Capítulo vigésimo primero La máscara de un príncipe #2
Mark rió con suavidad, apartándole un rizo rebelde de la oreja. —¿Jamás. Crees que unas cuantas damas con vestidos de seda podrían hacerme olvidar a la niña que intentó enseñarme a hablar con las mariposas? Eres una DeWitt. Eres la luz de esta casa.
Sacó una pequeña moneda de plata del bolsillo y se la apretó en la palma de la mano. —Te escribiré todas las semanas. Quiero enterarme de todo: el jardín, los caballos y, sobre todo, si Raoul sigue comportándose como un pavo real. Si lo hace, le dices que tendrá que vérselas conmigo en Navidad.
Rose por fin esbozó una pequeña y tímida sonrisa. —Le diré a papá que tenga tu espada a punto.
—Eso haz —respondió Mark, besándole la frente. Se puso en pie y le cogió la mano—. Y ahora, vamos a acabar con esa tarta antes de que los demás niños se lo coman todo.
✽✽✽
Por la noche en la corte, la gran lámpara de cristal wue luce en el salón de baile del Palacio de Greyminster en una cálida luz de velas.
El baile está en su máximo esplendor. Cuerdas y piano armonizan en un vals animado mientras lady Victoria, ataviada con un vestido de seda marfil con bordados de perlas, baila con el príncipe Henry. Su química atrae las miradas de todos.
Desde su asiento, la reina Eleanor de Norland observa; sus ojos siguen cada uno de los movimientos de su hijo. Sus labios están apretados y su abanico permanece inmóvil.
Henry se inclina con una sonrisa juguetona y coqueta. —¿Tomamos un poco de aire?
Lady Victoria asiente con una emoción recatada.
✽✽✽
Pasean despacio por el pasillo del palacio, del brazo, con la mano enguantada de ella reposando ligera sobre el suyo. Al acercarse a unos aposentos reales, Henry se detiene. Su rostro se vuelve serio. —Hemos llegado —dice con suavidad.
—Está justo cruzando el pasillo... —responde Victoria sonriente y sin aliento.
Él la silencia con un beso. Ella duda un instante, y luego lo sigue al interior.
Más tarde, en los aposentos del principe Henry, una luz tenue parpadea desde la chimenea. Las prendas descartadas yacen en el suelo. Henry descansa en la cama, con un brazo bajo la nuca, mirando con desenfado a lady Victoria mientras ella se cubre con la sábana, dubitativa.
—¿Ya estamos comprometidos? —pregunta Victoria con suavidad.
—No —responde Henry de golpe.
Ella se le queda mirando, congelada. —Pero... yo creía...
—Sabías lo que era esto. Eres hermosa, pero jamás me casaré contigo —la corta Henry con frialdad, sin dejar de tumbarse—. Soy el heredero al trono. Debo casarme con una virgen; seguro que tu padre te enseñó la realidad de la corte.
—Mi padre... —balbucea Victoria, herida.
—¿Qué hará? ¿Iniciar un escándalo que arruine por completo tu reputación? Tú elegiste, Victoria. Si deseas seguir siendo mi amante, te trataré bien. Pero no esperes nada más —el tono de Henry es tajante.
A ella se le anegan los ojos de lágrimas. Se aparta, humillada, recogiendo sus pertenencias. Una mano temblorosa se ajusta el corpiño.
—Ahora vístete. Alguien podría verte —dice Henry sin mirarla.
Ella se marcha con los labios apretados, intentando contener el llanto.
Lady Victoria sale a toda prisa de los aposentos reales. Walter Kent, que ha permanecido discretamente cerca de los guardias a las fuera del pasillo del Palacio de Greyminster, observa en silencio y repara en el semblante roto de la joven.
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Poco después, Walter Kent entra en los aposentos reales del príncipe Henry y cierra la puerta tras de sí. Henry se está vistiendo, aparentemente impertérrito.
—¿Qué ha hecho, Alteza? —pregunta Walter Kent con voz firme y baja.
—Lo que quería. Ella se ofreció —responde Henry girándose, molesto.
—¿Y aceptó sin contemplar las consecuencias?
— ahórrate el sermón, Walter. Esto no es asunto tuyo —dice Henry con acento más áspero.
