Capítulodécimo noveno El sueño de un príncipe
Los aposentos reales del joven príncipe en el Palacio de Greyminster son grandiosos pero de tonos apagados; una mezcla de infancia y monarquía.
Unos soldaditos de juguete descansan sobre la repisa de la chimenea y un tablero de ajedrez ha quedado a mitad de una partida cerca de un sillón .
El fuego se ha reducido a brasas. Sobre su cama cuelga un tapiz de san Miguel con la espada desenvainada.
El príncipe William yace inmóvil en su lecho, con las sábanas remetidas con precisión, pero su postura es inquieta; su mente no deja de dar vueltas.
La vuelve a ver tal y como era ese mismo día: a Rose entrando en el salón junto a lord Peter, marqués de Halberd Hall.
Recuerda sus rizos platinados brillando bajo la lámpara de cristal y a los adultos hablando, mientras él solo era capaz de escuchar su risa.
Evoca su educada reverencia y sus ojos de zafiro, rápidos y luminosos como la llama de una vela.
Un sueño comienza, y el salón de baile real aparece...
pero ahora de una forma onírica. Su grandeza se magnifica y sus lámparas son de unas proporciones imposiblemente vastas.
Todo es dorado e intemporal. William está de pie con su uniforme de la corte, con las manos a la espalda, sin saber muy bien por qué se encuentra allí.
Entonces la ve. A Rose. Pero es diferente; resplandece del mismo modo que antes y ahora viste un suave vestido azul adornado con estrellas de plata. Sus rizos están sujetos con diminutas perlas. Luce exactamente igual que horas atrás... y, sin embargo, todavía más hermosa.
—Estás aquí... —susurra William.
—Me estuviste mirando —responde Rose con una sonrisa amable.
—No era mi intención. Estabas... diferente —contesta él, avergonzado.
—Tú también —dice ella.
Él da un paso al frente. Ella le tiende la mano: pequeña y enguantada.
Él la coge. Comienzan a bailar despacio, con sencillez.
El sueño no tiene nada de romántico; es inocente y maravilloso.
Un suave vals resuena haciendo eco como un recuerdo.
Sus pequeñas figuras giran una vez sobre el reluciente suelo de mármol.
El salón de baile se desvanece en la bruma.
William se agita. Abre los ojos despacio. Aún no ha amanecido. El fuego se ha apagado. Se vuelve boca arriba y contempla el techo, pensativo.
—Lady Rose de Halberd Hall... espero volver a verla —susurra con suavidad para romper el silencio de la habitación.
✽✽✽
Mientras tanto, Rose duerme plácidamente en su cama de la finca de Halberd Hall, con las manitas acurrucadas bajo la mejilla. El libro de cuentos de hadas yace abierto a su lado, con la ilustración del baile de Cenicienta aún visible.
El sueño de Rose da comienzo. Un salón de baile de cuento de hadas, vasto y chispeante, se materializa sin muros definidos.
La luz brota de lámparas de araña suspendidas en el aire.
Rose, con sus siete años, lleva puesto un vestido de baile en miniatura de color azul claro, con mangas abullonadas, cintas de satén y una falda de tul brillante salpicada de estrellas.
Una pequeña tiara de plata descansa entre sus suaves rizos.
El príncipe William, de nueve años, aparece ataviado con una chaqueta de terciopelo azul marino, una banda con ribetes dorados, guantes blancos y zapatos relucientes. Hace una reverencia galante.
—Lady Rose, ¿quiere bailar conmigo? —pregunta William con voz de ensueño.
—Sí, Alteza —responde ella haciendo una reverencia.
Dan unos cuantos pasos infantiles juntos mientras un vals con aire de nana suena con suavidad.
Ligeras risitas y campanadas de caja de música flotan en el ambiente mientras los dos niños giran despacio en un luminoso salón de baile hecho de sueños.
Rose baja la vista hacia sus zapatos de cristal. William le dedica una sonrisa.
El sueño se desvanece en blanco. De vuelta en su dormitorio, la noche sigue en calma. La lámpara emite un fulgor tenue. Rose duerme profundamente con el cuento de hadas abierto a su lado.
