Capítulo 3
Celia
—¿Te estás quedando conmigo?
Gema había venido a verme cuando la llamé y le dije que tenía algo importante que contarle.
—No, pensaba que después de lo de anoche me iba a caer una bien grande y con toda la razón, porque hay que reconocer que se nos fue de las manos.
La hija de su madre comenzó a reírse con todas sus fuerzas.
—Perdona, tienes razón, es solo que me hace gracia que lo digas ahora, cuando anoche ni se te pasó por la cabeza.
Le tiré la servilleta que tenía junto a mí.
Daba igual que la persona que viniera a casa fuera como una más de la familia, que Manuela siempre arreglaba la mesa como si fuera a venir alguien de la realeza.
Se suponía que solo nos estábamos tomando un café, y cuando digo se suponía era porque es lo que íbamos a hacer, hasta que Manuela preparó una mesa con una merienda en toda regla.
—Anoche me dejé llevar por la emoción, pero si quiero irme un año a Italia, más me vale no volver a hacerlo más.
La mirada que me echó fue una de esas que decían: Eso no te lo crees ni tú.
—Te lo digo en serio, Gema. Me gustaría mucho hacer ese máster en Florencia.
Allí era donde mejor podía aprender la auténtica orfebrería artesanal. Me hacía mucha ilusión para en el futuro hacer nuevos diseños de joyas.
En la empresa, mi padre buscaba ir innovándose y no quedarse anticuado; es verdad que teníamos nuestra línea de joyas tradicionales, pero en los tiempos en los que estábamos, o te modernizabas e intentabas hacer nuevas cosas o no te comías nada.
—¿Qué voy a hacer un año sin ti?
—No seas tonta, puedes ir a verme siempre que quieras, además, mi padre me ha dicho que tengo que venir a casa, mínimo una vez al mes.
Que no me iba al fin del mundo, que iba a estar a dos horas y media más o menos en avión.
—No es lo mismo, aunque me puedo ir contigo unos meses.
La familia de Gema era también una familia que tenía mucho dinero; a la vista estaba que nos conocimos en el colegio donde nos llevaron nuestros padres y ese colegio no lo podía costear todo el mundo, por muy mal que sonara, esa era la realidad.
—Creo que de momento será mejor que no.
Como lo hiciera, mi padre no me iba a dejar ni loco.
Si era aquí y liábamos la que liamos anoche, como para confiar en que, estando en otro país, no lo íbamos a hacer mucho peor.
Lo mejor era llevarse bien con don Diego, ahora que había dado el paso de dejarme ir durante el máster.
—¿Por qué? Tus padres me quieren mucho.
Por supuesto que la querían.
—Claro que te quieren, pero también saben que juntas podemos ser más peligrosas que una caja de bombas.
Reí.
—La culpa es tuya, siempre eres la que me tientas.
—Serás mentirosa.
Solté una carcajada.
—No te ofendas, pero ante los ojos de mis padres siempre serás la tentadora.
Qué poca vergüenza tenía…
—Claro, porque es lo que les dices.
—Sí, pero ellos no lo saben.
Hala, y se quedaba tan tranquila después de reconocerlo.
—Eres una lianta de tres pares de narices, si yo era muy buena hasta que te conocí.
Frunció el ceño.
—Y lo sigues siendo, lo que pasa es que antes eras muy tonta y ahora eres un poco más espabilada.
—¿Qué dices, loca? Si nos conocemos desde que tenemos seis años.
Era imposible, siempre le tenía que sacar punta al lápiz.
—Pues lo dicho, si cuando te vi el primer día estabas dejando que se metieran contigo.
—Nunca me han gustado los enfrentamientos.
Ya que Manuela se había esmerado en poner una merienda en condiciones, lo mínimo que podía hacer era dar buena cuenta de ella.
Cogí un muffin de chocolate negro, lo corté por la mitad y, al ver ese chocolate fundido de su interior, se me hizo la boca agua.
—Celia, que te estaban dando por todo los lados.
Rio.
—Mmm… —tragué el bocado que le había dado— para eso estabas tú, para darles a ellos lo suyo y lo mío.
—Y lo de tu hermana también, si hacía falta.
No sé qué suerte había tenido siempre, que salía de todos los líos en los que se metía indemne.
—¿Qué pasa conmigo?
