lo hacía sobre Caprichoso, no, el nombre no se lo había puesto yo, pero como en casa mandaba la abuela y ella lo decidió, pues así se quedó.
Según ella, el nombre le venía como anillo al dedo, ya que desde que mi caballo era apenas un potro, siempre había sido demasiado caprichoso.
Según le diera ese día, dejaba que alguien se le acercara o no; cuando se ponía en ese plan, el único que lo podía sacar era yo.
Lo que le pasaba era que tenía mucho temperamento y hacía con todos lo que le daba la gana, con todos menos conmigo; yo no le permitía que me dominara.
Era un caballo muy listo y sabía que cuando estaba conmigo, el que mandaba era yo, aparte de esos caprichos que tenía de vez en cuando, no podía decir que no fuera noble.
—Pues si te vas a quedar aquí, ya puedes cambiarte de ropa que vamos a trabajar un rato en el campo.
A Romeo no le gustaba mucho eso de ensuciarse las manos de tierra, él prefería hacer otro tipo de cosas.
—Uff, creo que antes me llamó la abuela.
Reí.
Era imposible.
Cuando ayudaba en el campo era solo en septiembre y porque hacíamos fiestas.
—Yo no lo he escuchado.
Fui hacia la puerta.
Iba a subir a mi habitación para cambiarme de ropa.
—No es mi problema que los años te estén afectando a la audición.
Lo miré con la ceja alzada.
Más cara no podía tener.
—Romeo, tienes un año menos que yo.
Le recordé.
—Es que en un año pueden pasar muchas cosas.
Pasó por mi lado dándome una palmada en el hombro.