Capítulo decimo tercero La rendición de cuentas
El pasillo está en silencio, tenuemente iluminado por lámparas de gas que parpadean a lo largo de los muros de mármol.
El aire resulta pesado, cargado con el peso de los recientes acontecimientos.
Al fondo, una suave luz de lámpara se filtra por la puerta entreabierta de la habitación de lady Dana.
El vizconde Harrowell y lord Peter salen al corredor.
—Necesito hablar con el príncipe. Le debo... todo —dice lord Edwin con voz rígida y tensa.
—Sí. Así es —replica lord Peter con mesura.
Avanzan juntos. Los guardias se apartan a su paso. Hallan al príncipe Henry junto al gran ventanal que domina el patio, con su silueta recortada por la luz de la luna. El capitán Walter Kent aguarda varios pasos más atrás, en silencio.
—Su Alteza... —interviene Peter, aclarándose la garganta.
Henry se gira lentamente. Su mirada es afilada cuando recae sobre lord Edwin.
—Lord Harrowell —dice el príncipe de forma plana.
Edwin da un paso al frente con los ojos bajos.
—Su Alteza... me he enterado de lo que ha hecho. No tengo palabras. Ha savado la vida de Dana. Le estoy... verdaderamente agradecido.
—Ahórrese su agradecimiento. Casi la mata —responde con frialdad el príncipe Henry.
Edwin se encoge. Henry avanza hacia él.
—Dio a luz hace unos meses. Y usted, ¿qué hizo? ¿No pudo esperar? ¿Tenía que volver a hacerla suya por completo, aunque eso la destrozara?
—Yo no pensé... —comienza Edwin a la defensiva.
—No. No lo hizo —le corta Henry—. Nunca piensa. La ve como suya, no como a una persona.
Lord Peter baja la vista. Walter Kent observa sin inmutarse.
—Ella merece ternura. No propiedad. Ni descuido. Y si no la hubiera encontrado, habría muerto en la calle —espeta Henry con voz baja de furia.
—Es mi esposa —replica Edwin con voz ronca.
—Y, sin embargo, jamás la mereció —sentencia Henry, duro y frío.
Se hace un silencio. Lord Edwin parece abatido.
—Regrese con ella. E intente ser un esposo. No un peligro —concluye Henry con tono cortante.
Edwin agacha la cabeza. Peter lo anima con suavidad a retirarse. Se marchan en silencio. Henry vuelve a mirar hacia la ventana.
—Eso ha sido... generoso —observa Walter Kent en voz baja.
—No. Eso ha sido contención —contesta Henry sin apartar la vista del exterior.
✽✽✽
De regreso a sus fincas, el zumbido constante del automóvil llena el silencio.
El vehículo avanza por el campo iluminado por la luna, proyectando suaves haces dorados sobre los setos.
En el interior, el cálido resplandor de una lámpara ilumina los asientos de cuero oscuro.
El vizconde Harrowell viaja junto a lord Peter con postura rígida, el rostro pálido bajo el ala de su sombrero oscuro y las manos enguantadas fuertemente entrelazadas en el regazo.
Lord Peter, al volante, mira al frente con perfil indescifrable.
Tras un largo silencio, la voz de Edwin suena baja:
—Ella lo sabía.
Peter lo mira de reojo.
—¿Te lo dijo?
—No. Ahí está el detalle. No dijo ni una palabra. Solo lo he comprendido cuando me lo has contado tú —admite Edwin, exhalando con fuerza mientras la mandíbula se le tensa—. Nunca va sola al pueblo. Ni recados, ni sin doncella, ni sin Daisy o... Catherine.
—Fue a ver a un médico. Quería estar segura —tercia lord Peter con firmeza tranquila.
Edwin gira levemente la cabeza, asimilando el peso de la implicación.
—¿No confiaba lo bastante en mí como para decírmelo?
—Quizá no quería que le dijeses que estaba cansada. O que estabas muy ocupado para acompañarla. O que no era el momento —razona Peter.
Edwin suelta una risa amarga.
—Catherine siempre encuentra el momento de mencionar que dio a luz a un varón. Nunca deja de recordárselo a Dana.
Los nudillos de lord Peter se tensan brevemente sobre el volante, pero guarda silencio. Tras un compás de espera, Edwin pregunta:
—¿Crees que por eso le fallé? ¿Porque deseaba un hijo varón?
—Yo no he dicho eso —contesta Peter con cautela.
—Pero lo has pensado —replica Edwin.
—Pensé que hoy podría haber muerto. Pensé en Daisy y Betsy creciendo sin ella. Pensé en cómo un príncipe la llevó en brazos mientras su propio marido ignoraba que se desangraba en el asfalto —espeta Peter.
Edwin se estremece.
—No se trataba de un varón, Peter. Yo no... Simplemente ocurrió.
—Eso es lo que los hombres como nosotros siempre dicen —le interrumpe Peter sin crueldad.
El silencio vuelve a instalarse, solo roto por el crujir rítmico de la gravilla bajo los neumáticos. Al rato, la voz de Peter se suaviza.
—No he venido a sermonearte, Edwin. El príncipe ya ha dicho lo necesario.
—Me ha humillado. Delante de ti. Delante de Walter Kent —masculla Edwin.
—No. Te ha dejado al descubierto. Hay una diferencia —tercia firme lord Peter.
