Capítulo decimo séptimo La invitada más joven
Una dorada luz primaveral se filtra a través de los altos ventanales de parteluz del dormitorio de Rose en Halberd Hall.
Las paredes están decoradas con un pálido papel pintado de motivos florales y un tocador pintado a mano.
Rose se halla de pie ante un gran espejo de cuerpo entero; su vestido de corte de color marfil resplandece suavemente con el resplandor matutino.
Luce radiante: inocente, pero dotada de gran dignidad.
—Ya está. Perfecto. Estás etérea, cariño. Exactamente igual que un ángel de porcelana —dice con suavidad lady Catherine, la marquesa de Halberd Hall, mientras ajusta un pequeño lazo en la cintura de la niña.
—¡Gracias, mamá! Ayer les conté a Daisy y a Cecily que hoy iría a la corte... pero no les hizo ninguna gracia. Dijeron que no era justo —comenta Rose dando un leve giro, haciendo que su falda susurre con el movimiento.
—Claro que no les hizo gracia. Están celosas, cielo. Vas antes que ellas... antes que ninguna chica de tu edad, en realidad —replica Catherine con viveza mientras alisa las mangas.
—Pero si somos amigas... —dice Rose pensativa.
—Sí, pero hasta las amigas pueden sentir envidia. Ya lo aprenderás con el tiempo. Lo importante es cómo te comportas: siempre con gracia, jamás con soberbia —indica Catherine con firmeza pero con dulzura, inclinándose ligeramente para mirarla a los ojos.
—Lo haré, mamá —asiente despacio Rose.
La puerta cruje con suavidad. Lord Peter entra ataviado con un traje de mañana en color carbón y una corbata gris pálido.
Lleva un par de finos guantes de piel en una mano y la cadena de plata de su reloj de bolsillo capta los reflejos de la luz.
Se detiene en el umbral, momentáneamente sin palabras.
—Parece sacada de un sueño —le dice Peter a Catherine en voz baja.
—Ya está lista —responde ella con una serena sonrisa.
Peter atraviesa la estancia hacia Rose y se arrodilla levemente para quedar a la altura de sus ojos.
—Este es un día muy importante para ti, mi pequeña princesa. El propio rey ha pedido conocerte —le anuncia con calidez.
—Haré la reverencia como es debido y hablaré con claridad. Recuerdo todas las normas —afirma Rose con seriedad.
Peter sonríe y le besa la frente con ternura.
—Esa es mi niña —murmura.
✽✽✽
La familia llega a la corte en un carruaje negro y pulido que luce el blasón de Halberd Hall.
El lacayo abre la puerta mientras descienden lady Catherine, lord Peter, lord Mark y lady Rose.
Los pájaros trinan dulcemente entre los árboles primaverales.
Rose sostiene un pequeño par de guantes blancos en la mano y estruja un pañuelo de encaje con nerviosismo.
—Directos al Palacio de Greyminster. Nos esperan —indica con firmeza lady Catherine al lacayo.
Mientras bajaal carruaje, Rose se vuelve para mirar atrás.
—¿Habrá otros niños en la corte?
—Hoy no. Se trata de una visita tranquila. Eres con mucho la invitada más joven —le asegura Peter al subir junto a ella.
—Y por eso debes portarte como una dama —añade con rapidez Catherine.
Los guardias uniformados inclinan la cabeza con respeto a medida que los Halberd Hall descienden del vehículo. Rose contempla la grandiosa fachada con devoción. Un ujier de corte los recibe en las escalinatas con una reverencia.
—Bienvenidos, lord Halberd Hall. Su Majestad los aguarda. Lady Rose puede seguirme —indica el asistente.
Rose dirige una mirada a su padre y a su madre en busca de seguridad.
—Lo harás de maravilla —la anima Peter.
Catherine le acomoda el fajín por última vez y le retira un mechón de cabello de la mejilla.
—Recuerda quién eres, Rose. Eres una Halberd Hall —le dice con voz suave pero imperativa.
Rose asiente y sigue al ujier hacia el interior del palacio con sus pequeñas manos enguantadas entrelazadas al frente. Peter y Catherine la observan marchar: orgullosos, inquietos y conscientes de que ese instante constituye el primer paso hacia una vida que ya no podrán controlar por completo.
✽✽✽
Entre tanto, una suave brisa primaveral recorre los ventanales abiertos del salón privado del príncipe Henry en el Palacio de Greyminster.
Henry, ataviado ya con su indumentaria de corte —un elegante chaleco azul marino y una corbata de marfil—, sirve zumo en dos vasos.
El príncipe William, que ya tiene nueve años, permanece sentado junto a la ventana con las piernas colgando, contemplando los jardines reales.
—Toma, bebe algo. Va a ser una tarde larga y tediosa para mí —le ofrece Henry tendiéndole un vaso.
—¿Tienes que ir a la corte ahora mismo? —pregunta William con sincera curiosidad.
—Todavía no. Quería pasar un rato contigo antes de que empiece todo lo de «Su Alteza por aquí» y «Su Alteza por allá» —responde Henry sentándose a su lado.
William esboza una sonrisa pícara.
