Capítulo decimo quinto El peso de los dieciocho #2
Mientras el duque se inclina y se retira, la reina Eleanor, observando desde su asiento, asiente a su esposo con silenciosa aprobación.
Es exactamente el tipo de enlace que imagina.
Pero al apartarse Henry, su semblante muta: se le nota levemente intrigado, sí, pero no rendido.
Victoria es encantadora, dotada y adiestrada para ese camino...
mas para Henry ella no encarna ningún misterio, ni rebeldía, ni la salvaje claridad de la verdad.
Es la perfección cortesana y, por esa noche, asumirá el papel que se espera de él.
La ve alejarse y busca con la mirada a Charles, apostado junto a una columna y con una ceja alzada en divertida mueca.
—¿Y bien? ¿La futura reina? —pregunta en voz baja su amigo con socarronería.
—Demasiado perfecta. La rompería —responde llanamente Henry.
Brindan con las copas mientras la música vuelve a intensificarse y la corte sigue girando.
✽✽✽
El baile prosigue y el salón relumbra en oro y cristal.
Abajo, damas con vestidos joya y nobles de rigurosa etiqueta bailan el vals bajo los candelabros.
En lo alto de un gran balcón, el príncipe Henry permanece junto a Charles Kingswell, duque de Norwynd, contemplando a la muchedumbre como un halcón sobre el prado.
Henry viste uniforme naval de gala con brocados plateados y el blasón de Elberwyn sobre el pecho; Charles luce terciopelo verde oscuro con la discreta banda de la Casa Norwynd.
—Es la tercera vez que pasa por debajo de nosotros. Con la misma sonrisa y el mismo giro de cabeza —observa divertido Charles.
—La cuarta. Su padre le ha corregido el ángulo tras la segunda —precisa serio Henry.
Allá abajo, lady Victoria Elmsley se desliza con donaire con un vestido de tono azul y el cabello dorado recogido en un pulcro peinado. Su padre, el duque de Elmsley, la vigila de cerca con fingida naturalidad y precisión política.
—¿Crees que ensaya esa sonrisa frente al espejo? —inquiere Charles.
—Todas las noches. Antes de recitar su futuro título: «Su Majestad la reina Victoria de Norland». Tiene buena sonoridad, ¿no?
—Y sin embargo aquí estás, escondido como un zorro que esquiva la batida —ríe entre dientes su amigo.
—Que persigan. Se cansarán antes que yo.
Un compás de silencio. Charles lo examina con atención.
—Es hermosa, se lo concedo. Y astuta. Una combinación peligrosa.
—Solo es peligrosa si muerdes el anzuelo —replica Henry.
—¿No te tienta ni un poco?
Henry se vuelve despacio, con voz sorda y fría.
—Que jueguen. Que bailen, susurren y conspiren. Se creen que soy un trofeo brillante, manso y ciego. Olvidan quién empuña el fuego.
—Recuérdaselo, entonces —sonríe impresionado Charles.
✽✽✽
Desde abajo, lady Victoria emprende el ascenso por la escalinata y sus ojos se alzan para toparse con los de Henry. Su padre desvía el rostro discretamente, satisfecho.
—Vaya. Ahí viene tu sombra —murmura Charles.
Henry vacía su copa de un trago.
—A ver qué tan cerca se atreve a llegar de la llama.
Se gira justo en el instante en que lady Victoria alcanza el último peldaño con la sonrisa dispuesta y radiante.
✽✽✽
El sábado siguiente se celebró otro baile en la corte.
El salón del Palacio de Greyminster brilla en su máximo esplendor.
Cientos de velas titilan en las lámparas aéreas mezclándose con el brillo sutil de los soportes de gas.
El mármol pulido se extiende de pared a pared, molduras doradas enmarcan los altos espejos y el ambiente exhala fragancia a rosas, lavanda y polvos de tocador.
Una orquesta interpreta un vals reposado desde el balcón dorado.
La flor y nata de Norland se encuentra reunida a la espera de que haga su aparición el príncipe.
Un profundo silencio cae sobre la sala. El príncipe Henry entra en solitario: alto, de impecable presencia y luciendo su atuendo formal real de rigurosa etiqueta naval con bordados dorados, condecoraciones en el pecho, la banda de la Orden de Norland y un discreto emblema de la corona brillándole en el hombro.
Todas las miradas se giran hacia él. No sonríe, pero su sola presencia impone respeto.
Una ola de reverencias y profundas inclinaciones recorre a los invitados como el viento sobre el trigal.
Lady Catherine, marquesa de Halberd Hall, majestuosa en seda color berenjena y esmeraldas, alza su copa con frialdad. A su lado, lady Dana viste seda azul medianoche con abalorios plateados y el cabello recogido con suavidad.
—Ha cambiado. Ahora hay acero en él —nota en voz baja Dana, observándolo.
—Esperemos que también haya gracia —murmura Catherine.
Henry se aproxima a los reyes. El rey Edward y la reina Eleanor ocupan sus asientos bajo el dosel real. Henry ejecuta una profunda reverencia.
—Norland da la bienvenida a su futuro soberano. Ya no eres un muchacho, Henry. Que la corte lo sepa —afirma con orgullo y calidez el rey.
Henry se endereza y asienta una sola vez, con la mirada afilada e indescifrable.
Mark, sereno y observador, se halla junto a una columna cercana a la orquesta, ataviado con un pulcro frac negro de noche, corbata blanca y guantes. Repara en otro caballero próximo: lord Charles Kingswell, duque de Norwynd, recostado con desenfreno y una copa de cristal en la mano.
—Impresionante, ¿verdad? —le dice en voz baja Charles al captar su atención.
—Desde luego sabe cómo llenar una sala —responde tras una pausa Mark.
—Oh, llena algo más que salas. Espérate corazones, ambiciones y que media cabeza de las debutantes vaya detrás —sonríe con sorna Charles.
Mark alza una ceja, intrigado por el seco sentido del humor. Vuelven a posar la vista en el príncipe.
Cerca de allí, lady Victoria Elmsley, de diecisiete años y debutante hacía pocas semanas, se muestra erguida, con el cabello rubio primorosamente peinado y un vestido de satén verde pálido con finos bordados.
Su tiara refleja la luz de las velas. Su padre, el duque de Elmsley —alto, de cabellos plateados y mirada incisiva—, se inclina hacia el rey Edward para murmurarle algo.
—Si Su Majestad lo permite... mi hija se sentiría profundamente honrada de bailar con Su Alteza Real —pide en voz baja el duque.
El rey asiente. Se da una sutil señal.
—Su Alteza Real el príncipe Henry de Norland... solicita el honor del primer baile a lady Victoria Elmsley —anuncia un heraldo.
Un murmullo recorre la sala. Victoria da un paso al frente y realiza una reverencia perfecta. Henry se inclina ligeramente y le ofrece la mano enguantada.
—Lady Victoria... ¿bailamos? —pregunta.
—Será un placer, Alteza —contesta ella.
Comienzan el vals, grácil y ensayado. Victoria se desplaza con soltura destilando ambición. Henry guía sin fallos, aunque su mirada divaga de vez en cuando por encima del hombro de su pareja. Es educado y correcto, pero distante.
A un lado, Charles observa en compañía de Mark.
—Casi se oyen repicar las campanas de boda en la cabeza de su padre —comenta divertido Charles en voz baja.
—Los Elmsley siempre han sido... eficientes en el cortejo —apunta con cierta cautela Mark.
—Henry lo sabe. Les está consintiendo el jueguecito —dice Charles.
—¿Para qué?