—Cuando una mujer sale de sus aposentos reales llorando, pasa a ser asunto mío; porque su reputación refleja la de la Corona, y mi trabajo es limpiar sus líos —tercia Walter Kent con voz serena y fría.
Henry hace una pausa, luego esboza una sonrisa burlona. —Ella sabía lo que quería. Yo también. Si has terminado, necesito dormir.
—¿Y si se lo cuenta a su padre? —pregunta Walter Kent con tono de advertencia.
Henry se encoge de hombros. —Entonces aprenderá qué clase de hija tiene.
Walter Kent cierra los ojos un instante para contener su frustración. —Alteza... ya no es un niño.
—No. No lo soy —responde Henry tajante.
Walter Kent se retira sin decir una palabra más, dejando a Henry solo frente a la chimenea, de repente menos seguro de sí mismo.
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A la mañana siguiente, el sol se cuela a través de los altos ventanales de guillotina del comedor de desayunos real del Palacio de Greyminster, proyectando un fulgor dorado sobre la fina porcelana y el lino crujiente del mantel.
La reina Eleanor de Norland preside la mesa, elegante en un vestido matutino de tono lavanda con una postura impecable.
El príncipe Henry descansa indolente con media sonrisa y la chaqueta de montar doblada sobre el respaldo de su silla.
El príncipe William, ataviado con un traje marinero de mañanas, balancea las piernas con ligereza bajo la mesa, untando mantequilla en un bollo con más entusiasmo que destreza.
—Llevas cortejando a lady Victoria un tiempo. Haría una reina idónea, ¿no crees? —comenta la reina con elegancia mientras parte su fruta.
Henry toma un sorbo de té con deliberada lentitud, claramente desinteresado en continuar la charla. —¿Cortejando? No iría tan tan lejos. Simplemente disfruto de su compañía —responde con tono burlón y seco, esbozando una leve sonrisa—. Hace que la corte sea soportable.
Will suelta un resoplido de risa, a punto de dejar caer su bollo. —Quiere decir que la besa detrás de las columnas.
Henry levanta una ceja y sonríe con suficiencia, mientras la reina dirige a su hijo menor una mirada de estudiada desaprobación. —William, esa no es una conversación apropiada para el desayuno.
—Pero es verdad —insiste Will.
—Empiezas a sonar como Charles —le dice Henry a Will con una sonrisa.
—Ya tienes dieciocho años. Es hora de que pienses seriamente en el matrimonio. En los herederos. La corte está observando, Henry. Y también el país —suspira la reina antes de volverse hacia su hijo mayor.
Henry deja la taza de té con un tintineo sordo y se recuesta. —Y por suerte hoy salgo hacia Caerwyn, así que no tendré que escuchar tu tediosa labor de celestina en un buen rato —dice con suavidad.
Will vuelve a soltar una risita. La reina alza la barbilla. —No puedes eludir la responsabilidad cambiando de condado. Aun en Caerwyn, sigues siendo el príncipe heredero.
—Ah, sí, me acordaré de eso entre las clases de latín y el esgrima —ironiza Henry.
Hay un momento de silencio; luego la reina habla con más calidez. —Solo... no dejes que la ambición te nuble el juicio sobre el carácter, Henry. La belleza es fácil de hallar. La dignidad, no.
Henry sostiene su mirada un instante, luego se levanta y le besa la mano con ligereza. —Escribiré. Pero no esperes noticias de boda.
—¿Puedo ir a visitar Caerwyn? —pregunta Will con alegría.
—Algún día. Cuando dejes de ser una plaga real —contesta Henry alborotándole el cabello.
Henry abandona la estancia con su habitual paso seguro. La reina lo ve marchar con una expresión pensativa y ligeramente turbada.
—Eres demasiado parecido a tu padre... —murmura para sí misma en voz baja.
✽✽✽
En la finca de Halberd Hall, una suave luz dorada se filtra a través de los altos ventanales.
El ambiente en la residencia es inusualmente silencioso para una jornada de tal calibre.
Annie y el resto de las criadas ya han dispuesto el equipaje de Mark junto a la entrada principal. El carruaje aguarda en el exterior.