Capítulo vigésimo Ya somos hombres
Un rincón tranquilo y sombreado de los establos del Palacio de Greyminster.
El olor a cuero y a caballos se mezcla con el aire cálido.
El príncipe Henry y lord Charles Kingswell están de pie junto a un abrevadero, cada uno con una bota apoyada en el borde, sin chaqueta y con las mangas remangadas.
Sus guantes de equitación cuelgan de los cinturones.
Al fondo, un caballerizo se lleva los caballos.
—Ten cuidado, Henry. Lady Victoria no está aquí solo por el paisaje; va a la caza —advierte Charles con una sonrisa.
Henry suelta una risa despectiva y arroja una piedrecita al abrevadero.
—Pues más le vale vigilar por dónde pisa. No soy ninguna presa, Charles. Es ella la que debería tener cuidado.
—¿Ah, sí? ¿Y qué planes tienes para la pobre chica? —pregunta Charles divertido.
—Va a ser mi querida —contesta Henry girándose con un brillo pícaro en los ojos.
Charles tose levemente. —Dios bendito... ¿hablas en serio?
—Completamente. Es hermosa, accesible y ambiciosa. No me casaré con ella, pero disfrutaré de su compañía —afirma Henry con una sonrisa tranquila.
Charles se inclina hacia delante y baja la voz. —¿Y tu madre?
—¿Crees que me importa lo que piense? —pregunta Henry con una sonrisa de suficiencia—. Ya no soy un niño. No me tuvo ningún afecto cuando lo era, y desde luego no va a opinar ahora.
—Estás jugando con fuego. A la reina no le va a hacer ninguna gracia ese tipo de chanchullo, y menos aún con lady Victoria —le advierte Charles.
—Que monte en cólera —contesta Henry estirando el cuello con seguridad—. Ya somos hombres, Charles. Los dos sabemos lo que conlleva esa libertad —. Hace una pausa y examina a Charles—. Ah... espera. Ya te has acostado con una mujer, ¿verdad?
Charles intenta ocultar una sonrisa.
—Así es.
Henry suelta una carcajada. —¿Y no me dijiste nada? ¿Cuándo?
—El otoño pasado —responde Charles apoyándose en el abrevadero y encogiéndose de hombros—. La hija de un barón. No tan encantadora como tu Victoria, pero mucho menos complicada.
—Y yo que pensaba que el imprudente era yo —sonríe Henry—. Bien hecho, Kingswell. Ya no somos unos críos, ¿verdad?
—No. Y sospecho que este verano conseguirá que no lo olvidemos jamás —dice Charles.
—A ver hasta dónde podemos estirar la cuerda... antes de que Caerwyn nos devuelva a los libros —comenta Henry mirando hacia los jardines de la corte.
—O antes de que tu madre mande a la Iglesia tras tus pasos —añade Charles con una sonrisa irónica.
Ambos ríen, se alejan de los establos y se dirigen hacia los jardines de palacio.
✽✽✽
Al mismo tiempo, en Halberd Hall, el aire del jardín es cálido, aletargado por el aroma de las flores de finales de verano.
Lady Rose de Halberd Hall da vueltas despacio bajo la sombra de un cerezo en flor, deslizando los dedos por sus ramas más bajas y con los ojos cerrados mientras tararea una melodía suave.
Su vestido claro de muselina de estar por casa está ligeramente arrugado y sus mejillas lucen sonrosadas de tanto perseguir mariposas instantes antes.
—Mi señora... Lady Rose, ¡por favor! Es casi la hora. Debe entrar a cambiarse ahora mismo —le urge Annie acercándose con la respiración algo agitada.
Rose abre un ojo con una expresión de ensueño.
—Ay, Annie... solo un poquito más. Fuera se está tan bien, y las mariposas bailan conmigo.
Annie suspira con voz suave pero firme.
—Lo sé, mi vida. Pero lady Catherine ha dicho que debes estar perfecta para la celebración de lord Mark. Todo el mundo te mirará.
Rose gime quedamente, pero se endereza con gracia y se limpia las manos en la falda.
—Está bien. Pero solo si me dejas llevar el vestido de guipur blanco con los botoncitos de perla.
—Ya está preparado con tu sombrero y tus guantes, tal como te gusta —sonríe Annie.
Rose sonríe encantada y echa a correr hacia la casa.
En la finca de Fairfax, la estancia es un torbellino de encaje y satén.
Gwendoline Fairfax, que ya tiene dieciséis años y está a punto de debutar en sociedad, se halla de pie ante un espejo de cuerpo entero mientras su doncella ajusta la cintura de su exquisito vestido de té de encaje marfil.
Su sombrero a juego descansa sobre el tocador junto a unos guantes de satén pálido y unos zapatos relucientes.
En un rincón, Cecile —de ocho años— está sentada en un taburete de terciopelo, balanceando las piernas bajo un delicado vestido crema, con el sombrero de paja ya sujeto con horquillas a sus rizos dorados.
