Nos queda mucho por vivir Capítulo 1
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Nos queda mucho por vivir

Nos queda mucho por vivir

Por Sarah Rusell

© inepub.com

Capítulo 1

Celia

—Celia, papá dice que vayas a su despacho.

Mi padre no podía mandarme a llamar un poco más tarde, no, él tenía que hacerlo un domingo a las ocho de la mañana.

Resoplé con resignación.

A saber qué quería.

—Dile que bajo en cuanto me duche.

Cualquiera no se presentaba ante don Diego con buen aspecto.

—No tardes, porque parecía que estaba un poco enfadado.

—Pues yo no he hecho nada.

Me levanté de la cama con un poco de pereza.

Y es que anoche salí de fiesta con Gema, y lo que en un principio iba a ser una simple salida para tomar unas copas, se convirtió en una juerga de esas que quedaban para la posteridad.

—¡Que no dices!

Rio.

—Inés, te digo que no he hecho nada.

Inés tenía cinco años menos que yo.

Aunque éramos hermanas, no nos parecíamos ni en el blanco de los ojos, y no lo digo por la forma de ser, que eso era evidente, es que no nos parecíamos ni físicamente.

Mientras que ella era morena con ojos verdes, yo era castaña con los ojos marrones, pero de un marrón de esos que llamaban la atención, no de esos comunes que pasaban desapercibidos. Vamos, que, de las dos, la guapa que llamaba la atención era Inés.

Y que conste que no me importaba en absoluto.

Quería a mi hermana por encima de todo y era capaz de hacer lo que fuera por ella.

El caso es que mis padres le daban un poco más de respiro a ella, por eso de ser la menor, estar todavía centrada en sus estudios y encima tenía novio, con el cual llevaba tres años.

En cambio, yo había terminado mis estudios y, aunque ahora estaba haciendo un máster, mis padres no me dejaban casi ni respirar.

Entre eso y que me gustaba salir de vez en cuando con Gema, que no tenía novio ni pensamientos de tenerlo, no me los quitaba de encima.

A saber qué era lo que quería hoy mi señor padre.

Ojo, con esto no quería decir que no fueran buenos padres, porque lo eran, simplemente eran un poquito estrictos y mira que ya tenía mi edad, pero como decían ellos:

Mientras vivas en nuestra casa, se acatan nuestras normas.

—Pues por lo poco que he podido escuchar cuando estaba hablando con mamá, es que le había llegado a su poder ciertas fotos de su hija, dándolo todo en la pista de baile.

Me llevé las manos a la cabeza.

Menuda me iba a caer.

—A ver si tampoco voy a poder bailar.

Murmuré, de camino al baño.

Dejé la puerta abierta mientras me quitaba el pijama y me metía debajo de la ducha.

Total, tanto mi hermana como yo, estábamos acostumbradas a vernos como nuestra madre nos trajo al mundo.

—No creo que sea porque bailaras, tal vez es por cómo lo hiciste.

La hija de nuestra madre estaba disfrutando lo más grande con todo esto.

—¿Qué quieres que te diga? No me acuerdo de cómo lo hice; bebí más de la cuenta.

Era la verdad, de nada valía que pusiera excusas.

—Si te hubieras comportado como una «señorita» —recalcó la palabra señorita—, no tendrías problemas esta mañana.

Abrí un ojo para mirarla, mientras me aclaraba la espuma del pelo.

—¿Por qué tienes que ser tan perfecta? Si fueses más como yo, las broncas las compartiríamos y no me caerían solo a mí.

Negué con la cabeza.

—No soy perfecta y lo sabes, tú tienes muchos más estudios que yo.

—Porque eres cinco años menor que yo.

—Sabes que no es por eso, aunque tuviera los mismos que tú, no soy tan buena estudiante.

Sí que lo era, lo que le pasaba es que se tenía que esforzar un poco más que yo; a mí se me quedaban las cosas con mayor facilidad en la cabeza.

Por eso mismo demostraba que era más responsable que yo, porque ella le tenía que echar a los estudios muchas más horas.

Y con esto no quiero decir que yo no fuera responsable, porque lo era, solo que de vez en cuando me gustaba salir con mi mejor amiga.

¡Coño, que solo tenía veintiséis años y no hacía nada malo!

Bueno, beber un poco más de la cuenta, pero eso solo pasaba en contadas ocasiones.

Era buena estudiante, buena hija, me comportaba bien.

De verdad, no sabía qué más querían de mí.

