Nos queda mucho por vivir Capítulo 7
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Capítulo 7

Celia

Al final, antes de despedirnos Leandro y yo, nos intercambiamos los números de teléfono.

Me había gustado físicamente, claro. Y no solo a mí; cualquier mujer que le hubiera puesto los ojos encima habría pensado lo mismo. Pero lo peor era que también me había gustado su forma de ser.

Es verdad que se insinuó más de una vez, de forma muy sutil y elegante, pero lo había hecho.

Que conste que yo también lo había estado tentando.

Desde luego, la atracción había sido por ambas partes.

Me gustó mucho ese pequeño tonteo que tuvimos desde el primer momento en que nos habíamos conocido.

Que me hubiera gustado pasar más tiempo junto a él, era obvio, seguir conociéndonos, hablar de muchas más cosas, pero tocó despedirnos.

Él tenía cosas que hacer y yo también.

Así que me acompañó hasta la misma plaza en la que nos conocimos y desde allí retomó su camino.

Leandro, hacia donde tuviera que ir, y yo, a seguir recorriendo las calles.

Quise mirar lo que podía tardar desde el piso que había alquilado mi padre hasta donde tenía que hacer el máster.

Siempre me había gustado ser precavida y mirar muy bien dónde iba a estudiar, el horario y todo lo que me hiciera falta conocer.

De camino al piso, paré en una tienda de comida para comprar algo que se me antojara, porque la compra, lo que se dice la compra, como que no tenía que hacerla.

Los controladores de mis padres no podían dejar nada al azar, por lo que habían contratado a una mujer para que limpiara y me hiciera la comida, por lo que ella había hecho una gran compra.

Vamos, que cuando llegué al piso por la tarde, tenía de todo, hasta los productos de aseo.

Por mucho que les había dicho a mis padres que no hacía falta, no habían dado marcha atrás. Pero claro, estaba segura de que a esa mujer —que no tenía ni idea de cómo se llamaba— también le habían pedido que les fuese contando lo que su querida hija hacía o dejaba de hacer.

Conociendo como conocía a mis padres, cumpliría los cincuenta y todavía me seguirían vigilando.

Con una bolsa llena de porquerías llegué a casa, sí, mi casa, porque lo iba a ser durante un año, menos los días que fuera de viaje a España.

Llevé la bolsa a la cocina y coloqué todo en uno de los muebles.

Siempre me gustaba tener a mano paquetes de patatas, gominolas o chocolates, sobre todo cuando me tumbaba a ver una película o serie.

Era una costumbre que habíamos cogido a escondidas mi hermana y yo, no porque mis padres nos fueran a decir algo, nada que ver, es porque lo quisimos hacer como un momento entre nosotras.

Ahora no estaba Inés, pero iba a seguir teniendo mi momento, aunque fuera conmigo misma.

Que no descartaba que alguna vez que otra lo hiciéramos juntas, aunque fuera en la distancia y por videollamada.

Después de dejarlo todo en la cocina, me fui directa a la ducha.

Estaba deseando darme una, ponerme el pijama, tenderme en el sofá y ver alguna película.

Me quedé como nueva después de esa ducha y de ponerme las cremas, esas sí que no me podían faltar, sobre todo con la piel tan seca que tenía.

Me había dejado el teléfono cargando en la barra que separaba la cocina del salón.

Al cogerlo vi que tenía dos llamadas perdidas de mi hermana, una de mi padre, otra de mi madre y otra más de Gema.

Yo, y mi manía de tener siempre el teléfono en silencio, me había acostumbrado desde que estaba en bachillerato y, sobre todo, mientras estudiaba la carrera; menos mal que los que me habían llamado sabían de mi costumbre.

Al primero que llamé fue a mi padre, porque era capaz de avisar hasta a la policía si tardaba mucho en llamarlo.

Lo hice con una videollamada para que se quedara tranquilo sabiendo que estaba en el piso.

—¿Dónde estabas?

¿Veis? Para no decirme ni hola, tenía que estar de los nervios.

—Estaba duchándome, sabes que siempre tengo el teléfono en silencio. ¿Quieres que te haga un tour por el piso? —le pregunté.

Lo hice para que viera que estaba aquí, porque el piso lo había visto por internet antes de alquilarlo.

—No hace falta, ya lo he visto. ¿Qué has estado haciendo hoy?

A ti no te voy a decir que he conocido a un hombre y que he pasado casi todo el día con él.

Dije para mí.

—Pues haciendo turismo y viendo cuánto tardo del piso hasta donde se imparte el máster, ¿y tú?

—Me he reunido con un nuevo diseñador.

Me aguanté las ganas que tuve de resoplar.

