Nos queda mucho por vivir Capítulo 5
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Capítulo 5

Celia

Tener a ese hombre sentado frente a mí, con ese cuerpo, esa mirada y ese acento, era delito.

Sí, delito por tenerlo delante de mis narices y no poder tocarlo, y mucho menos catarlo.

Sabía la fama que tenían los italianos; de hecho, había estado más de una vez en Italia y me había encontrado con algún que otro hombre que me había llamado la atención, pero Leandro era otro mundo completamente distinto, por lo menos para mí.

Es que era un morenazo que estaba pidiendo a gritos que lo catara a él, en vez de hacerlo con alguno de sus vinos.

Uff, cuando me dijo que se ofrecía a enseñarme su viñedo y después una cata de vino personalizada, no pude evitar pensar que a él sí que me gustaría catarlo.

Madre mía, es que llevaba tanto tiempo sin estar con un hombre, y encima se me ponía este delante, pues era como poco para darse de cabezazos contra la pared.

Que no quería decir que me fuera a ir con él a la primera de cambio; no lo había hecho nunca, no lo iba a hacer ahora.

A mí no me gustaba tener sexo por tener. Con los hombres con los que había estado, había sido porque siempre había sentido algo por ellos.

Como he dicho, sentir algo, que no quiere decir que estuviera enamorada; hay que saber diferenciar el cariño, afecto y la atracción del amor.

Pero algo de eso tenía que sentir junto a ese hombre para irme a la cama con él.

Que sí, que Leandro era demasiado atractivo para la salud mental de una mujer, o ya puestos para la de un hombre también.

Pero no quería decir esa clase de atracción. Yo necesitaba algo más que solo lo físico, algo que hiciera que mi corazón temblara de igual manera que podía temblar otra parte de mi cuerpo, y no dudaba de que, si seguía conociendo a este hombre, llegara a sentir eso.

Pero también me daba la impresión de que este le tiraba los trastos a toda mujer que se le cruzara por delante y que le llamara la atención.

Que, por otro lado, si estaba soltero —que no lo sabía—, podía irse con cuantas mujeres se le antojara.

Estaba tan a gusto sentada hablando con Leandro que no me apetecía irme, pero, por otro lado, tenía muchas ganas de conocer algo de Florencia.

Llegué la tarde anterior y, entre que colocaba toda la ropa y me hacía con el piso, no me dio tiempo a salir de paseo turístico.

Mi padre me había alquilado un piso, para mi gusto más grande de la cuenta; supuse que lo hizo con la intención de que, cuando vinieran de visita, se quedaran ahí.

Bueno, como iba diciendo…

Don Diego me había alquilado un piso en una de las zonas más seguras y céntricas de la ciudad.

Tan céntrica había escogido la ubicación del piso, que lo había hecho en el centro histórico.

Vamos, que desde el piso donde iba a pasar los próximos doce meses hasta esta plaza, que era una de las más visitadas de la ciudad, apenas había seiscientos metros.

Lo que se dice un paseo corto en toda regla.

Me gustaba esta zona, o más bien lo poco que había visto de ella.

El único inconveniente que le encontraba era el ruido que había, y es que era normal; desde bien temprano se veían las calles llenas de personas.

—¿Te apetece otro Negroni ?

Me apetecía, pero también ver otras partes de la ciudad.

—Es que me gustaría hacer un poco de turismo.

—Siempre nos podemos tomar otra copa más aquí y después, si quieres, te muestro parte de la ciudad.

—Me has convencido, estoy a gusto aquí. ¿Y vives donde tienes el viñedo o tienes algún piso en la ciudad?

—Tengo un piso no muy lejos de aquí, pero solo lo utilizo cuando alguna que otra noche salgo por aquí con mi primo, para no coger el coche; por lo general, vivo en la villa.

—Vamos, que eres una persona que se adapta a todo.

Oh, Dios, esa sonrisa era muy peligrosa para mi salud mental.

Me dije a mí misma, cuando lo vi sonreír de esa manera.

Fue una sonrisa de medio lado, mostrando parte de esa dentadura tan perfecta que tenía.

¿Alguna vez os habéis fijado en la sonrisa y os ha llamado la atención ver unos dientes blancos, limpios y bien cuidados?

Pues yo sí me fijaba en ello; me pasaba más o menos como con la ropa, estaba obsesionada con la higiene bucodental.

Y este hombre tenía unos dientes perfectos, vamos, que se los cuidaba mucho.

—No me importa estar en el centro de la ciudad, me gusta, me suelo distraer mucho, pero si tengo que elegir, prefiero vivir en la tranquilidad de mi villa.

Normal, a cualquiera le gustaría vivir en un lugar como ese.

