Norland Capítulo vigésimo noveno La convocatoria del rey
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Capítulo vigésimo noveno La convocatoria del rey

Las grandes verjas de hierro del palacio de Greyminster se abrieron de par en par, permitiendo que el automóvil real penetrara bajo el cielo gris e invernal.

Walter Kent fue el primero en descender sobre los adoquines del patio para abrirle la puerta al príncipe Henry, quien se quitó los guantes con calma y elegancia practicada, seguido por lord Charles Kingswell.

No había lacayos formados ni heraldos que anunciaran su regreso; el ambiente era contenido, aunque desprendía una majestuosidad incuestionable.

Tan solo una pequeña figura aguardaba en las escalinatas del palacio: el príncipe William, envuelto en un abrigo de lana azul marino y con las mejillas sonrosadas por el frío. Sus ojos brillantes se iluminaron de inmediato al avistar a su hermano.

—¡Henry! —exclamó corriendo hacia él.

Henry esbozó una sonrisa y la máscara de compostura que lucía en público flaqueó por un instante.

—¡Will! ¿Qué pasa, no hay desfile? —Se inclinó ligeramente, abandonando la reserva cortesana, para abrazar con fuerza a su hermano pequeño.

Intercambiaron un abrazo genuino y cerrado, uno de los escasos momentos en los que asomaba la calidez auténtica de Henry.

—¡Te he echado de menos! Cuando te escribí, solo respondiste una vez.

—Caerwyn es... un caos —confesó Henry en voz baja—. Pero me acordé de ti todos los días.

Antes de que Will pudiera replicar, las pesadas puertas del palacio se abrieron de golpe. El rey Edward de Norland se hallaba en lo alto de los peldaños con el atuendo formal de invierno de la corte, una imponente figura de severa autoridad con una expresión indescifrable.

—Henry.

La palabra fue tajante y desprovista de emoción, arrastrando el peso del mando a través de la fría piedra.

Los muchachos se enderezaron al instante. Will se apartó raudo del lado de su hermano. Walter Kent hizo una profunda reverencia. Charles se quitó el sombrero a toda prisa, acomodándoselo bajo el brazo.

—Padre —respondió Henry con la misma formalidad, endureciendo el rostro al reasumir el papel de heredero obediente.

—En privado. Ahora.

Henry le siguió sin pronunciar palabra. Atravesaron los pasillos de mármol en un silencio tenso, con las pisadas de ambos miembros de la realeza resonando contra el suelo pulido.

Entraron en el estudio privado del rey, donde una hoguera ya crecía con fuerza en la chimenea.

El rey Edward de Norland cerró las pesadas puertas con un ademán firme y rotundo, encerrándolos para el enfrentamiento.

✽✽✽

El estudio privado del rey era una imponente estancia real revestida de madera oscura, pesadas cortinas de terciopelo y un silencio casi sofocante.

El rey Edward de Norland caminó hacia la alta chimenea sin llegar a tomar asiento; permanecía erguido y rígido como una estatua, con la espalda vuelta hacia su hijo.

El príncipe Henry se mantenía seco y recto, con las manos cruzadas a la espalda y la mandíbula tensa bajo una rebeldía cuidadosamente contenida.

—Apenas llevas cinco minutos de regreso en el país —comenzó el rey con voz fría y plana—, y ya me han llegado noticias de tu comportamiento.

—Con el debido respeto, ¿qué comportamiento? —replicó Henry con voz medida y firme.

El rey se giró bruscamente, su imponente figura dominando la estancia de inmediato. —Caerwyn no es un burdel, Henry. Ni una taberna. Y desde luego no es el lugar para que el heredero al trono se entregue a la bebida, las cartas y cualquier mujer que le sonría.

—No he jugado a las cartas —respondió Henry en voz baja.

—No insultes mi inteligencia.

La voz de Henry ganó firmeza, aunque sin perder el respeto. —Juro por mi honor que jamás he tocado las cartas. Bebida y... otros asuntos, sí. Pero ni deudas ni deshonra.

El rey acortó la distancia; su mirada era implacable.

—Lo que haces es una deshonra. No eres un estudiante de derecho.

Eres el futuro rey de Norland. Tus compañías se mencionan en susurros.

Lord Charles Kingswell es tu sombra. Y Walter Kent...

Walter Kent tiene que aguardar ante tu puerta como un lacayo, esperando mientras tú dilapidas la dignidad por las faldas de una cualquiera.

Henry luchó por mantener el dominio de sí mismo. —Tú asignaste a Walter Kent para que estuviera conmigo, no como doncella. Es mi protector, no mi confesor.

—Confiaba en que Caerwyn templara tu carácter —prosiguió el rey con tono peligrosamente calmo y bajo—. En cambioy solo ha servido para nublarte el escaso juicio.

¿Entonces para qué demonios me enviaste? —espetó Henry, a punto de tragarse las palabras antes de que el orgullo pudiera más que él

Siguió un silencio tenso y prolongado.. Los ojos del rey se estrecharon, reconociendo al instante el desafío.

—Porque la tradición lo exige. Pero mi paciencia no es infinita.

—Caminó hasta su enorme escritorio, abrió un cajón y dejó caer con fuerza una carta doblada sobre la madera. —El conde de Harrington me ha escrito.

