Nos queda mucho por vivir Capítulo 6
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Capítulo 6

Leandro

—¿Una copa de vino?

Le pregunté, cuando nos sentamos en la mesa que nos indicó Giulio.

—Sí, por favor.

Mientras más tiempo pasaba junto a Celia, más me iba llamando la atención.

Se notaba que era una mujer con la que se podía hablar de cualquier tema, lo que me dejaba claro que sus padres se habían esmerado por darle una buena educación.

Pero no era solo eso, había algo en ella que me llamaba mucho más, algo en su interior, como si realmente estuviera reprimiendo quién era o quién le gustaría ser.

—Y dime, ¿qué hacías en España, aparte de estudiar?

Puso los ojos en blanco, fue un segundo, se notó que se le escapó esa expresión porque enseguida la cambió por una sonrisa, eso sí, esta era un poco más forzada.

—Pues no mucho, la verdad. —Cogió la copa para llevársela a los labios—. Alguna salida con mi mejor amiga y poco más. La mayoría del tiempo me quedaba en casa.

Se pasó la lengua por el labio después de hablar.

Esta mujer era una tentación para mí y no me podía permitir el lujo de caer bajo su embrujo.

—Pero algo harías.

Insistí.

—No he podido tener tanta libertad como me hubiese gustado, pero tampoco me puedo quejar de la vida que he tenido y que tengo.

Se colocó la servilleta sobre las rodillas cuando nos trajeron los platos.

—¿Te puedo preguntar la edad?

Rio.

—Ya me la has preguntado con esa pregunta.

Cierto.

—¿Y es?

Alcé una ceja.

—Veintiséis, supongo que tú tienes algunos más.

—Diez más, para ser exactos.

Joder, todo lo que podría enseñarle, porque por la pinta que tenía no parecía que tuviera mucha experiencia con los hombres, o lo mismo me estaba equivocando por completo.

Vamos, que eso me daba igual.

Solo imaginar lo que podríamos hacer juntos hacía que me tuviera que remover en la silla, intentando recolocarme la gran erección que se me estaba formando.

—Vaya, pues tampoco son tantos como había pensado.

Solté una gran carcajada.

—¿Acabas de reconocer que aparento ser mucho más mayor?

Me gustó la reacción que tuvo.

Se le pusieron las mejillas sonrojadas, creo que le dio un poco de vergüenza decir eso.

—No quería decir eso, o sí, pero no de la forma en la que ha sonado.

Rio.

—¿Y qué es lo que querías decir exactamente?

Le pregunté, sin dejar de sonreír.

—Quería decir que lo pareces, pero no físicamente.

Cada vez estaba más nerviosa. Me estaba gustando verla en ese estado, porque me estaba demostrando con ese nerviosismo que le atraía, de igual manera que lo hacía ella.

No éramos unos niños, está bien, ella puede que lo fuera un poco más, pero sabíamos que estábamos jugando al juego de la seducción.

—¿Cómo es eso? No lo entiendo, ¿me lo puedes explicar un poco mejor?

—A ver cómo te lo explico. —Apoyó un codo en la mesa, la barbilla la sostuvo en la palma de su mano, llevándose el dedo índice al labio inferior—.

Pareces un poco más maduro que la mayoría de los hombres que conozco de tu edad; por lo que parece, eres un hombre culto y eso, en la mayoría de los casos, solo lo da la edad. No sé, pareces un hombre más centrado.

—¿Entonces físicamente aparento mi edad o más mayor? Es que no me lo has dejado del todo muy claro.

Le estaba buscando la lengua.

Me lo estaba pasando bien tentándola.

Nunca me había gustado ese tipo de juegos. Normalmente, cuando quería estar con una mujer, iba en busca de ella, la tanteaba para saber si tenía alguna posibilidad y, si era así, terminábamos en mi piso, en el de ella o en algún hotel.

Sí que era cierto que nunca había llevado a una mujer a la villa o, por lo menos, no para tener una noche de sexo.

Sí habían ido mujeres, pero todas eran amigas, o las parejas de mis amigos.

La villa era mi casa, la de verdad, la de toda la familia, aunque fuera mía; mi abuela vivía allí y jamás en la vida se me ocurriría llevar a una mujer con la que no iba a compartir más de una noche.

