Norland Capítulo Cuarto Las semillas del verano
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Capítulo Cuarto Las semillas del verano

El sol brillaba con fuerza, bañando el jardín real privado del Palacio de Greyminster con una suave luz dorada.

Céspedes perfectamente cuidados, enrejados cubiertos de rosas y setos recortados rodeaban amplios senderos de grava.

Al fondo, la fachada de piedra del palacio relucía suavemente con el calor.

Lord Peter, marqués de Halberd Hall, salió a la terraza del jardín a través de las puertas vidriadas del palacio, tras haber terminado sus deberes matutinos.

Se ajustó los puños, aflojándose un poco la corbata ante el bochorno del mediodía, y caminó por el sendero de grava.

Se detuvo al ver al príncipe William, cumpliría cinco años el mes siguiente, sentado solo junto a la pequeña fuente, agitando distraídamente el agua.

—Su Alteza... ¿dónde está su nodriza hoy? —preguntó Peter con suavidad, desconcertado.

El príncipe William se encogió de hombros.

—Dijo que podía sentarme al sol. Quería ver los pájaros.

Peter asintió, mirando a su alrededor con el ceño levemente fruncido. Justo cuando iba a hablar de nuevo, una manzana rebotó le golpeó en el hombro de lleno. Él se sobresaltó, con un gesto de sorpresa.

—¿Pero qué diantres...? —Miró hacia arriba.

En un manzano cercano, el príncipe Henry, que ahora tenía trece años, y su amigo, lord Charles, se agachaban entre las hojas, muriéndose de risa. Otra manzana rodó por una rama junto a ellos.

—¡Buen tiro, Charles! —rizo, divertido, Henry.

—¡Tu turno! —exclamó con un silbido Charles—. ¡Apunta al sombrero!

—Ah. Por supuesto —dijo Peter, cruzándose de brazos, con una expresión severa pero divertida—. Emboscada desde el jardín. —Miró a William, quien ahora se reía disimuladamente llevándose la mano a la boca.

—Llevan ahí arriba un rato —dijo William.

De repente, Walter Kent apareció corriendo por el sendero del jardín, con el abrigo arrugado.

—¡Alteza! ¡Charles! Abajo. Ahora —ordenó con voz tajante.

Henry y Charles se congelaron por un momento antes de bajar lentamente, aún con sonrisas burlonas.

—Solo era un juego —dijo Henry.

—¿Un juego que utiliza a los consejeros de Su Majestad como blanco de práctica? —replicó Walter Kent—. Tienes suerte de que no fuera un duque.

—Eso habría valido diez puntos extra —sonrió Henry.

—Pero solo era lord Peter —dijo Charles secamente.

—Gracias, Charles —respondió Peter con voz inexpresiva—. Mi prestigio en la corte claramente va en aumento.

Walter Kent les dirigió una mirada a ambos y luego hizo una breve reverencia a Peter.

—Mi lord. Le pido disculpas. Le di la espalda durante cinco minutos.

—No se preocupe, señor Kent —dijo Peter con una sonrisa tenue—. Una tarde de verano, dos muchachos grandes y un frutal. Ya es tradición, ¿no es así?

Henry y Charles se miraron, satisfechos consigo mismos. William se frotó las manos con suavidad.

—Ven, príncipe William —dijo Peter—. Demos un paseo. Tu hermano y su cómplice ya tendrán tiempo de dar explicaciones puertas adentro.

Walter Kent indicó a Henry y Charles que lo siguieran.

Se marcharon de mala gana, pero no les quedó más remedio que obedecer.

Peter ofreció el brazo a William, quien lo  aceptó con timidez.

La escena se cerró mientras Peter caminaba por el sendero del jardín con William a su lado, con el árbol meciéndose suavemente sobre sus cabezas mientras las risas y las reprimendas se difuminaban entre los setos.

✽✽✽

El cielo estaba despejado, el aire cálido y y surcado por una brisa que transportaba que transportaba el aroma de las rosas y el césped recién cortado.

La elegante y extensa finca de Halberd Hall estaba rodeada de árboles bien cuidados y setos floridos.

Balaustradas de mármol enmarcaban el borde del jardín, y un largo camino de grava conducía al picadero, donde lord Mark practicaba a caballo.

En el jardín, setos de boj recortados bordeaban los senderos junto a estatuas y bancos de mármol.

Las puertas de la finca se abrieron cuando llegó el carruaje de lord Peter. Descendió, entregando sus guantes a un lacayo que aguardaba, y caminó por el jardín bañado por la luz del sol, quitándose el sombrero y aflojándose la corbata.

Lady Catherine, marquesa de Halberd Hall, se acercó desde la terraza trasera portando una sombrilla. Sonrió al verle.

—Has vuelto temprano, amor mío —saludó con calidez—. ¿Te dejó marchar la corte o te escapaste?

—Un poco de ambas cosas —respondió Peter con una sonrisa—. La corte estuvo tranquila hoy, hasta que comenzaron del principe en el jardín.

—¿Ah, sí? ¿Qué ha pasado ahora? —inquirió lady Catherine arqueando una ceja.

—El príncipe Henry y el joven Charles lanzaron un ataque con manzanas desde un árbol —relató Peter con una suave risa—. Yo fui su blanco. William estaba mirando. El señor Kent parecía mortificado.