—Estás muy guapa, Gwendoline. Pero no servirá de nada. A Mark no le gustas. Jamás te pedirá que te cases con él —bromea Cecile con un encogimiento de hombros.
Gwendoline se pone rígida y se gira de golpe, con las mejillas encendidas de irritación.
—¿Qué sabrás tú, Cecile? Si no eres más que una niña.
—Quizá. Pero aun así me entero de las cosas. Lady Catherine ha dicho que es muy popular en la corte, y que se va a Caerwyn. Probablemente allí conozca a un montón de damas de verdad —replica Cecile con inocente desafío.
—¡Por qué no te callas de una vez, Cecile! —estalla Gwendoline furiosa.
La doncella deja escapar un leve suspiro, pero no dice nada.
—Yo solo digo lo que piensa todo el mundo. Siempre estás hablando de él como si fuera de tu propiedad —protesta Cecile cruzándose de brazos.
—¡Y tú siempre estás donde no debes, escuchando cosas que no son para tus oídos! —ataca Gwendoline con mordacidad.
—No tengo la culpa de que a la gente se le olvide que estoy ahí —sonríe Cecile con dulzura.
Unos nudillos golpeando con firmeza la puerta interrumpen el momento.
—Señora Fairfax —dice una voz desde el pasillo—. ¿Niñas? ¿Estáis listas? El automóvil está esperando.
Gwendoline fulmina una vez más a Cecile con la mirada, mientras esta se alisa la falda con una pequeña y triunfante sonrisa.
✽✽✽
De vuelta en la finca de Halberd Hall, Rose se encuentra frente al espejo grande de su dormitorio mientras Annie le ajusta con esmero la banda de su elegante vestido de fiesta de guipur blanco.
Sus guantes se ciñen a sus manos, los zapatos brillan y el sombrero de ala ancha descansa con gracia sobre sus largos rizos rubios platino, que caen en ondas pulcras por su espalda.
Parece etérea y delicada, como una muñeca de porcelana.
—Ya está. Toda una princesita —comenta Annie.
—No... una reina —corrige Rose con una sonrisa radiante.
Le hace una reverencia a su propio reflejo y da un giro.
Lord Peter, marqués de Halberd Hall, pasa por delante de la puerta en ese instante y se detiene a admirar a su hija. Entra con suavidad.
—Mi vida... pareces la mismísima primavera.
—Papá, ¿crees que Mark se sorprenderá al verme? —pregunta Rose.
—Estará encantado. Todo el mundo lo estará. Vas a iluminar toda la fiesta —asegura Peter.
✽✽✽
El sol dorado de finales de verano se filtra suavemente entre los árboles mientras una comitiva de elegantes carruajes y relucientes automóviles comienza a llegar por la gran entrada de grava de la finca de Halberd Hall.
Los lacayos con librea se apresuran a abrir las puertas y a ayudar a los distinguidos invitados.
Los primeros en llegar son la señora Fairfax, que desciende con elegancia ataviada con un vestido de seda color ciruela y un sombrero a juego.
Junta sus manos enguantadas y sonríe radiante de orgullo mientras Gwendoline baja tras ella.
Gwendoline examina el recinto con rapidez, buscando a Mark con la mirada.
Cecile salta del carruaje sin esperar ayuda.
—Recuerda mantenerte erguida, cariño. Ya casi eres una mujer —le aconseja la señora Fairfax, satisfecha con ella.
Gwendoline se endereza y levanta la barbilla, encarnando la estampa misma del aplomo.
A continuación llega un carruaje de aspecto más sobrio pero elegante.
La condesa viuda de Valmont, vestida de azul marino oscuro y con un velo de encaje, desciende con pausada gracia.
Raoul de Elberwyn, duque de Valmont y ataviado con un traje veraniego de sastre en gris pálido, baja tras ella ofreciéndole el brazo con galantería.
—Parece que la alta sociedad nunca descansa, ni siquiera para las despedidas —comenta lady Genevieve con una leve sonrisa hacia la multitud.
—Espero que lady Rose no se haya cambiado para ponerse algo demasiado de adulta. Me gustaba más cuando seguía siendo simplemente... ella misma —busca Raoul con la mirada a la pequeña.
Un landó pulcro se detiene al lado y de él emerge el conde de Harrington con una cálida sonrisa, vistiendo una levita de doble botonadura y con unos guantes de color marfil bajo el brazo.
Sus lentes de oro con pinza para la nariz brillan a la luz del sol mientras examina la entrada y asiente con aprobación ante los preparativos.
—Dile a mi yerno que se ha superado a sí mismo. Una despedida de lo más digna para el joven Mark —comenta el conde de Harrington a un lacayo.
Por último llega el llamativo automóvil rojo de la familia Harrowell.
Dana viste un refinado atuendo lavanda con cuello alto de encaje y delicados guantes lilas.
A su lado se encuentra el vizconde de Harrowell, cumplidor y orgulloso, con un oscuro chaqué de mañana.
Entre ambos viajan sus hijas: Daisy, que ya tiene ocho años y viste elegantemente de azul claro, y la pequeña Betsy, de tres, aferrada a su muñeca de trapo.
