Capítulo undécimo Primer día #3
—Creo que el amor podría demostrarle que nunca estuvo destrozado —replicó Walter Kent.
Un silencio se extendió entre ambos. Henry se reclinó lentamente, con la mirada sombreada e indescifrable, y dejó que sus ojos vagaran hacia el alto ventanal del fondo.
—No sé si creo en el amor, Kent. Tal vez nunca lo he hecho. No de verdad —confesó.
—Entonces tome prestado el mío. Solo hasta que encuentre el suyo propio —respondió Walter.
Pasó un compás. Henry acabó por levantarse y caminó hacia la ventana, apartando ligeramente el terciopelo. Más allá del cristal, los jardines iluminados por la luna del Palacio de Greyminster yacían quietos y plateados de luz.
—Mañana cabalgaré con Charles. Despejaré mi cabeza antes de la siguiente lección sobre cómo ser un príncipe en condiciones —anunció Henry.
—No despeje también su corazón mientras lo hace —aconsejó con suavidad, pero con firmeza, Walter Kent.
Henry miró de reojo y, por primera vez, sonrió. Fue un gesto tenue, pero sincero.
—Buenas noches, Kent.
—Buenas noches, Alteza.
Walter Kent hizo una ligera reverencia y se retiró.
✽✽✽
Al día siguiente, la luz dorada se desparramaba sobre una vasta extensión de colinas tocadas por la bruma en el campo de Norland.
Dos jinetes galopaban al unísono: el príncipe Henry y lord Charles Kingswell, ambos de dieciséis años, recortaban sus siluetas llenas de vida contra el cielo abierto.
Sus abrigos de montar a medida ondeaban a su espalda y sus rostros destellaban la euforia de la juventud.
Henry montaba un potente semental negro, avanzando con audacia temeraria; Charles le seguía de cerca en una yegua castaña, riendo mientras le gritaba:
—¡Más despacio, Alteza! ¡Vas a reventarla antes del desayuno!
—¡Nació para correr! Igual que yo —replicó Henry por encima del hombro.
Redujeron la marcha hasta un trote bajo un dosel de viejos robles, ambos sin aliento y ruborizados por la energía.
—Dime... ¿a esto sabe la libertad? —preguntó Charles con una sonrisa.
Henry respiró hondo.
—Sí. Aquí fuera no soy heredero de nada. Solo un muchacho con el viento en la cara... Aunque nunca dura demasiado.
La sonrisa de Charles se desvaneció un ápice y estudió a su amigo con silenciosa empatía.
—Tendrás más de esto en Caerwyn. Caras nuevas. Menos ojos observando.
—Y un centenar de nuevos juegos que dominar —sonrió Henry con picardía.
Intercambiaron una mirada, dos muchachos en el umbral de la madurez, conscientes de que sus vidas no les pertenecían.
✽✽✽
Más tarde, en Halberd Hall, la cálida luz otoñal penetraba a través de las altas ventanas cubiertas de encaje.
El salón era un remanso de sobrio confort aristocrático.
Lady Rose yacía acurrucada junto a su padre en un diván azul pálido al lado del ventanal.
Llevaba un delicado vestido de muselina azul bordado con margaritas, y su nueva banda escolar azul marino atada con precisión a la cintura.
Lord Peter, marqués de Halberd Hall, impecablemente vestido, la rodeaba con un brazo protector mientras con la otra mano le acariciaba el cabello distraídamente.
—Papá, la señorita Smith es terriblemente estricta, pero no me importó. Me senté con Cecily y Sarah, ¡y estuvimos hablando de música y ballet! ¡Cecily dice que quiere bailar en París algún día! —exclamó emocionada Rose.
—¿Y qué hay de ti, mi pequeña Rose? ¿Disfrutaste tu primer día? —le preguntó Peter sonriéndole con calidez.
—¡Sí! Pero el pupitre era muy duro. Y dos niñas, Sally y Estella, estuvieron susurrando sobre mí. Creo que tenían envidia de mi banda —asintió Rose.
—Bueno, es natural. Eres la niña más elegante de la sala. Lo llevas en la sangre... has salido a tu madre —bromeó Peter con fingida severidad.
—Les dije que tal vez iría a la ópera con Cecily. ¡Con un vestido de terciopelo rojo! —rió Rose.
—Solo si me llevas a mí también. Me pondré mi mejor corbata y aplaudiré con fuerza en todos los momentos equivocados —siguió el juego Peter.
—¡Me harás pasar vergüenza, papá! —se rio ella besándole la mejilla.
—Forma parte de mi deber como padre —replicó con una sonrisa socarrona.
Siguió una pausa y las risas se aquietaron en un silencio dorado. Peter contempló a su hija, retirándole un rizo rebelde de la frente.
—Cuando naciste, te miré y pensé... esto es lo que debe ser el cielo. Y cada día desde entonces me has dado la razón —murmuró Peter lleno de amor.
—Te quiero, papá —dijo Rose con voz soñolienta.
—Y yo te quiero más que a todas las estrellas del cielo —respondió Peter besándole la coronilla.
Rose bostezó y se acurrucó aún más contra su costado.
Annie, la doncella, pasó portando la bandeja del té, pero aminoró el paso y se detuvo discretamente junto a la puerta, con el rostro suavizado al contemplar la escena.
Peter mecía con delicadeza a su hija con un movimiento apenas perceptible.
Su expresión cambió: se volvió fija, solemne, con la mirada perdida como si traspasara los límites de la estancia.
—Que el mundo afile sus garras... jamás podrán alcanzarte mientras yo respire —murmuró Peter en un susurro para sí mismo.