Capítulo 2
Celia
—Me encanta la manera tan bonita que tenéis las dos de quererme.
Señalé a mi hermana y a Manuela.
—Cariño, es que no te acuerdas, pero tu padre estaba en la primera planta apoyado en la barandilla viendo cómo subías, o más bien hacías el intento de subir.
Dejé caer la frente sobre la mesa dándome pequeños golpecitos con ella.
Menuda la has hecho, Celia.
Me dije a mí misma.
—Tómate el café y ve a ver qué es lo que quiere papá, cuanto antes cojas al toro por los cuernos, mejor.
Sonreí sin levantar la frente de la mesa.
—Niña, no le digas así a tu padre, que como de oiga tu madre, te vas a llevar una bronca peor que la que le espera a tu hermana.
—Manuela, que es solo una expresión.
De pronto, no escuché hablar a ninguna de las dos y mira que eso era raro.
Porque esas dos hablaban hasta por los codos cuando estábamos las tres a solas en la cocina.
Fui levantando la cabeza poco a poco y no me encontré con ellas, no, al que vi fue a mi padre, de pie a mi lado y con los brazos cruzados sin apartar la mirada de mí.
—¿Te duele la cabeza?
Me preguntó serio.
Me puse recta en la silla de inmediato y mirando por encima del hombro de mi padre, por si veía a esas dos traidoras, desertoras.
No las vi, como era normal, habían huido con el rabo entre las piernas.
—No, estoy bien.
Intenté poner mi sonrisa de niña buena.
—A mi despacho.
Acompañó esas palabras con un movimiento de cabeza, señalando la puerta de la cocina.
Me levanté sin ganas, pero lo hice, cualquiera no lo hacía.
Eso sí, mi taza de café me la llevé conmigo; a ver, ¿quién era el guapo que me quitaba el primer café del día?
Con ella entre los dedos, fui detrás del hombre que me había engendrado.
Que, a pesar de los años que habían pasado desde que lo hizo, el hombre tenía muy buen porte.
No era para menos, estaba segura de que antes de mandar a mi hermana para que me llamara, había salido a correr haciendo mínimo sus diez kilómetros.
—Cierra la puerta y siéntate, Celia.
—Papá…
—No me vengas con papá.
Me cortó.
—Es que no entiendo a qué viene todo esto esta mañana.
Murmuré con resignación.
—¿Que no entiendes a qué viene? ¿Te lo tengo que decir? Creía que tenía una hija inteligente.
Uy, que me dijera tonta, sí que no.
—Y lo soy, mucho más que la media del país.
—Pues no lo pareces cuando haces este tipo de cosas.
Dio un manotazo sobre la mesa.
—He estudiado hasta dejarme las pestañas en los libros, siempre me he portado bien, no tienes quejas de mí, pero para ti parece que nada de lo que haga es suficiente, siempre quieres más.
Se podían contar con los dedos de una mano las veces que le había llevado la contraria a mi padre.
Normalmente, me comía su bronca en silencio y no abría la boca para nada, pero hoy no iba a ser ese día.
—¿Y crees que no lo sé? Pero no puedes hacer las cosas que hiciste anoche.
Al final mi hermana iba a tener razón con lo del toro; lo digo porque no veáis el resoplido que soltó.
—Papá, es que no hice nada, solo salí con mi mejor amiga.
—Celia, ¡que llegaste borracha! No pasada de copas, sino completamente borracha, te tuve que ayudar a subir las escaleras.
—Pues tampoco bebí como para eso, a lo mejor me sentaron mal las copas.
Mentira, pero en ocasiones como estas valía cualquier cosa con tal de librarme un poco de la bronca.
Me miró de esa manera que tan bien hacía él.
Era una de esas miradas, que más que mirada parecía un escáner, como si con ella pudiera leer hasta el último pensamiento que se me pasaba por la cabeza.
A todo esto, ¿cómo llegué anoche a casa?
Tenía que llamar a Gema y preguntarle, porque no tenía ni la más remota idea.
—Celia, que he tenido tu edad.
—Ja, acabas de reconocer sin darte cuenta que tú también hacías lo mismo que yo.
Toma ya, lo había pillado.
Intentó ocultar una sonrisilla, fracasando como era evidente, porque si él nos conocía a mi hermana y a mí, yo también lo conocía muy bien.
