Nos queda mucho por vivir Capítulo 4
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Capítulo 4

Leandro

Me senté en la terraza de un restaurante de la Piazza della Signoria.

A veces, cuando tenía algo de tiempo libre como en este momento, me gustaba sentarme allí y tomar tranquilamente mi copa de vino chianti classico.

Me relajaba mucho ver el trasiego de personas pasar de un lado a otro, haciendo fotos sin parar.

Giré la cabeza hacia la derecha y vi que justo en esa mesa había una rubia que no paraba de mirarme; lo hacía de forma disimulada, pero a mí no me la daba.

Sabía lo que provocaba en las mujeres y lo que llamaba la atención.

Era un hombre alto, con muy buen cuerpo, ya que me gustaba cuidarme mucho, moreno con unos ojos marrones oscuros, y con mi barba de tres días, eso sí, siempre bien cuidada.

Y si le sumaba que me gustaba vestir bien, ese era el resultado de llamar tanto la atención.

Aunque estuviera mal que lo dijera yo, era bastante atractivo y sí, me lo tenía creído porque no era para menos.

Con treinta y seis años, sabía muy bien lo que provocaba en el sexo contrario.

Eso no quería decir que cuando veía a una mujer como la que estaba viendo ahora, no provocara lo mismo en mí, porque esa mujer estaba para comérsela despacio, degustando cada parte de su cuerpo.

Era mucho más joven que yo, no sabría decir la edad exacta, pero mínimo tenía unos siete u ocho años menos.

Madre mía, lo que podría hacer con alguien como ella.

No tenía pareja y no le debía nada a nadie, por lo que, si me salía bien la jugada de las miradas, podría hacer que terminara sentada en mi mesa y si todo iba bien, tal vez también lo hiciera en mi cama.

Que empiece el juego .

Me dije.

La miré directamente, y en cuanto ella me devolvió la mirada, levanté mi copa como diciéndole: «A su salud».

Creía que la chica se iba a avergonzar, pero me equivoqué. En cuanto ella levantó su vaso para devolverme el saludo, me demostró que en un principio me engañó con sus miradas de reojo.

—Muy buena elección para tomar como aperitivo.

Le dije, señalando la bebida que estaba tomando.

No a todo el mundo le gustaba el Negroni, no a todo el mundo le gustaba la mezcla de las tres bebidas con la que estaba compuesto.

El Negroni era un cóctel refrescante e idóneo para tomarlo como aperitivo; estaba hecho a base de ginebra, Campari amargo y vermut rojo.

Se solía servir en un vaso con hielo y con una rodaja de naranja.

—Quería probar una bebida típica de aquí y la verdad es que me ha gustado mucho.

Vaya, no era florentina.

—¿Y te está gustando la ciudad hasta ahora?

Supuse que no llevaba mucho tiempo aquí, ya que había dicho lo de probar la bebida.

—Me está encantando, al menos lo poco que he visto hasta ahora, que tampoco es que haya sido mucho.

Me gustó mucho la soltura con la que me habló.

—¿Y has venido para mucho tiempo?

Rio.

No sé qué le hizo gracia, pero el caso es que rio con mi pregunta.

—Perdona, me he reído por lo del tiempo, no por ti. He venido para un año, la semana que viene empiezo un máster.

Un año por aquí…

La de veces que podríamos jugar bajo las sábanas si ella quisiera.

—Interesante…

Murmuré más para mí que para ella.

—¿Eres de aquí o, como yo, también eres turista?

Me humedecí los labios antes de contestarle.

Me di cuenta de cómo siguió el movimiento que hice con la boca; quizás por instinto o por efecto rebote, ella también lo hizo, provocando que creciera dentro de mí el deseo por atrapar esa lengua entre mis labios.

—Florentino desde que nací.

Cogí la copa y la hice girar entre los dedos, sin dejar de mirar a esa mujer.

¿Por qué me llamaba tanto la atención?

De su cuerpo no podía decir nada, ya que solo la había visto sentada, aunque parecía que lo tenía perfecto.

¿Que tenía un rostro precioso? Eso no lo podía negar, pero no era eso solo lo que me tenía interesado.

Tal vez sí lo hizo cuando la miré por primera vez, pero después de cruzar un par de palabras me llamó mucho la atención el desparpajo que tenía.

—¿Me podría decir cuáles son los rincones más bonitos que hay aquí? Por favor, que no sean los típicos donde van todos los turistas en manada.