Edwin aparta la vista hacia la ventanilla. Los árboles desfilan como fantasmas oscuros bajo la luz lunar; su rostro se ve demacrado, atormentado. La voz de lord Peter adopta un matiz más compasivo:
—Cuando Dana recupere las fuerzas, habla con ella. No como el esposo que le falló, sino como el hombre que casi la pierde. No necesita una disculpa. Necesita verdad. Necesita un cambio.
Edwin calla unos instantes antes de murmurar apenas:
—No sé si todavía me ama.
—Pues haz que te quiera de nuevo —responde Peter sin vacilar.
✽✽✽
El automóvil se detiene ante la mansión de los Harrowell; la noche es fresca y quieta, con una suave brisa mecía los árboles alineados en la entrada circular.
La silueta oscura de la casa se alza elegante, digna y silenciosa bajo la luna.
El vehículo se detiene con suavidad ante la escalinata principal y un lacayo uniformado abre la puerta tras realizar una reverencia.
El vizconde continúa inmóvil en el asiento, con las manos apretadas y la mandíbula tensa.
A su lado, lord Peter lo observa con calma.
—Gracias. Por no humillarme. Por hablar con claridad —murmura Edwin bajando la mirada.
—No me des las gracias. Entra y sé el hombre que Dana creyó haber desposado —le aconseja Peter, posando una mano firme y afectuosa en su hombro.
Edwin alza por fin los ojos. La vergüenza parpadea en ellos, mezclada con una tenue resolución.
—Lo seré.
Desciende despacio. El lacayo cierra la puerta con precisión.
Los pasos de Edwin resuenan en el mármol al ascender los escalones.
Arriba, se detiene un instante y mira hacia el vehículo con la respiración entrecortada.
En el interior, lord Peter permanece sentado con una mano sobre el volante, observando en silencio cómo se pierde en el interior de la casa.
Un momento después, arranca el motor. El ronroneo del automóvil se desvanece en la oscuridad al recorrer el camino arbolado, tragado por la noche.
✽✽✽
Por fin, el automóvil llega a Halberd Hall justo cuando el viejo reloj del vestíbulo marca las doce con campanadas solemnes que reverberan en la vasta quietud del hogar.
Unos apliques tenues parpadean en los muros.
La puerta principal cruje y lord Peter entra agotado, con el abrigo polvoriento por el viaje y los guantes en una mano, pálido y abatido. De repente...
—Es casi medianoche —profiere una voz fría, sin saludo previo.
Lady Catherine aguarda en lo alto de la escalinata vestida con una bata de terciopelo verde esmeralda oscuro. Lleva el cabello recogido en un moño severo y sus ojos afilados resultan indescifrables.
—No quería despertarte. Debía comprobar que Dana quedaba a salvo antes de volver —explica Peter con sosiego.
—¿Está en la corte? ¿Sola? —pregunta Catherine, descendiendo con rapidez.
—Casi muere, Catherine —la corta Peter para detenerla.
Eso la frena en seco; se congela en el último peldaño.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué ha pasado? —pregunta con tono áspero, aunque teñido de preocupación.
—Se desplomó en la calle. Una hemorragia severa. Si el príncipe Henry y el señor Kent no hubiesen actuado de inmediato y la hubieran llevado a palacio para ver al médico real, habría muerto en minutos —sentencia lord Peter.
El semblante de lady Catherine flaquea, aunque su postura sigue rígida.
—Pero ¿qué hacía sola en la ciudad? ¿Dónde estaba su doncella? Eso no es... —intenta recuperar terreno.
—Fue a confirmar que esperaba un hijo. No se lo había dicho a nadie, ni siquiera a Edwin —interrumpe Peter.
—¡Y ahora se entera toda la corte! Qué humillación. ¿Qué dirá la gente? —protesta a la defensiva Catherine.
—¿A quién le importa lo que digan? Casi muere. ¿No te basta eso para dejar de preocuparte por las apariencias? —pregunta él con tono ascendente.
Catherine cruza los brazos, indignada.
—¿Y quién la cuida exactamente en la corte? —inquiere con frialdad acrecentada.
—Está demasiado débil para viajar. Los médicos insistieron en que se quedara. El príncipe Henry proveyó enfermeras, doncellas y asistencia continua.
—¿El príncipe Henry? —repite con sospecha, escupiendo el nombre—. ¿Qué hay exactamente entre él y mi hermana?
Peter se congela. Acto seguido, arroja los guantes con fuerza sobre la mesa del vestíbulo.
—¡Basta! ¡Se acabó este veneno mezquino! Llevas años resintiéndote de tu hermana y he callado. ¿Pero esto? Esto es cruel.
Catherine queda estupefacta con los labios entreabiertos. Peter continúa en tono bajo pero hiriente:
—Entre lady Dana y el príncipe Henry solo hay decencia. Ese joven la cargó, empapado en sangre, por las calles hasta palacio. Permaneció a su lado hasta estabilizarla. Le salvó la vida.
—Siempre ha sido frágil. Melodramática. Ella... —intenta justificarse Catherine.
—Ella no eligió esto, Catherine. Ha perdido a su hijo esta noche —zanja Peter furioso.
Se hace un silencio. Catherine vacila y palidece.
—¿Estaba... embarazada? —susurra.
—Sí. Y no se lo contó a nadie. ¿Te imaginas lo sola que debió sentirse? —apunta con firmeza Peter.
Catherine calla, empequeñecida y vulnerable de repente.
—Es tu hermana. Un día nuestra hija te preguntará qué clase de mujer fuiste con ella —añade con mayor suavidad.
Tras un largo silencio mirando al suelo, Catherine alza la barbilla con voz frágil:
—Quiero verla. Mañana iré.