—Los tiempos han cambiado, antes se respetaba más. ¿Sabes todo lo que te puede pasar en un descuido? Celia, que te podían haber echado algo en la bebida para drogarte y hacer contigo lo que les dieran la gana.
—Pero no lo hicieron.
En eso tenía razón mi padre, pero no iba a dársela ni muerta, por lo menos en esta ocasión.
—Porque Enrique lo evitó.
—¿Mandaste a seguirme a Enrique?
No me lo podía creer.
Lo había vuelto a hacer.
—Claro que sí, fue él quien llevó a Gema a su casa y te trajo a ti.
Increíble, lo de mi padre era increíble.
—Me prometiste que no lo ibas a mandar más a seguirme.
Puse la taza sobre su mesa.
De la impotencia que sentía tenía hasta ganas de llorar.
—No voy a poner en riesgo la vida de mi hija, cuando me acaba de demostrar que no puede cuidarse ella misma.
Me limpié una solitaria lágrima.
—Las promesas se hacen para cumplirlas.
Me levanté de la silla, no pensaba quedarme ni un segundo más.
—Si él no hubiese estado allí, sabría Dios lo que os podía haber pasado.
Podía entender su postura, era normal que se preocupara por mi bienestar, pero él tenía que entender que también necesitaba que me dejara respirar un poco, no podía estar vigilada constantemente.
—Sabes que nunca bebo de esa manera, puede que me tome alguna que otra copa cuando he salido con Gema, pero nunca hasta el extremo de anoche. Reconozco que me pasé y ahí te doy la razón, pero es que la mayoría del tiempo me siento asfixiada.
—Cariño —cuando me llamaba así significaba que el enfado se le había pasado un poco—, entiendo cómo te sientes, pero debes ser consciente de todo lo que tienes a tu alrededor.
Lo era mucho más de lo que él se podía imaginar.
Sabía que siempre tenía que ir con mil ojos puestos a mi alrededor, estudiar bien donde podía entrar, las personas que iban a esos lugares.
Era mucho más consciente de lo que él pensaba.
—¿Y por qué no dejas que me vaya a otro país?
Se lo había pedido varias veces, aunque era mayor de edad y me podía ir donde quisiera, nunca lo haría.
No porque acatara todo lo que me decía mi padre, no lo hacía porque no quería perder a mi familia, para mí eran lo más importante que tenía en la vida.
Era verdad que mis padres siempre habían sido estrictos con mi hermana y conmigo, pero también sabía que lo eran porque querían lo mejor para nosotras, que miraban por nuestro futuro, por muy resuelto que lo tuviésemos.
—Celia, ya lo hemos hablado muchas veces, eres tú la que siempre ha dicho que quiere llevar el negocio familiar.
Mi familia era dueña de una de las mayores firmas de joyería de todo el país.
Teníamos tiendas repartidas por todo el país; como he dicho, éramos una de las mayores firmas y por ese mismo motivo estábamos en el punto de mira de algunos desgraciados.
De hecho, más de una vez mi familia había recibido amenazas, sobre todo, desde que mis padres nos habían tenido a nosotras, porque desde entonces esas amenazas se habían dirigido hacia Inés y hacia mí.
—Y quiero dirigirla, pero también quiero tener un poco de libertad, aunque solo sea unos meses, pero quiero ir a algún lugar donde no me conozca nadie.
Era uno de mis sueños.
Vivir unos meses sin ser el objetivo de nadie, solo siendo yo misma.
Podía aprovechar e ir a Italia y hacer allí un máster de diseño de joyas.
Yo había estudiado Dirección y Administración de Empresas para lo mismo, para saber dirigirla cuando el día de mañana pasara a manos de mi hermana y mía, pero siempre se me había dado muy bien el dibujo y muchas veces había diseñado joyas que habían sido de mucho éxito.
—Tienes un año.
¿¡Qué!?
Tenía que haber escuchado mal.
Mi padre no podía haber cedido tan rápido.
—¿Me lo dices en serio? Papá, no digas eso para después decirme que no.
—Te lo digo de verdad, pero vas a tener unas serie de condiciones.
Me podía pedir lo que quisiera, que iba a aceptar encantada.
—Lo que quieras, te prometo que voy a cumplir todo lo que me pidas.
Dios, no me lo podía creer, me iba a marchar.
Iba a echar mucho de menos a mi familia, pero iba a vivir un sueño.