Norland Capítulo trigésimo noveno La graduación y el vislumbre #3
96%

Capítulo trigésimo noveno La graduación y el vislumbre #3

La luz de media mañana resplandecía sobre la entrada principal de la finca de Halberd Hall.

Un gran carruaje negro se detuvo y de él descendió el conde de Harrington, impecablemente ataviado con abrigo formal y guantes.

Tras él apearon Charles y su hermana Georgina, ambos deslumbrantes con sus atuendos de boda.

—Tío Peter —le saludó Charles—. La finca luce magnífica.

Lord Peter, marqués de Halberd Hall, le estrechó la mano.

—Hemos tenido un buen jardinero y una razón aún mejor para ponernos a punto.

Georgina dedicó una cálida sonrisa a lady Catherine.

—Todo parece sacado de una novela, tía Catherine.

—Cabe esperar que tenga un final más feliz que el de la mayoría de las novelas —replicó con compostura lady Catherine, con una leve sonrisa rozándole los labios.

✽✽✽

En el dormitorio de lady Rose, la joven permanecía sentada ante su tocador, observando cómo Annie prendía con destreza unas flores de color rosa pálido en sus rizos. Su reflejo devolvía una estampa mezcla de júbilo y melancolía.

—Lo voy a echar de menos, Annie —confesó lady Rose con voz suave.

—Seguirá siendo su hermano, mi lady —la consoló amablemente Annie—. Solo que ahora con esposa.

—Pero no será lo mismo —porfió lady Rose.

Annie concluyó su tarea.

—Nada vuelve a ser igual después de una boda. Pero a veces, las cosas mejoran.

Lady Rose esbozó una sonrisa tenue e insegura, aceptando la inevitabilidad del cambio.

✽✽✽

Sobre los meticulosamente cuidados jardines de la finca de Halberd Hall, un arco floral coronaba un altar provisional cobijado bajo un pabellón drapeado de color blanco.

Hileras de sillas eduardianas blancas se extendían por el césped con perfecta simetría a la espera de la llegada de la flor y nata del reino.

Los sirvientes se desplazaban con urgencia silenciosa realizando los últimos ajustes en las cascadas de arreglos florales y comprobando que cada servicio de mesa cumpliera los exigentes estándares de lady Catherine.

El esplendor total de la escena constituía un testimonio del poder del apellido Kingswell; el enlace estaba a solo unos instantes de dar comienzo.

✽✽✽

Al otro lado del valle, en la finca Fairfax, la suave luz matutina se filtraba a través de unos cortinajes azul pálido hasta el dormitorio de Gwendoline.

Radiante con su enagua de novia de seda en tono marfil, Gwendoline aguardaba con aplomo ante su tocador.

Su doncella trabajaba con dedos ágiles rizando su larga cabellera castaña y fijando delicadas flores blancas en la coronilla.

A pesar de su quietud externa, los dedos de Gwendoline retorcían nerviosos un pañuelo de encaje sobre su regazo.

—¿El encaje asienta bien sobre el velo? —preguntó con voz trémula por el peso de la mañana.

—A la perfección, señorita. Está hecha una visión —contestó la doncella.

La puerta chasqueó al abrirse y Cecily irrumpió con un brillo travieso en la mirada. Ataviada ya con su traje eduardiano de color melocotón y sus delicadas mangas abullonadas, encarnaba a la perfección a la precoz hermana menor.

—Me alegra ver que por fin está lista —se burló Cecily—. Me estaba aburriendo mucho esperando abajo. Tiene un aspecto terriblemente pálido, Gwendoline. ¿Acaso los nervios hacen por fin acto de presencia?

—Un poco. Al fin y al cabo, es un día trascendental —respondió Gwendoline con una leve sonrisa en los labios.

La sonrisa de Cecily se ensanchó mutando en algo mucho más travieso.

—Ya sé lo que vais a hacer esta noche —susurró.

—¡Cecily! —exclamó Gwendoline con el rostro enrojecido de golpe en un carmesí intenso.

—¡Lo escuché todo! —tauró Cecily con retintín mientras se alejaba bailoteando del tocador.

—¡Oh, no, desde luego que no vas a hacerlo! —gritó Gwendoline levantándose de la silla alarmada—. ¡Todo Norland sabrá exactamente lo que la nueva lady Halberd Hall está a punto de descubrir!

Cecily soltó un chillido de risa mientras esquivaba la pesada cama con dosel. Se lo voy a decir a todas las niñas de la escuela.

—¡Cecily! ¡Te voy a matar! —bramó Gwendoline atrapada en un revuelo de seda y risas pánicas al lanzarse en persecución de su hermana por la estancia.

El caos se truncó cuando la puerta se abrió de par en par. La señora Fairfax se plantó en el umbral, una imponente figura envuelta en seda verde esmeralda y luciendo un formidable sombrero adornado de plumas.

—¿Qué diablos está pasando aquí? —exigió con voz cortante como el chasquido del frío invernal—. Gwendoline, deja de comportarte como una cría ahora mismo. Te casaras en una hora.

Jadeante y sofocada, Gwendoline atrapó a Cecily del brazo.

—Tienes que culparla a ella, madre. Se está poniendo imposible.

—Las dos vais a arruinaros los vestidos antes siquiera de llegar al carruaje. Cecily, fuera de esta habitación inmediatamente —ordenó tajante la señora Fairfax.

Volvió después su aguda mirada hacia la hija mayor.

—Gwendoline, el carruaje parte en veinte minutos. Te quiero abajo: compuesta, silenciosa y lista.

Cecily se escabulló hacia el tocador lanzando un último guiño por encima del hombro.

—Estaré en el salón esperando a que estalle el escándalo.

Al cerrarse la puerta con un clic, Gwendoline exhaló un largo suspiro y retornó a su asiento, mientras el peso de la ceremonia volvía por fin a anclarle el corazón.