—Todos te temen, ¿sabes?
Henry sonríe de lado.
—Perfecto. Así la vida es más fácil.
—Toby dice que lo miras como si fuera un mosquito —comenta William riendo.
—¿Toby?... ¿Ese chico callado que siempre anda cerca de ti? —pregunta Henry con frialdad y escaso entusiasmo.
—¡Sí! Dice que nunca te acuerdas de su nombre —le reprocha William.
Henry se encoge de hombros.
—No me acuerdo. Y no veo por qué debería hacerlo. Se queda mirando como un ganso despistado cada vez que entro en una habitación.
—A veces eres insoportable —dice William con riéndose.
—Solo con la gente que no me importa —responde sincero Henry. Le alborota los cabellos a su hermano con un gesto ahora suave—. Pero contigo no. Jamás contigo.
Se sonríen mutuamente. Se escucha un suave golpe en la puerta. Walter Kent entra con sigilo.
—Alteza, las actividades de la corte están a punto de comenzar. Es posible que el rey le mande llamar en el término de una hora —informa.
Henry asiente y se pone en pie.
—De acuerdo. Salgamos de esto, entonces. —Se detiene junto a William—. Búscame luego, si no estás muy ocupado haciendo travesuras. Podríamos echar una partida de ajedrez antes de cenar —propone con una sonrisa.
—Solo si prometes no dejarme ganar —condiciona William riendo.
—Ninguna promesa. Sigo siendo el mayor —replica Henry con fingida seriedad.
—¡Por ocho años! —exclama William.
—Exactamente. Y ocho veces más listo —contesta Henry.
Comparten una cálida sonrisa. Henry le alborota el cabello por última vez y se marcha. Walter Kent aguarda discretamente junto a la puerta.
—Alteza, Su Majestad está lista para recibirle —avisa.
—Pórtate bien —le dice Henry a su hermano.
—Solo un poquito —contesta William.
Henry le dedica un último guiño antes de salir.
✽✽✽
La familia Halberd Hall entra con elegancia en la suntuosidad de la corte.
La luz del sol se filtra a través de las vidrieras de colores, capturando los destellos de sedas y satenes mientras damas con vestidos de tonos pastel se deslizan sobre los suelos pulidos.
Rose, etérea con su traje marfil, aferra la mano enguantada de su madre con los ojos abiertos de asombro.
Un remolino de colores —conteras de sombrillas, sombreros floridos, plumas de avestruz y abanicos delicados que se abren con ligereza junto a los cuellos de encaje— inunda la sala.
La corte bulle de música, susurros y risas.
—Parece que has entrado en un cuento de hadas, mi pequeña princesa —le dice con afecto y diversión lord Peter, marqués de Halberd Hall.
—Es más hermoso de lo que jamás imaginé —responde Rose con voz contenida y admirada.
Al aproximarse al estrado real, el rey Edward de Norland y la reina Eleanor se ponen en pie para recibir a sus invitados.
—Recuerda lo que hemos practicado. Una respiración profunda —indica lady Catherine guiando a Rose con delicadeza.
Rose asiente levemente y toma aire. Da un paso al frente y ejecuta una perfecta reverencia eduardiana, con la espalda recta y las faldas abanicándose con gracia mientras inclina la cabeza de acuerdo con la etiqueta.
—Por fin conozco a la famosa lady Rose. He oído continuos elogios de boca de lord Peter —dice el rey con una calurosa sonrisa.
—Es exquisita. Parece salida de un cuadro que ha cobrado vida —murmura la reina dirigiéndose a Catherine antes de volverse hacia Rose—: ¿Y cuántos años tienes, querida?
—Cumpliré ocho en octubre, Majestad —contesta Rose en voz baja con otra reverencia.
—Ocho camino de dieciséis, diría yo. Una pequeña dama encantadora —afirma la reina con sinceridad.
—Gracias, Majestad. Es muy amable por su parte —responde Catherine complacida.
—Majestades —saluda Peter con una inclinación de cabeza.
El rey les hace un gesto amable para que disfruten de los jardines. Rose, que ha divisado las coloridas flores más allá de las puertas de la terraza, tira suavemente de la mano de su madre.
—Mamá... ¿puedo ir al jardín? —pregunta con dulzura.
—Solo un ratito, y no te alejes de nuestra vista —asiente Catherine.
Al girarse, Rose escucha una voz conocida, esperanzadora y familiar.
—¿Lady Rose? —pregunta Raoul de Elberwyn, duque de Valmont.
Ella se da la vuelta con suavidad. A poca distancia se encuentra Raoul, que ya tiene trece años, ataviado con un traje primaveral de color gris pálido y ribetes plateados, impecablemente adaptado a su medida. Su cabello rubio está peinado con esmero y sus ojos se iluminan al verla.
—Estás... diferente hoy —comenta Raoul con una sonrisa infantil asomándole a los labios—. Casi pareces una desconocida.
—Es por el vestido —responde Rose con un rubor tímido—. ¡Pero sigo siendo yo! ¡Te veo casi todas las semanas, Raoul!