Salí de la ducha envolviéndome en una toalla, cogí otra para ponérmela en el pelo y fui hacia el vestidor, con mi hermana siguiéndome hasta allí.

Cogí la ropa interior de uno de los cajones del vestidor.

En casa teníamos a Manuela, que se encargaba de todo: la limpieza, la ropa, la comida… Vamos, que llevaba la casa a la perfección.

Pero como yo era un poco maniática con mi ropa, le había dicho que me la dejara siempre sobre la cama, que yo me encargaba de colocarla en su sitio.

Me gustaba tener el vestidor organizado por colores, eso, entre otras cosas, porque tampoco podía con los cajones de la ropa interior.

En eso sí es verdad que era mucho más organizada que mi hermana, eso a ella le importaba un pimiento.

Yo no podía ver un tanga en el cajón de las bragas, era superior a mí.

Sabía que era una manía, pero como era mía, pues ahí se iba a quedar, total, no le hacía daño a nadie.

Para ese día elegí unos pantalones chinos, pero de los que eran un poco más pegados al cuerpo y que llegaban justo a las espinillas.

Los escogí en color beige; para la parte de arriba, una camisa de rayas celestes y blancas. Era un poco holgada, pero a mí me encantaba cómo me quedaba.

Me la solía poner abierta con un top del mismo color que los pantalones.

Me gustaba mucho el conjunto que hacía y mucho más cuando lo hacía casual al ponérmelo con unas deportivas blancas.

Le solía meter un cinturón marrón y, para completar el conjunto, la joyería era dorada.

—De mayor quiero ser como tú.

Dijo Inés mientras observaba cómo me arreglaba.

—Eres mejor.

Para mí, siempre iba a ser mucho mejor y me importaba poco que ella dijera lo contrario.

—No tengo tu buen gusto para la ropa.

La miré a través del espejo negando con la cabeza.

—Porque no te interesa.

No es que mi hermana vistiera mal, es que simplemente no le daba tanta importancia como yo, o que era menos presumida.

De todos modos, Inés con poco que se pusiera siempre estaba espectacular.

En el cuerpo era en lo único que nos podíamos parecer un poco más, con la pequeña diferencia de que yo tenía un poco más de pecho y trasero que ella.

—Tú tienes que esmerarte para buscar pareja y yo ya la tengo.

Me guiñó el ojo.

Qué equivocada estaba en ello.

—Qué graciosa estás esta mañana; pues para tu información, si no sigues manteniendo la atracción, cuando menos te lo esperes, Oliver estará mirando a otra.

Que no era el caso, porque Oliver estaba totalmente enamorado de ella, igual que mi hermana lo estaba de él.

Me sequé el pelo con el secador y lo dejé suelto.

Como no tenía pensado salir de casa, no me molesté en ponerme maquillaje, solo la máscara de pestañas y un poco de brillo labial.

Eso sí, nunca me podía faltar el perfume; aunque me duchara para irme directamente a la cama, jamás me iba sin ponerme un poco.

—¿Podré tomarme un café antes?

Le pregunté a mi hermana, no para pedirle permiso, se lo pregunté porque ella había visto de qué humor se encontraba mi padre.

—Tómatelo tranquila, yo te cubro.

Uy, eso me sonó a que la cosa estaba mucho peor de lo que me imaginaba.

—No quiero ni pensar cómo me va a poner la cabeza.

Rio.

—Es que te las buscas tú sola.

Capulla , pensé.

Le saqué la lengua igual que cuando ella me la sacaba a mí, cuando era más pequeña.

—Buenos días, Manuela.

Me acerqué a ella por la espalda, abrazándola y dándole un beso en la mejilla.

Quería a Manuela como si fuera mi madre, o más bien, mi segunda madre.

Llevaba trabajando para mis padres desde antes de yo nacer, ella había sido la que se había encargado de nuestro cuidado cuando mi madre no había podido hacerlo por trabajo.

—Buenos días, mi niña. ¿Cómo has dormido?

Muy graciosa ella.

—A pierna suelta.

Negó con la cabeza.

—Pues cuando llegaste anoche, parecía que ibas andando con las piernas enredadas.

—Uy, de eso no me acuerdo. ¿Me das un paracetamol?

Le pedí, poniendo cara de niña buena.

—Sí, será mejor que te lo tomes, porque, agárrate a lo que te espera.

Me dio la pastilla sin ocultar la sonrisa.

¿Por qué les hacía a todos tanta gracia que mi padre me echara la bronca?

Anda que tenía buenos aliados.

Pensé con ironía.