✽✽✽
En la finca de Elmsley, el suntuoso dormitorio de estilo eduardiano situado en la propiedad de lady Victoria está iluminado por el cálido fulgor de los apliques de pared y un fuego de escasa intensidad.
Sedas blancas y de oro pálido adornan los estucos.
Victoria, que todavía lleva puesto su exquisito vestido de encaje blanco, está sentada ante el tocador mientras una doncella le retira con cuidado el sombrero y las horquillas de sus rizos rubios.
La puerta se abre y su padre, lord Elmsley —un hombre de hombros anchos y aspecto severo que ronda los cincuenta años—, entra sin llamar.
—¿Cómo ha ido? —pregunta lord Elmsley con sequedad.
—Perfecto... hasta que su hermanito se ha metido en una pelea en medio del jardín —suspira Victoria mientras la doncella empieza a cepillarle el pelo.
Lord Elmsley frunce el ceño. —¿Una pelea?
—Entre un príncipe de nueve años y algún otro muchacho. El príncipe Henry me ha abandonado a mitad de nuestra conversación para solucionarlo —responde Victoria con un atisbo de sarcasmo.
Lord Elmsley da un paso al frente, haciendo caso omiso de su tono. —¿Y qué te dijo él antes de eso?
—Se fijó en mí. Se acercó. Hablamos. Hice una reverencia. Dije que hacía un día hermoso —relata Victoria con una leve sonrisa.
—Bien. Eso es un principio —asiente lord Elmsley con firmeza—. Tendrás otras oportunidades durante el verano. Debes asegurarte de que, para cuando termine la temporada, estés prometida con él.
Victoria se gira en el asiento para encararlo. —Padre, ¿y si él no busca ningún compromiso?
—Entonces haz que lo busque —sentencia lord Elmsley con tono implacable—. Tu belleza es tu ventaja, Victoria. Úsala con inteligencia. Sé encantadora, astuta y reservada cuando haga falta. Los hombres de su rango admiran a una mujer que les hace esforzarse.
—Así que ahora me toca hacer de presa —comenta Victoria con un atisbo de burla en la voz.
—Te toca ascender. Por ti misma. Por esta familia. Un enlace real significa poder, tierras y seguridad para varias generaciones. No desperdicies este verano —ordena lord Elmsley tajante.
—Entiendo —responde Victoria en voz baja.
—Y asegúrate de que la reina vea tu valía. Impresionarla allanará todo el camino. Henry quizás elija con los ojos, pero la reina guiará su mente —aconseja lord Elmsley. Hace una pausa y su expresión se suaviza ligeramente—. Espero resultados antes de la festividad de san Miguel. No me decepciones.
Se gira y abandona la estancia. La puerta se cierra con un chasquido suave. Victoria se queda inmóvil, con la mirada perdida en el espejo. La doncella continúa cepillando su cabello rubio en silencio.
—Entonces haré que busque —susurra Victoria a su propio reflejo.
✽✽✽
A la mañana siguiente en la corte, una radiante mañana primaveral vierte luz dorada a través de los altos ventanales del salón de desayunos del Palacio de Greyminster.
La mesa se halla elegantemente servida, pero solo tres asientos están ocupados: la reina Eleanor de Norland, el príncipe Henry y el príncipe William.
Los sirvientes se desplazan en silencio al fondo. Henry toma su té con aire relajado. William contempla fijamente su gachas de avena, removiéndolas con la cuchara.
—Tú y lady Victoria hacíais una pareja maravillosa ayer —comenta la reina mientras toma un sorbo de té y observa a Henry.
—No somos ninguna pareja, madre —responde Henry divertido, sin levantar la vista.
—Pertenece a una familia excelente. Refinada y muy bien educada. Sería un buen enlace —insiste la reina.
—Por favor, basta. Bailé con ella una vez y dimos un paseo, eso es todo. Y eso fue antes de que el pequeño duelo de Will acaparara todo el protagonismo —replica Henry con tono firme pero juguetón.
