Capítulo vigésimo cuarto La quietud compartida #2
—Hablamos. Eso es todo —zanjó Mark con sequedad, negándose a morder el anzuelo.
—Así es como empieza siempre, amigo mío —sonrió Henry de lado.
Los muchachos rieron entre dientes y recuperaron por completo la camaradería, pero Mark se limitó a mirar por la ventanilla con un destello de profunda seriedad en la mirada que los demás pasaron por alto.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste en la fiesta, Henry? —preguntó Charles.
—¿De qué parte?
—Le dijiste a Mark que si se enamoraba de ella, tendría que mantenerlo en secreto o le desheredarían —le explicó Charles a Robert.
—Los padecimientos de los nobles —añadió sir Robert con fingido espanto—. Puedes tener amor o dinero, pero no ambas cosas.
—A menos que nazcas segundón —rió Henry—. ¡Entonces no tienes ninguna de las dos! —Estallaron todos en carcajadas.
La voz calmada de Walter Kent cortó el estruendo desde el asiento del conductor. —Diez minutos, Alteza.
Henry asintió y luego se volvió hacia Mark con un semblante mucho más serio que antes. —Un consejito, Mark: si vas en serio con ella —y creo que es así—, procura que tu madre no se entere.
—No lo hará —replicó Mark con firmeza—. Mi madre será la última en saberlo. Al menos hasta que sepa lo que ella siente.
✽✽✽
El automóvil continuó su marcha abriéndose paso con los faros a través del horizonte crepuscular hacia el aislamiento académico de Caerwyn.
Las pesadas puertas de madera de la señorial residencia del Caerwyn College se abrieron mientras Walter Kent se tocaba la gorra.
Los jóvenes bajaron al pasillo y sus risas se apagaron consumidas por el cansancio.
Lord Mark, aún taciturno, llevaba los libros bajo el brazo.
Dio las buenas noches a los demás y dobló por el pasillo hacia su habitación.
Su dormitorio, decorado con sobria elegancia acorde al linaje de Halberd Hall, era austero en adornos: libros ordenados con pulcritud, un escritorio junto a la ventana y una fotografía enmarcada de lady Rose y lord Peter sobre la repisa de la chimenea.
Lord Mark dejó los libros y exhaló despacio mientras se aflojaba la corbata. De pronto, sonó un leve golpe.
—¿Mark? —llamó la voz del príncipe Henry desde el pasillo.
La puerta se abrió con un chirrido y el príncipe Henry asomó con una mano metida en el bolsillo del abrigo. Entró con paso tranquilo y le ofreció su consejo de inmediato. —Olvídate de esa chica.
Sorprendido, lord Mark se apartó del escritorio. —¿De Elizabeth?
—¿De quién si no? —suspiró el príncipe Henry acercándose a tomar asiento—. Tu padre no lo aprobará. Y el mío tampoco si esto llega a algo. Es encantadora, sí. Pero no tiene un céntimo. Ya sabes cómo funciona este mundo.
Lord Mark se giró despacio para mirarlo de frente. —No puedo sacármela de la cabeza.
El príncipe Henry volvió a suspirar, medio divertido. —Así es exactamente como empieza.
Lord Mark se sentó en el borde de la cama. —Hablas de ello como si fuera una enfermedad.
El príncipe Henry sonrió acercándose un poco más. —Viene a ser lo mismo. Noches sin dormir. Pérdida de apetito. Delirio. Un deseo irrefrenable de mandar a paseo todo ápice de sensatez. Amigo mío, estás infectado.
—Entonces espero que no haya cura.
El príncipe Henry se sentó en la silla de enfrente. —Eres demasiado bueno para esto. Para complicaciones. He visto al amor derrumbar a hombres mucho más fuertes. Y ella... ella será quien peor parada salga de todo esto.
Lord Mark habló en voz baja: —No voy a hacerle daño. Antes me rompería mi propio corazón.
El príncipe Henry lo observó un instante. Tras la broma se adivinaba un atisbo de admiración. —Eres una especie rara, Mark —hizo una pausa y cambió el tono—. ¿Te vas a dormir?
—En algún momento.
El príncipe Henry esbozó una sonrisa traviesa. —Bueno, yo voy a visitar a una morena que se preocupa menos por la poesía y más por el pecado.
Lord Mark torció los labios en una leve sonrisa. —No preguntaré más.
—Y yo no responderé —el príncipe Henry se puso en pie, se arregló los puños y se dirigió a la puerta—. Duerme bien, lord Sentimental. No le escribas un soneto todavía.
La réplica de lord Mark, mientras el príncipe Henry salía, fue suave: —Demasiado tarde.
✽✽✽
El príncipe Henry caminó con aplomo por el pasillo de la residencia estudiantil, mientras las lámparas de gas proyectaban largas franjas de luz dorada sobre los paneles de madera. Sus botas resonaban con firmeza contra la piedra, un sonido de seguridad y egoísmo.
En su propia y silenciosa habitación, Mark seguía sentado en silencio ante el escritorio con las cortinas corridas para aislarse de la noche.
La euforia del baile se había disipado, dejando en su lugar una necesidad persistente e inquietante.