—Eres peor que mi amiga Gema.

Sonrió.

—¿Y eso es bueno o es malo?

—Depende de cómo lo mires. —Quitó el codo de la mesa cuando llegaron los platos—. A ella la soporto porque la quiero, pero a ti te he conocido hace poco más de dos horas.

—Lo que se traduce en que no vas a querer volver a verme.

Volvió a sonreír.

—Bueno, eso depende de si quieres seguir poniéndome nerviosa o no.

Que yo la estaba poniendo nerviosa, decía.

Mejor me callaba cómo me había puesto ella a mí, desde que me había sentado en su mesa.

—Paro.

Levanté las manos como si me hubiese rendido.

—Eres fácil de convencer, por lo que veo.

Como yo intuía, debajo de esa Celia que parecía tan correcta había una guerrera, de esas que con buenas palabras podían poner a cualquiera en su sitio, sin ni siquiera molestarse en pestañear.

—¿Y si me estoy dejando convencer porque es lo que quiero?

—Madre mía, cómo huele esto.

Hizo un sonidito con la garganta que me puso peor de lo que estaba.

—Me gusta cómo pasas de un tema a otro cuando no te sientes cómoda o no quieres contestar.

Me atreví a decirle eso, aun no conociéndola, pero fue la impresión que me dio.

—No, para nada, es solo que me gusta cómo huele esta pasta.

Señaló la pasta con el tenedor.

—Es que los pappardelle con salsa de liebre de aquí son los mejores que podrás comer en toda Florencia.

—Mmm… no sé cómo estarán en otro restaurante, pero desde luego estos tienen un sabor espectacular.

No gimas en mi presencia, a no ser que estés debajo o arriba de mí.

Desde luego, eso no lo dije en voz alta.

Estaba seguro de que, si lo hubiera dicho o insinuado, habría huido de mi lado en un abrir y cerrar de ojos.

Comimos hablando un poco más de lo que iba a hacer aquí, de todo lo que le gustaría conocer y recorrer, pero, sobre todo, me habló del máster que iba a hacer.

Lo hizo con ilusión; cada vez que decía una palabra del diseño de joyas, de lo que le gustaría hacer, se le notaba que aquello era su verdadera vocación.

Los ojos se le iluminaban con un brillo especial, le ponía cariño y ternura cuando me explicaba distintas técnicas para hacer una cosa u otra.

A mí me sonaba todo a chino, pero la escuché con atención; solo con la pasión con la que hablaba de ello, me podía pasar horas escuchándola.

—¡Qué bien he comido! Desde luego que, en el tiempo en el que voy a estar aquí, vendré más de una vez.

Me había dejado impresionado con la cantidad que comía.

Con el cuerpo que tenía, nadie habría dicho que era de tan buen comer.

Anda y que no estaría encantada mi abuela con una mujer como ella, que sabía apreciar la comida.

—Espero que alguna vez que otra vengas conmigo.

Sugerí.

—Claro, si alguna vez volvemos a coincidir, estaré encantada de venir contigo, has resultado ser muy buena compañía.

Le trajeron el tiramisú que se había pedido de postre, a mí me pusieron el café espresso que me había pedido.

—Mi abuela estaría encantada de verte comer.

No me lo pude callar.

Celia rio con ganas.

—Todo el mundo me suele preguntar dónde meto la comida.

Reí.

—Eso me gustaría saber.

Recorrí con la mirada la parte de su cuerpo que quedaba a la vista.

—Pues no sabría qué decirte, aparte de que me gusta salir a correr todos los días, no hago nada más de deporte; supongo que será la genética.

Pues menuda genética.

—No me habías dicho que te gustaba correr.

Me interesé.

—¿No pretenderás que nos lo contemos todo el mismo día?

—¿Por qué no?

—Porque si lo hacemos todo el mismo día, estoy segura de que perderíamos muy rápido el interés el uno en el otro.

Ella, no sé. Yo desde luego cada vez tenía mucho más interés en seguir conociéndola, aunque, era muy lógico lo que había dicho.

—Pues supongo que tendremos que dejar muchos temas por tratar.

Le dije, guiñándole un ojo.