Norland Capítulo décimo octavo Una alumna elegante #2
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Capítulo décimo octavo Una alumna elegante #2

Una dama de compañía y uno de los encargados del jardín corren hacia donde se escuchan los gritos, el tumulto de los chicos y el llanto de la niña, que rompen la apacible tranquilidad del estuario.

Desde la terraza superior, lady Catherine, la marquesa de Halberd Hall, y lord Peter, el marqués, giran la cabeza bruscamente al avistar la escena a lo lejos.

—¡Rose! —exclama Catherine con el rostro desencajado por el pánico.

—Pero, ¿qué demonios...? —masculta Peter con gesto sombrío.

Desde el paseo sombreado flanqueado por balaustradas de piedra tallada, el príncipe Henry, impecablemente vestido con su chaleco estival de color crema, camina del brazo de lady Victoria, cuyo primoroso vestido de encaje blanco resplandece bajo el sol.

Ella iba a mitad de una frase cuando la cabeza de él se vuelve hacia el foco de los lamentos.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta Henry con firmeza y autoridad.

Avanza a grandes zancadas hacia el lugar.

—¡Basta! —ordena alzando la voz. Su tono tajante corta de raíz la pelea de los dos muchachos.

Tanto el príncipe William como Raoul de Elberwyn se quedan congelados.

Rose permanece junto a ellos, con los pequeños hombros sacudidos por el llanto mientras intenta reprimir los sollozos.

Henry se arrodilla de inmediato a su lado, evaporándose toda pompa en un momento de insólita delicadeza.

Sus ojos se encuentran con los de ella —esos grandes ojos de zafiro repletos de lágrimas— y algo en su interior se detiene.

—¿Estás bien, pequeña? —pregunta Henry con suavidad, retirándole una lágrima de la mejilla.

—Sí... creo que sí —asiente Rose intentando mostrarse valiente.

Él la contempla, embelesado un instante más de la cuenta, con la mano suspendida mientras aparta un mechón de sus largos rizos platinados. A poca distancia, lady Victoria se detiene y observa la escena con una sonrisa que se le congela y endurece imperceptiblemente en una mueca fría.

Peter se apresura a llegar, visiblemente preocupado.

—Alteza... ¿le pasa algo a mi hija?

Henry se vuelve, aún agachado, pero sin apartar los ojos de la niña.

—¿Su hija? —pregunta.

Se levanta despacio, como si le costara apartar la vista de ella.

—Sí. Lady Rose —responde Peter.

—¿Qué edad tiene? —indaga Henry con sorpresa y un tono de suave diversión.

—Apenas siete años —contesta Peter.

Henry suelta una baja carcajada mientras dirige una mirada a su hermano y a su primo Raoul, quienes todavía se dedican miradas cargadas de furia.

—Siete años... y los chicos ya se están peleando por ella. Asombroso.

—Ha dicho que quería casarse con un príncipe —dice Raoul muy serio y convencido.

—Y yo soy uno. Él no —replica William con testarudez.

Raoul tercia: —¡Yo también soy un príncipe!

Henry aguanta la risa y se acerca a William. Le coloca una mano firme en el hombro y lo mira con curiosidad y diversión.

—Es la primera vez que te veo pelearte con otro niño, Will.

—Es muy hermosa —admite William con sinceridad, echando un vistazo a Rose—. Quería jugar con ella, pero Raoul ha dicho que es su novia.

—Oh, hermanito... me da la impresión de que te has tenido un flechazo —bromea Henry con una sonrisa pícara.

—¿Un flechazo? —pregunta William con confusión.

Henry suelta una carcajada sonora que desconcierta incluso a lady Victoria, quien espera rígida detrás de un árbol fingiendo no escuchar.

—¿Puedo casarme con ella? —continúa William.

—Ya veremos cuando seas mayor —responde Henry riendo.

Se vuelve a agachar a su altura y baja la voz en un tono conspirativo:

—Pero te diré una cosa: vas a tener competencia.

—¿Como él? —pregunta William esbozando una sonrisa tenue y señalando a Raoul, que resopla indignado.

—Exactamente como él —confirma Henry con una sonrisa aún más amplia.

Lady Victoria permanece apartada, con la sombrilla colocada en ángulo recto y los labios apretados.

Observa cómo Henry ayuda a Rose a ponerse en pie mientras Peter coge suavemente la mano de la niña.

Henry sigue con la mirada a Rose al marchar con esa misma expresión extraña e indescifrable de ternura. Los ojos de lady Victoria se estrechan.

—Con que esa es la pequeña angelical de la que todo el mundo cuchichea... —susurra entre dientes, con un claro y amenazante entendimiento en la voz.

✽✽✽

Más tarde, en la finca de Halberd Hall, las habitaciones privadas se hallan bañadas por una cálida luz de gas de tonos ambarinos.

Rose está sentada con compostura en el diván, ya cambiada del vestido de corte por un cómodo traje de muselina de tarde.

Sus mejillas aún conservan el rubor de la emoción vivida durante la jornada.

Lady Catherine se sienta a su lado, cepillándole el pelo con delicadeza.

—A ver, cuéntame, cariño: ¿has disfrutado de tu primera visita a la corte? —pregunta con dulzura.

—¡Sí, mamá! Estaban el rey y la reina, y todo el mundo llevaba unos vestidos preciosos... ¡y vi el jardín, y allí estaba Raoul, y también Will! —exclama Rose entusiasmada.

—¿Will? —repite Catherine deteniendo el movimiento del cepillo.

—El príncipe William. Es muy amable. Pero él y Raoul se han peleado... por mí —cuenta Rose.

—¿Peleado? Son príncipes, deberían saber cómo comportarse —reacciona Catherine frunciendo el ceño.

—Los dos querían jugar conmigo, luego discutieron y empezaron a dar patadas y puñetazos... y yo me  puse a llorar, y ha venido el hijo del rey —explica Rose.

La mano de Catherine se inmoviliza y se tensa.

—¿Qué hijo?

—El príncipe Henry. Ha parado la pelea y me ha secado las lágrimas. Me ha llamado «pequeña» —dice Rose con voz admirada.

—¿El príncipe Henry ha hecho eso? —pregunta Catherine poniéndose rígida y claramente perturbada.

—Sí, y se ha echado a reír cuando papá ha dicho que tengo siete años, diciendo que era gracioso que los chicos ya se pelearan por mí —añade Rose.

El rostro de Catherine se mantiene compuesto, pero una tormenta silenciosa se gesta en su mirada.

—Parece que hoy has causado bastante revuelo —afirma con sequedad.

—Pero yo no he hecho nada malo —protesta Rose con el ceño fruncido por la incomprensión.

—No, cariño... tú nunca haces nada malo —murmura Catherine.

Le da un beso en la frente, aunque sus ojos brillan con frialdad al mirar de soslayo hacia la ventana, donde aún perdura el tenue resplandor procedente de palacio.

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