Henry se quedó inmóvil. —¿Sobre qué?

—Sobre tus compañías. Hijas de hidalgos vistas con el príncipe de Norland como si fueran actrices de variedades —replicó el rey con sequedad. Y sobre cómo su propio nieto se ha dejado arrastrar por ti.

—Mark es un estudiante brillante. Su lealtad es intachable. Es mi amigo —le defendió Henry.

—Es el hijo de lord Peter, el marqués de Halberd Hall; y lord Peter es el último hombre al que perdonaré si se mancilla esta Corona.

Henry se estremeció al escuchar el nombre de Peter, comprendiendo de inmediato todo el peso de la amenaza política.

—No volverás a escribir cartas a actrices ni a modistas —ordenó el rey Edward—. No te acostarás con ninguna mujer hasta que yo lo ordene. Y me demostrarás —a mí y a este país— que eres capaz de gobernar.

Henry contempló las llamas parpadeantes de la chimenea con los dientes apretados, e hizo una reverencia rígida, enmascarando su agitación interior con una obediencia formal. —Como mandes, Majestad.

—Puedes retirarte —dijo el rey con frialdad.

Henry giró sobre sus talones y abandonó el estudio sin añadir una sola palabra. La chimenea crepitaba, único sonido superviviente en la densa estancia. El rey fijó la mirada en el fuego con el ceño más fruncido, como si algo en sus propias y severas determinaciones albergase aún dudas.

✽✽✽

La gruesa puerta de caoba del estudio privado del rey se abrió con un crujido sordo, semejante al de un barco encallado.El príncipe Henry salió al exterior; la pesada madera se abatió a su espalda con rotundidad.

Su rostro era una máscara de furia contenida, con la piel inusualmente pálida frente al tejido oscuro de su abrigo y la mandíbula tan apretada que parecía a punto de quebrarse.

Walter y Charles Kingswell, que aguardaban cerca de la columnata de mármol, se enderezaron de inmediato. No les hacía falta ver el rostro del rey para adivinar cómo se había desarrollado la audencia; la silueta de Henry lo revelaba todo.

—Bueno —dijo Charles distendido, intentando disipar la sofocante tensión—. No has tardado mucho. ¿Qué te ha dicho Su Majestad...?

—Ahora no, Charles —le cortó Henry con voz seca a modo de fusta.

Charles cerró la boca, muriéndosele la broma en los labios.

Intercambió una ojeada rápida y cómplice con Walter, pero tuvo la sensatez de no insistir.

Walter se incorporó en silencio al flanco izquierdo del príncipe, con una presencia firme y discreta.

Los tres hombres iniciaron el largo trayecto por la galería; el rítmico repiqueteo de las botas de Henry bajo los altos arcos de piedra resonaba con una agudeza inusual y violenta.

Cada pisada parecía retransmitir al resto del palacio la silenciosa rabia del heredero.

✽✽✽

El pasillo era un desfile de retratos —antepasados que contemplaban desde lo alto con miradas frías y severos— y durante un buen rato el único sonido provino del repiqueteo de los tacones sobre el mármol. Al fin, una vez alejados de los guardias del rey, Walter rompió el silencio.

—Ha sido duro con usted —dijo en tono bajo, modulado solo para los oídos del príncipe.

Henry exhaló un suspiro seco y entrecortado que no llegó a ser una risa. Miraba fijamente al frente, con los ojos clavados en el extremo lejano del pasillo.

—Eso —respondió Henry con sequedad, destilando una amarga ironía— sería quedarse muy cortos.

No dio más detalles, pero la forma en que su mano enguantada se contrajo en un puño de nudillos blancos a su costado decía mucho más que cualquier confesión. El peso de la corona jamás le había resultado tan agobiante como en aquel pasillo frío y silencioso.

El príncipe Henry franqueó el extremo del vestíbulo de mármol y se adentró en la arcada del jardín, donde la luz del cielo plomizo se filtraba suavemente a través de los arcos cubiertos.

El príncipe William aguardaba allí sosteniendo un pequeño paquete envuelto.

Al ver a su hermano, su rostro se iluminó de inmediato y desatendió a su escolta.

—¡Henry! —exclamó Will.

Henry forzó una sonrisa e inclinó ligeramente el torso para alborotarle el cabello. —¿Has estado esperando todo este tiempo? —preguntó con suavidad, con una tensión latente en la mirada.

Will se encogió de hombros con las mejillas aún sonrosadas por el frío. —Quería darte esto.

Le tendió el paquete. Henry se arrodilló con cuidado para retirar el papel y descubrir una pequeña libreta encuadernada en cuero, rematada con cantos dorados y el escudo estampado en la cubierta.

—Para tus pensamientos —explicó Will—. Para que no vuelvas a olvidarte de escribirme.

Henry se sintió visiblemente conmovido; aquella sinceridad traspasaba la coraza que su padre acababa de reforzarle. —No lo haré. Te lo prometo esta vez.

Will escudriñó la expresión tirante de su hermano frunciendo el ceño infantil. —Estás enfadado.

Henry se agachó por completo para hablarle en un tono sosegado a la altura de los ojos del niño. —Solo he tenido que hablar con  padre. Eso es todo.

—¿Te ha gritado?