Le podía haber dicho más de un millón de veces que me quería encargar de los nuevos diseños, pero nunca me escuchaba o no quería hacerlo; sinceramente, optaba por lo segundo.

—Papá, te he dicho que de eso me podía encargar yo, además, sabes que tengo un bloc entero lleno de diseños.

—Y sabes que siempre te contesto lo mismo: hasta que no termines todos los estudios y te dediques a trabajar de lleno en la empresa, no voy a hacer caso a tus diseños.

Pues peor para él.

Ya me había cabreado, y es que no era para menos.

Cuando había aceptado alguno de mis diseños, no es por nada, pero habían sido todo un éxito.

—Como digas.

¿Para qué le iba a decir lo contrario si siempre hacía lo que él quería?

—¿Y solo has estado haciendo turismo?

Ahí sí que no me pude contener el resoplido; al final iba a parecer yo más toro que mi padre, con tanto resoplar.

—¿Y qué otra cosa iba a hacer?

—Celia, no me hables así.

Ni estando en Italia me libraba.

—Es que no me das un respiro, papá, siempre me estás agobiando. Cuando no es por una cosa, es por otra.

De la impotencia, me habían entrado hasta ganas de llorar.

—Lo hago porque me preocupo por ti.

Dijo serio.

—Lo sé, papá, y de verdad que te entiendo a ti y a mamá, pero, por favor, ¿me podéis entender a mí?

—Cariño, lo hago y sé mejor que nadie todo lo que te puedo llegar a agobiar. Es que no quiero que te hagan daño.

—Papá, no vas a poder mantenerme siempre en una urna de cristal, ni a mi hermana tampoco. Aprender de los errores es ley de vida.

—Intentaré dejarte un poco más a tu aire, pero me tienes que prometer que, si alguna vez te pasa algo, no me lo ocultes; aunque creas que no tiene importancia, para mí y para tu madre, siempre va a ser importante.

—Te lo prometo, papá. Dile a mamá que ya has hablado conmigo, que mañana la llamo. Os quiero.

—Nosotros también te queremos, cuídate.

Cuando le colgué a mi padre, llamé a mi hermana y a Gema con una videollamada a tres. Teníamos un grupo, no solíamos hablar mucho por allí, pero para casos así iba superbién.

No iba a llamar a una y después a la otra. Si no les fuera a contar lo mismo, pues sí, pero como lo iba a hacer, no tenía sentido.

—Hola, ¿cómo estás?

La primera en hablar fue Inés.

—Hola, loca, dime que has visto unos cuantos italianos que han hecho que se te caiga la braga o el tanga, que no sé lo que tienes puesto.

Negué riendo.

Se notaba que la segunda en hablar fue Gema.

—Hola, cuñada.

Oliver apareció por encima del hombro de mi hermana.

—Mira, si está la otra extremidad de Inés.

—Mi otra extremidad la tiene justo entre las piernas.

Reí a carcajadas.

—Eso te pasa por bocazas.

Le dije sin dejar de reír.

El pobre de mi cuñado se quitó de en medio en cuanto me saludó, sabía que, si estaba Gema, le iba a dar lo suyo y lo del vecino si hacía falta también.

—He conocido a un italiano.

Confesé de pronto, antes de que siguieran metiéndose la una con la otra.

—Eso es velocidad y lo demás es tontería.

Soltó Gema, mientras sacaba un refresco de la nevera de su casa.

—¿Y cómo es?

Me preguntó mi hermana.

Esta era otra que le gustaba más un chisme que a un tonto un lápiz.

—Para que os hagáis una idea más o menos, se parece a Mariano Di Vaio cuando hizo el anuncio de Dolce si no sabéis quién es, ya lo podéis buscar.

—La madre que te parió, pero si el tío este está para mojar.

Me contestó Gema, con la mandíbula descolgada.

—He dicho que se parece, no que sea él, pero tengo que reconocer que Leandro me gusta mucho más.

—Madre mía, Celia, ese tío tiene que estar cañón.

La hija de su madre hasta se mordió el labio y lo peor de todo es que de fondo no paraba de sonar el anuncio una y otra vez.

—Gema, hija, para eso, que mi hermana no ha conocido a ese hombre, ha conocido a otro.

—Sí, sí, lo que tú digas, pero ella dice que el suyo es mucho más atractivo.

De pronto vimos cómo dejaba el teléfono sobre la cómoda y abría una maleta sobre la cama.

—Gema —la llamé—, ¿qué estás haciendo?

—La maleta, mañana mismo cojo un vuelo y me voy contigo, aquí estoy perdiendo el tiempo.

Miré a mi hermana, ella me miró a mí y las dos rompimos a carcajadas al unísono.