Abrió un cajón, sacó un pliego limpio de papel de cartas y mojó la pluma.
«Señorita Elizabeth» , la pluma de Mark se deslizó por la página con pulso cuidadoso y deliberado: «Perdone mi osadía al escribirle tan pronto.
No sé bien qué opina de mí, solo que no consigo olvidar el modo en que sonrió al despedirse.
Sé que una correspondencia directa puede considerarse impropia, pero consideré que nuestra conversación fue lo más fascinante de mi estancia en Caerwyn, y no soporto la idea de aguardar a otro encuentro fortuito.
Solo tengo un deseo: llegar a conocerla mejor.
Quedo a la espera de cualquier palabra que me haga saber si semejante propósito le resulta inoportuno... »
Mark continuó escribiendo a la luz de la lámpara, concluyendo su sincera carta mientras la habitación caía en un sosiego apacible y resuelto.
✽✽✽
Mientras tanto, por los silenciosos pasillos de piedra de la residencia, unos ligeros pasos resonaban.
Henry, con el caro abrigo de noche ligeramente desabrochado y una pícara sonrisa en los labios, ascendió por una escalera estrecha y sombría al fondo del dormitorio.
Se detuvo ante una puerta concreta y llamó: dos veces, de forma seca y segura.
Un momento después, la puerta se abrió. Una joven de cabello oscuro y unos diecinueve años asomó la cabeza. Llevaba una bata de seda, el pelo recogido con horquillas de cualquier manera y una sonrisa inmediata. —Has tardado lo tuyo.
—He tenido que ofrecer apoyo moral a un amigo que se ahoga en poesía —respondió Henry con encanto, haciendo una ligera reverencia.
—¿A eso lo llamas tú? —preguntó ella apartándose para dejarle paso.
Henry entró sin titubear. La habitación estaba sumida en una tenue luz de velas que le confería un brillo sensual.
Unos libros yacían esparcidos por el suelo junto a un sillón de terciopelo, mientras un fonógrafo tarareaba quedamente la melodía de un cuarteto de cuerda.
Ella cerró la puerta a su espalda con un suave chasquido.
—Esto sí parece una buena acogida en Caerwyn —dijo Henry quitándose el abrigo y arrojándolo sobre una silla.
La joven arqueó una ceja. —Haces que suene a ceremonia de iniciación.
—Eres bastante más refinada que una iniciación —murmuró Henry con una sonrisa lenta.
Se acercó un poco más y se fundieron en un beso lento y demorado.
Ella lo condujo hacia la cama con dosel.
Momentos después, yacían juntos medio cubiertos por las sábanas, con el ambiente cargado de aroma a cera e intimidad.
—¿Y qué ocurre ahora, príncipe Henry? —preguntó ella con voz queda.
Henry se volvió hacia ella con la diversión de nuevo reflejada en los ojos. —¿Ahora? Tú vuelves a fingir que soy un estudiante más, y yo vuelvo a fingir que esto no ha pasado nunca.
Su sonrisa se apagó ligeramente. —Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre es verdad —afirmó con tono suave pero firme.
—¿Y si quisiera algo más?
—Entonces deberías haber elegido a otro —se inclinó para besarla una última vez, se levantó y comenzó a vestirse, enderezándose la camisa y reanudando el nudo de la corbata con destreza ensayada.
—Algún día le romperás el corazón a alguien, Henry —murmuró ella contemplándolo desde la penumbra.
Henry se detuvo junto a la puerta con la mano sobre el pomo de latón. —Solo a quienes sean lo bastante insensatos como para albergar esperanzas.
Salió en silencio, dejándola tendida en la luz crepuscular, con la parpadeante llama de las velas y el fonógrafo prolongando su melodía melancólica.
✽✽✽
Walter Kent aguardaba un poco más adelante en el pasillo del que el príncipe Henry acababa de salir, con los brazos cruzados sobre el pecho. Vio emerger a Henry de las sombras y se acercó a su paso habitual y medido.
—Alteza —saludó Walter Kent con voz plana y completamente neutra.
—No empieces —replicó Henry en voz baja, ajustándose el abrigo y alisándose el cabello.
—Yo no he dicho nada —replicó Walter Kent sin vacilar en la mirada—. Solo tomo nota: la segunda morena en tres noches. Confío en que su atención siga centrada en el derecho constitucional.
Henry suspiró recostándose contra el frío muro de piedra. —Déjame disfrutar de Caerwyn mientras pueda, Walter. Una vez que regrese... —dejó la frase en el aire, con la implícita asfixia de la corte flotando en el ambiente.
—Seguirá siendo el heredero —remató por él Walter Kent.
—Exactamente por eso debo aprovechar el presente —Henry se despegó de la pared y echó a andar.
Walter Kent le dedicó una larga y cansada mirada que decía mucho de su desaprobación, pero no añadió nada más.
Ambos se alejaron juntos por el pasillo iluminado por antorchas en completo silencio; el príncipe en busca de evasión y su custodio a su zaga, dispuesto ya a apañar las inevitables consecuencias de la persecución de la libertad que emprendía su pupilo.