Rio.

Fue una risa suave, de esas que llaman la atención, pero para bien.

Estaba claro que, mientras más hablaba con ella, más claro me iba dejando que esta mujer tenía clase y saber estar; solo había que ver el estilo con el que estaba sentada o cómo cogía el vaso para darle un sorbo.

—Si quieres, te puedo hacer un recorrido por las zonas más bonitas de la ciudad.

—No creo que fuese lo correcto, nos acabamos de conocer, ¿quién me dice que no estás loco y vas a hacerme algo?

No sabes bien todo lo que estaría dispuesto a hacerte...

Pensé.

—Supongo que no lo podrás saber hasta que lo descubras por ti misma.

Me miró con los ojos entrecerrados, como si lo estuviera valorando.

—A todo esto, no sé ni cómo te llamas, si quiero que algún día me enseñes algo de tu ciudad, qué mínimo que nos hayamos presentado en condiciones.

Me levanté de la silla, dejando que viera mi cuerpo, que lo recorriera con la mirada tal y como estaba haciendo; eso sí, ella lo hizo con elegancia, nada de ser descarada.

Me puse delante de ella, esperando a que se levantara para presentarnos tal y como suponía que ella quería.

Tenía una figura mucho más bonita de la que me había imaginado.

—Leandro.

Extendí mi mano esperando a que me diera la suya, si por mí hubiese sido, me habría presentado de otro modo, pero como no debía, me conformaría con coger su mano.

—Mucho gusto, Celia.

—¿Y de dónde eres, Celia? ¿Me puedo sentar contigo, o prefieres que sigamos hablando en mesas separadas?

Volvió a evaluarme con la mirada, parecía una mujer un poco desconfiada, que no digo que estuviera mal, todo lo contrario.

Estaba bien, nunca se sabía lo que podías encontrarte por el mundo.

—Soy española.

Que no concretara de qué parte de España era solo confirmaba mi teoría de que esta mujer no confiaba en todo el mundo.

—Claro, siéntate.

Me ofreció, finalmente.

Cogí la copa que tenía en la mesa en la que había estado sentado, y separé la silla que había frente a ella. ¿Podía haberme sentado a su lado? Sí, pero me gustaba sentarme de frente, así veía mejor las expresiones que ponía y, lo más importante, su mirada.

—Cuéntame, ¿sobre qué vas a hacer ese máster?

Me interesé.

—Es uno de orfebrería y diseño de joyas, pero lo voy a complementar con un curso de especialización en joyería; quiero aprender ambas técnicas.

Qué interesante…

—¿Así que te interesan las joyas?

Miré sus manos, cuello y orejas, tampoco es que llevara cosas excesivas, lo poco que llevaba puesto era fino y pasaba desapercibido.

—Sí, me gustan mucho, aunque mi carrera universitaria haya sido otra muy distinta.

—¿Y eso? ¿Has estudiado algo de lo que te has arrepentido?

Sonrió.

Y qué sonrisa más atractiva y bonita tenía.

—No, me gusta mucho lo que he estudiado; de hecho, es de lo que voy a trabajar, esto lo hago más como un hobby .

—Me tienes intrigado con tus estudios.

Volvió a sonreír.

—He estudiado un doble grado en ADE y Finanzas y Contabilidad.

—Vaya, te has preparado bien.

—Lo he intentado, siempre se me han dado muy bien los estudios.

Como había predicho, se notaba la educación y clase que tenía.

—Bueno, creo que ahora te toca a ti hablarme un poco de tu vida.

Aunque no me gustara hablar de mi vida privada, lo mínimo que podía hacer después de todo lo que me había contado era decirle parte de ella.

—Tengo un viñedo en las afueras de la ciudad, así que se podría decir que me dedico a producir mi propio vino.

—Vaya, no me esperaba eso. —Rio— ¿También hacéis visitas y catas de vinos?

—No, mi primo me lo ha sugerido varias veces, pero no estoy preparado para que un montón de desconocidos estén siempre merodeando por mi propiedad; soy muy posesivo con lo mío y con mi intimidad.

Se quedó un momento en silencio.

Era como si no supiera qué contestar.

Por lo que decidí dar otro paso más.

—Aunque a ti no me importaría mostrártelo y hacerte una cata de vino personalizada.

Sobre todo, si era para dejar caer unas gotas de vino sobre su cuerpo y saborearlo en él.

—Gracias, lo tendré en cuenta.