Por lo menos a mí, sí.

Me consideraba una persona urbanita en cierto modo, pero para vivir, me gustaba más la tranquilidad que aportaba estar a las afueras.

—Tiene que ser una pasada vivir en una zona así.

Cogí la nueva bebida que me habían dejado, después de que Leandro la pidiera, para darle un sorbo.

Me había gustado mucho, tenía su punto de amargor.

Era lo bueno que tenía, que me podían gustar mucho los sabores dulces, pero los salados o, en este caso, los amargos, también me gustaban.

—No todo el mundo aguanta tanto silencio.

En eso tenía razón.

Había personas que, igual que no soportaban demasiado ruido, tampoco soportaban demasiado silencio.

—Lo sé, mi mejor amiga acabaría volviéndose loca.

Reí al recordar a Gema en el aeropuerto cantando el famoso estribillo de Laura Pausini con su tema, Se fue .

La hija de su madre hizo que todo el aeropuerto se nos quedara mirando mientras mi padre negaba con la cabeza y se tapaba el rostro con una mano.

Madre mía, cómo iba a echar de menos a mi loquilla.

—Parece que has recordado algo gracioso de ella.

Sí, mejor pensar en ella y no darle más vueltas a lo que me podría hacer esa boca y esas manos.

De pronto me había entrado hasta calor.

—Gema es todo un personaje.

No me sonrías más, por favor .

Dije en mi mente.

—Si lo dices, no lo pondré en duda. ¿Te apetece comer aquí o prefieres que te lleve a uno de mis restaurantes favoritos? Desde ya te digo que no es uno de los más famosos, pero sí es donde hacen la mejor pasta de toda Florencia.

Se me hizo la boca agua solo de pensar en comer un buen plato de pasta.

Sabía que durante este tiempo iba a comer pasta hasta por las orejas; bueno, solo eso no, porque había mucha variedad y la gastronomía italiana era una de mis preferidas.

—Venga, acepto tu ofrecimiento.

Llamé al camarero para que se cobrara las copas que nos habíamos tomado.

—De ningún modo, pago yo.

Dijo Leandro, sacando su tarjeta.

—En tus manos está: si pagas las copas, pago yo la comida, pero las dos cosas no las vas a pagar tú.

Era bonito el detalle de que un hombre te invitara, pero me parecía excesivo, sobre todo teniendo en cuenta que nos acabábamos de conocer.

—Como no quiero que nos llevemos mal, te voy a dejar que pagues aquí, pero que sepas que no estoy de acuerdo.

Le sonreí como diciendo: «Me he salido con la mía».

Junto con esa sonrisa le guiñé un ojo.

Que no fuera a tener nada con él, nada más conocerlo, no significaba que hiciera el intento de ligármelo, no hoy, pero sí que quisiera volver a verlo y poco a poco, quizás pudiera tener algo cercano, que no digo una relación.

Esas son cosas muy distintas.

Pagué con la tarjeta y saqué algo de efectivo para dejar una propina, siempre me gustaba hacerlo.

Mis padres me habían enseñado a ser agradecida, a pesar de haber nacido en una familia muy acomodada.

Me fue llevando por unos callejones que, como dijo él, eran mucho menos transitados por los turistas.

Desde luego, no había nada mejor para conocer una ciudad que llevando de guía a alguien de la zona.

Eran calles estrechas, pero se podía notar su seguridad y lo bien cuidadas que estaban.

Me llevó hasta la puerta de un restaurante con una fachada muy pequeña, pero que al entrar podía ver cómo se ampliaba.

Que era cliente fijo de aquí me lo dejó claro cuando saludó al que supuse que era el dueño.

Ese señor nos acompañó a un patio interior, porque sí, parecía un patio típico andaluz, esos que estaban llenos de macetas con flores.

Aunque bien era cierto que en toda Italia era también muy típico adornar los balcones, terrazas o patios con plantas.

Este patio en concreto estaba lleno de geranios, pero sobre todo la planta que más predominaba era el lirio.

—Es como estar en un patio típico de Andalucía.

No pude evitar expresar.

—También es muy típico de aquí.

—Lo sé, pero como soy de allí, no he podido evitar compararlo con uno de allí.

Giulio, que así era como se llamaba el dueño del restaurante, nos acompañó hasta una de las mesas.

Me dejé llevar por la pasta que me aconsejaron.

De todos modos, sabía que me iba a gustar; era de buen comer y me solía gustar todo, eran pocas las comidas que no me gustaban.

Y mucho menos lo iba a rechazar ante alguien que no fuera mi familia.

De eso se habían encargado muy bien mis padres: no había mayor falta de respeto que no comer un plato que te ofrecieran en una casa ajena o en un restaurante.