—Ahora recordad portaros como unas señoritas. Y dejad que Rose brille hoy; es un día muy especial para ella también —les recuerda Dana a sus hijas.
—Quiero jugar con ella en el jardín antes de que todos los mayores se la queden —dice Daisy con total sinceridad.
✽✽✽
Una hora más tarde, el gran salón de la finca de Halberd Hall era una auténtica obra maestra de suntuosidad, transformado para la velada en un mar de seda, plata y el embriagador perfume de mil azucenas machacadas.
Las bandejas de copas de cristal recorrían la estancia, y las burbujas ambarinas del champán capturaban la luz de las enormes lámparas de crital.
Por debajo del murmullo de las conversaciones educadas, un cuarteto de cuerda situado en un rincón proporcionaba un fondo delicado y rítmico para las festividades de la noche.
Mark estaba de pie junto a su padre, Peter, sintiendo el peso familiar y rígido de su casaca azul marino. Su pajarita había sido atada por el ayuda de cámara con tanta precisión que parecía un grillete de seda, pero aun así mantenía el aplomo natural que se esperaba de un heredero de Halberd Hall.
—Gracias por venir, lord Harrington —saludaba Peter con la voz resonante de un hombre que ve asegurado su linaje.
Lord Harrington sonrió con calidez. —No me lo perdería por nada del mundo, Peter. ¿Un nieto que marcha a Caerwyn? Es un acontecimiento trascendental. Merece cada ápice de esta celebración.
Mark esbozó una sonrisa ensayada y carismática. —Pienso hacer que todos se sientan orgullosos, mi señor. Se lo doy por palabra.
—Hablado como un verdadero DeWitt —rio por lo bajo Harrington, dándole una palmada en el hombro a Mark antes de dirigirse hacia la mesa de los aperitivos.
Al otro lado de la estancia, lady Catherine se movía como un fantasma , impecable con un traje crema bordado con perlas diminutas.
No se limitaba a caminar; flotaba, ajustando un arreglo floral aquí, dedicando un gesto de aprobación de mirada aguda a un criado allá, asegurándose de que la fachada de perfección permaneciera intacta.
✽✽✽
Mientras lord Mark se giraba para saludar al siguiente invitado, Gwendoline se acercó.
Había pasado horas frente al espejo ensayando una expresión de fría elegancia aristocrática, pero al acercarse a Mark, la máscara se desmoronó.
Sus ojos, brillantes y huidizos, delataban un anhelo casi doloroso de presenciar.
—Mark —lo saludó con un tono de voz que se elevaba al final—. Enhorabuena. Todos estamos bastante... muy orgullosos de ti.
Lord Mark le dedicó una inclinación de cabeza, un gesto perfectamente educado pero que se mantenía firme y fríamente distante.
—Gracias, Gwendoline. Estás muy mayor esta noche.
El comentario era una simple cortesía, y sin embargo Gwendoline resplandeció como si le hubiera entregado una corona. Se acercó un poco más, agitando el abanico a una velocidad excesiva.
Lord Peter, apostado justo un paso por detrás de su hijo, no se perdió el intercambio.
No miró a Gwendoline; en su lugar, su vista barrió la sala hasta dar con lady Catherine.
Sus miradas se cruzaron por un fugaz segundo: un momento silencioso y compartido de desagrado.
La falta de disimulo de la muchacha suponía una quiebra del decoro familiar, una muestra de afecto demasiado visible para una sala repleta de las miradas más críticas del condado.
Lord Peter se aclaró la garganta con un sonido que sirvió de sutil advertencia.
—Mark, creo que el conde de Sefton quiere decirte unas palabras antes de que se sirva la cena.
Lord Mark captó la pista con soltura ensayada.
—Por supuesto. Disdiscúlpame, Gwendoline.
Se apartó, dejando a la chica plantada en medio del aroma a azucenas, con la sonrisa aún fija y desesperada, mientras el cuarteto de cuerda seguía tocando como si nada hubiera ocurrido.
✽✽✽
Mientras tanto, en los jardines, Rose, radiante con su vestido de guipur blanco, pasea de la mano de Daisy y Cecile bajo los arcos de glicinias. Su sombrero está ligeramente ladeado de tanto correr, pero sus mejillas desprenden rubor.
—Todo es tan grande y hermoso hoy... parece un cuento de hadas —susurra Rose.
—Y tú eres la princesa —añade Daisy.
—Solo procura no perder el zapato —tercia Cecile con una sonrisa burlona.
Todas sueltan una risita... hasta que Raoul de Elberwyn, duque de Valmont, aparece de entre los arbustos sosteniendo una rosa blanca.
—Se le ha caído esto, Alteza —dice tendiéndosela a Rose.
—¡Raoul! Has venido —se sorprende y alegra Rose.
—No me lo perdería por nada —contesta él.
Le entrega la rosa. Daisy observa con curiosidad y Cecile ladea la cabeza como si intentara comprender algo que escapa por completo a su edad.