La reina Eleanor arquea una ceja. Su mirada se desvía hacia William. —¿William? Apenas has probado el desayuno y estás inusualmente callado. ¿Ocurre algo?
Henry deja la taza sobre el plato con una amplia sonrisa y se inclina ligeramente hacia delante.
—Al pobre chico le tuvo ayer un flechazo.
William alza la vista de golpe, confuso y ruborizado. —¿Qué es eso de un flechazo? —pregunta en voz baja.
—Henry, no digas tonterías —le regaña la reina lanzándole una mirada de advertencia.
—¡Pero si es verdad! Conoció a una niña —lady Rose de Halberd Hall— y lo siguiente que supimos fue que él y Raoul se estaban pegando por ella en el jardín —cuenta Henry riendo.
William frunce el ceño a la defensiva.
—Yo no me estaba pegando. Empezó él.
—William, debes comportarte como un caballero, te sientas como te sientas —le recrimina la reina con voz suave pero firme.
—Pero él dijo que era su novia. Ella no dijo eso. Yo solo quería jugar con ella —se defiende William.
—Raoul tiene trece años, cómo va a tener novia a su edad. Y tú, ¿qué harías con una novia a la tuya? —pregunta la reina con un matiz juguetón en la voz.
William lo medita profundamente.
—... ¿Compartir mis tartaletas?
Henry casi se atraganta con el té de la risa. Eleanor se lleva la servilleta a los labios para disimular una sonrisa.
—Bueno, tal vez esa sea la oferta más honorable que le he escuchado a un príncipe en bastante tiempo —concluye la reina con aire decidido.
William alborosa una sonrisa al fin. Henry le alborota el cabello a su hermano con afecto y diversión.
—Ya hablaremos de «amores» cuando seas un poco más mayor, Will —le dice Henry.
✽✽✽
Terminado el desayuno, el príncipe William sale corriendo al cálido y privado patio interior del Palacio de Greyminster, donde Toby, el hijo de diez años de Harold Norwood, aguarda arrojando guijarros a una fuente de mármol. Toby se pone firme con pulcritud al ver al príncipe.
—Buenos días, Alteza —saluda.
—Hoy solo Will. No quiero ser un príncipe ahora mismo —responde William con naturalidad, sentándose a su lado.
—De acuerdo entonces... solo Will. Tienes cara de que te acaban de robar la merienda —observa Toby.
—Ayer me peleé con Raoul —confiesa William.
Toby abre los ojos de par en par. —¿El duque? ¡Pero si es tu primo! ¿Por qué?
—Por una chica —afirma William con absoluta seriedad.
—¿Una chica? ¡Estás bromeando! —sonríe Toby.
—No. Era perfecta. Se llama lady Rose de Halberd Hall. Su cabello parece luz de luna y sus ojos son como... como zafiros. Y me sonrió —explica William.
—¿De verdad? ¿Y qué pasó? —pregunta Toby impresionado.
—Raoul dijo que era su novia. Pero ella no dijo eso. Pregunté si quería jugar y él dijo que no... así que le pegué —relata William.
Toby asiente con gesto solemne. —Me parece justo.
—No paro de pensar en ella. Quiero volver a verla. Quizá hoy. ¿Crees que regresará? —suspira William.
—Tal vez. Si es invitada de la corte, puede que se quede unos días. O volverá con su familia —razona Toby.
El rostro de William se ilumina de repente. —Entonces tengo que estar preparado. Si la vuelvo a ver... le daré algo.
—¿El qué? —pregunta Toby.
—Quizá mi mejor canica. O la figura del caballero de mi juego de ajedrez. O... uno de los libros que leo antes de dormir —piensa William con ahínco.
—A las chicas normalmente no les interesan las canicas, Will —advierte Toby con cautela.
—Ella no es una chica cualquiera. Es mágica —replica William desafiante.
William se queda mirando a lo lejos con aire soñador, entregado de lleno a los albores de su primer amor, mientras Toby lo observa, desconcertado ante la imposibilidad de semejante empresa.
Los dos muchachos permanecen sentados en silencio en el patio del jardín, con la cálida quietud rota únicamente por el suave murmullo de la fuente.