—Supongo que sí. Pero no luciendo como una princesa —replica él. Con hidalguía, hace una reverencia y le ofrece el brazo—. ¿Me permite escoltarla al jardín, milady?
Rose toma su brazo soltando una risita.
—Se lo permito.
✽✽✽
Los dos jóvenes aristócratas pasean bajo una pérgola cubierta de rosas en los jardines de palacio. La luz del sol resplandece en las fuentes de mármol y una brisa agita los pétalos.
—Eché de menos no verte por aquí el verano pasado —admite Raoul.
—No me permitían venir. Pero creo que a partir de ahora visitaré esto más a menudo —dice Rose.
—Eso espero —responde Raoul. Hace una pausa y su mirada se detiene en ella un instante—. Sabía que estarías preciosa.
Rose se sonroja y desvía la mirada de inmediato, fingiendo interés en una mariposa que revolotea cerca.
—Eres un bromista.
—Tal vez —contesta Raoul con una sonrisa risueña—, pero no me equivoco. —Reduce el paso para permitir que ella le alcance—. ¿Cómo ha sido la presentación ante el rey? ¿Has hecho la reverencia a la perfección?
—¡Oh, sí! Mamá se aseguró de que ensayara hasta que me dolieran las rodillas —cuenta Rose riendo con suavidad—. Y el rey ha sido muy amable. Dijo que había oído cosas muy buenas de mí por parte de papá.
—Claro que sí. Tu padre no para de hablar de ti —comenta Raoul con calidez—. Él y mi padre eran hermanos y mantenían una estrecha relación.
Raoul patea una pequeña piedra en el camino y su sonrisa se atenúa levemente.
—La semana que viene me voy a Caerwyn. Solo serán unos días, pero... se me va a hacer eterno.
Rose se detiene y su expresión decae.
—¿Unos días? Pero si la Gala de Verano es dentro de tres semanas.
—Lo sé —murmula Raoul mirando sus propias botas. Vuelve a alzar la vista intentando mostrar más valor del que siente—. Pero cuando vuelva, tendré montones de historias que contarte. Me encargaré de traerte algo especial de vuelta.
Mientras continúan su paseo adentrándose en el jardín, un grupo de damas mayores observa la escena desde la distancia, cuchicheando tras sus abanicos. Una de ellas, vestida de riguroso azul oscuro, da un codazo cómplice a su compañera, una duquesa de afilada nariz.
—El joven duque ya está moviendo ficha —comenta la señora con una risita contenida—. No me extraña en absoluto. Es una monada la niña de los Halberd Hall.
—Los jóvenes crecen muy rápido, ¿verdad? —responde la duquesa—. Él apenas es un muchacho, pero su familia necesita asegurar su futuro. El patrimonio del ducado de Valmont es inmenso, y él es sobrino del rey.
—Y los Halberd Hall poseen riquezas más que suficientes para compensar cualquier carencia de sangre —tercia la primera dama con una sonrisa cómplice—. Sería un enlace sumamente ventajoso para ambas casas, ¿no crees? Una brillante combinación de títulos antiguos, tierras y fortuna.
—Quizá —valora la duquesa con un tono calculador—. Pero lady Catherine no es una mujer con la que se deba jugar. Seguro que tiene sus propios planes para esa criatura.
✽✽✽
Por su parte, Raoul y Rose emergen del emparrado de rosas hacia un claro presidido por un banco de piedra. Él le indica que se siente y ambos toman asiento. Un lacayo de uniforme oscuro se aproxima e inclina la cabeza con respeto.
—Lady Rose, se me ha ordenado informarle de que el marqués y la marquesa la están buscando, mi lady. La aguardan junto a la entrada principal.
El rostro de Rose refleja decepción.
—Quería quedarme un poco más en el jardín.
Raoul le regala una sonrisa tranquilizadora.
—Quédate; ya les encontraremos más tarde. Te prometo que conozco este palacio a la perfección; es como mi segundo hogar.
Rose acepta y continúan caminando un trecho. Pocos minutos después, los frondosos jardines de la corte resplandecen bajo el sol estival. Rose, con su vestido de muselina marfil, avanza con cuidado por el sendero de grava, contemplando los rosales.
—Parece... que perteneces a este lugar. Como si siempre hubieras estado aquí —apunta Raoul.
—Es mi primera vez en la corte —responde Rose con un leve rubor—. Pero tú... tú debes de venir todos los días.
—Casi —ríe Raoul—. Mi tío dice que paso más tiempo aquí que estudiando. Pero me gusta este sitio... sobre todo ahora.
—Les dije a Cecily y a Daisy que vendría hoy. No les hizo demasiada gracia —comenta Rose.
Raoul sonríe con picardía.
—Estarán celosas. Pero aún no saben lo que es esto. Tendrás que contárselo todo con pelos y señales.
—¿Me enseñarías el resto de los jardines? Son muy grandes —pide Rose.
—Por supuesto —acepta él ofreciéndole el brazo.
Rose duda un segundo —le parece un gesto muy de adulto—, pero acaba aceptándolo. Caminan juntos entre las rosas, mientras una silenciosa intimidad comienza a florecer entre ambos bajo la grandiosa atmósfera de la corte.