Ahí llegó la tercera en discordia.
—Joder, Inés, ¿qué es lo que te ha pasado?
La miré sin entender qué es lo que quería decir; yo veía a mi hermana como siempre, vamos, que no le veía nada raro ni fuera de lugar.
—¿Qué me ha pasado?
La pobre se empezó a mirar el cuerpo por si se veía algo raro.
—Tía, que te falta una extremidad.
Reí a carcajadas.
—Estás muy loca, Gema.
Se sentó en una silla a nuestro lado.
—Todo lo que quieras, pero reconoce que es muy difícil verte sin Oliver pegado a ti.
—No, si estoy aquí, lo que pasa es que he ido al baño.
Ahí fue cuando no me pude contener las carcajadas.
Y es que el pobre más inocente no podía ser.
—¿Ves? Lo que os decía, Pili y Mili, no pueden estar mucho tiempo separados.
Negué, intentando dejar de reír.
—No le hagas caso, Oliver, ya sabes cómo es.
Le dije a mi cuñado, tampoco quería que el pobre se sintiera mal.
—No te preocupes, ya la conozco.
—Cariño, ya sabes que la que habla es su envidia.
—Yo que tú me callaba.
Le advertí, aunque estábamos de broma y ninguno se iba a molestar.
Tanto mi hermana como su novio la conocían perfectamente y mi amiga a ellos también; no vayáis a pensar que le hablaba así a todo el mundo, ella sabía muy bien con quién hacerlo y en qué momento.
Parecía que Manuela había puesto merienda de sobra, y digo parecía porque desapareció todo.
Entre conversaciones, risas y recuerdos, porque yo no sé qué le pasó ese día a mi amiga, que le dio por recordar todos los momentos más apoteósicos que había tenido.
Creo que se dejó llevar por la emoción de saber que me iba a marchar, porque otro motivo no encontraba, o quizás fue la resaca que le estaba haciendo desvariar.
—Celia, dime que tu padre no te ha dicho que puedes irte.
Y ahí entraba mi señora madre en escena.
—Mamá, si vienes a preguntarme eso es porque ya te lo ha dicho papá.
—No te puedes ir allí sola, ¿y si te pasa algo?
Ella siempre iba pensando en lo peor.
—No me va a pasar nada, voy a estudiar.
Y a recorrerme todos los rincones de Florencia, pero eso mejor no se lo decía.
—Puedes hacer ese mismo máster a distancia.
Uy, uy, uy.
Como le diera por calentarle la cabeza a mi padre para que no me dejara ir, la íbamos a tener.
—Sabes que no es lo mismo, allí están los mejores orfebres y eso no se aprende a través de una pantalla.
Tenía que hacerla entrar en razón sin llegar a discutir, porque como se pusiera en plan cabezota, me iba a tocar llevar todas las de perder.
—Mamá, que tiene veintiséis años.
Inés intentó hacerla entrar en razón.
—Como si tiene cincuenta, es mi niña y no quiero que se vaya tan lejos.
Me levanté de la silla para acercarme a ella y abrazarla.
—Mamá, voy a estar viniendo cada poco y vosotros también iréis. No me va a pasar nada.
—Eugenia, hazte la idea de que se ha casado y dentro de un año se va a divorciar.
Hala, lo que faltaba.
Desde luego que a Gema era para que la mataran.
—Eso, tú ayuda, que se te da de lujo.
Le dije, dándole una colleja.
—Ay, que no he dicho nada malo, es la verdad. ¿Qué harías si te casaras?
—Si se fuera porque se casase, me quedaría tranquila porque sabría que no estaba viviendo sola en una casa.
Mi madre era otra para que le dieran en mitad de la frente.
—Mamá, lo que acabas de decir no tiene lógica, ¿y si su marido fuera un hijo de su madre?
No, si ya me veía yo asesinada por un supuesto marido.
Entre las cosas de una y de las ocurrencias de las otras, iban las tres apañadas; el único que se salvaba era mi cuñado.
Si al final iba a ser más listo de lo que pensaba, mira cómo no se metía en una conversación de cuatro mujeres y no lo digo porque fuéramos cuatro mujeres, lo decía por el tema de conversación que estábamos teniendo.
—Si pasara eso, yo mismo me lo cargaba.
Sentenció.