—Ese muchacho —suspiró lady Catherine—. El príncipe Henry es terriblemente travieso. Espero que su padre enderece su carácter antes de que sea demasiado tarde.

—Tiene trece años —se encogió de hombros Peter—. Poner a prueba las reglas es su trabajo a esa edad. Pero se calmará. —Miró más allá de lady Catherine hacia el campo—. ¿Es Mark quien está montando?

—Todas las tardes —asintió ella—. Se lo toma en serio. Se está convirtiendo en un joven caballero ante nuestros ojos.

A lo lejos, Mark cabalgaba con confianza, erguido y controlando su caballo con destreza.

Cerca de un banco de mármol en el jardín, la pequeña lady Rose, que ahora tenía dos años, caminaba tambaleándose sobre la hierba bajo la atenta mirada de su niñera.

Se giró y soltó un chillido de alegría al ver a su padre.

—¡Papá! —exclamó.

El rostro de Peter se iluminó. Avanzó a grandes zancadas y la alzó en brazos, mientras las manitas de la niña se aferraban a sus solapas.

—Ahí está mi capullito de rosa —celebró radiante.

Ella soltó una risita, presionando su mejilla contra la de él.

—Te ha extrañado todo el día —se acercó lady Catherine para decirle—. Preguntaba por "papá" después del té.

—Y yo a ella —respondió Peter, aún sosteniendo a Rose mientras miraba a lady Catherine—. Mírala. Parece sacada de un cuadro. —Se giró ligeramente para que el sol iluminara los rizos platinados de Rose y sus brillantes ojos azules—. Parece un ángel. Es tan perfecta que duele —murmuró.

A lo lejos, Mark dio un rodeo agitando la fusta y exclamó: —¡Padre! ¿Has visto cómo he tomado esa curva?

—¡Muy bien hecho! Cabalgas como un futuro campeón —respondió Peter devolviéndole el saludo con una sonrisa.

Lady Catherine miró a Mark con orgullo antes de volverse hacia Peter. —Es un muchacho muy bueno —dijo con dulzura—. Y tan protector con Rose. La vigila como a un pequeño caballero.

Peter se limitó a asentir; sus ojos seguían fijos en Rose. Besó su mejilla de nuevo mientras la bebé balbuceaba contenta.

—¿En qué piensas? —preguntó quedamente lady Catherine.

—No quiero que crezca —contestó en voz baja—. Quiero que se quede con nosotros para siempre. Así.

—Crecerá, Peter —le recordó lady Catherine con voz tierna mientras le tocaba el brazo—. Se casará algún día. Tendrá su propia familia. Sus propios hijos.

—No —zanjó Peter con firmeza—. Es mía. Mi pequeña princesa; el mundo puede esperar.

Lady Catherine recostó brevemente la cabeza en el hombro de él, rodeándole la espalda con el brazo. —Siempre lo será, amor mío —susurró—. Siempre tu pequeña princesa. Pero no pensemos en eso ahora.

Se abrazaron en silencio, con la luz del sol danzando sobre la hierba y Rose durmiendo plácidamente en los brazos de Peter.

✽✽✽

Mientras la tarde en Halberd Hall se había definido por la adoración silenciosa y bañada de sol de un padre hacia su hija, el ambiente en el Palacio de Greyminster estaba a punto de estas mismas «ganas de desafiar las normas  que lord Peter había desestimado con tanta ligereza.

La transición de la apacible finca campestre al teatro de alta tensión de los jardines reales demostró que hasta la travesura más inocente era capaz de avivar las ascuas del pasado.

Verano de 1897

Días después, a última hora de una cálida tarde del verano de 1897, los jardines del Palacio de Greyminster ofrecieron un espectáculo notable.

Una recepción formal en los jardines organizada por el rey Edward estaba en marcha; los cortesanos, ataviados con sus mejores galas, paseaban entre setos de rosas y bebían champán.

Toldos de seda blanca ondeaban en la brisa templada, proyectando sombras moteadas sobre los jardines bien cuidados mientras un cuarteto de cuerda interpretaba un vals bajo la columnata.

Lord Peter, marqués de Halberd Hall, digno en una levita gris paloma, conversaba con un grupo de caballeros cerca de una fuente de mármol.

Lord Edwin Harrowell se encontraba entre ellos, erguido e imponente con su abrigo negro.

Aunque participaba en la conversación, los ojos de lord Edwin se desviaban repetidamente hacia el otro extremo del jardín.

Allí, su esposa, lady Dana, se desplazaba como una visión de refinamiento. Vestía un traje de encaje eduardiano blanco y un sombrero adornado con rosas de seda, conversando con gracia con otra dama, con una risa ligera y la voz aplomada.

Desde la periferia, Walter Kent se desplazaba discretamente entre la multitud, vigilando posibles brechas de seguridad.

Pero al vislumbrar a Dana, sus pasos flaquearon un instante.

No la había visto adecuadamente en años.

Ya no era la joven de diecisiete años a la que había amado en silencio; ahora estaba casada, era elegante y se hallaba fuera de su alcance. Aun así, su mirada persistió.

Invisibles, bajo una larga mesa de buffet cubierta con un mantel de blanco lino, dos muchachos se agazapaban: el príncipe Henry y lord Charles, ambos de trece años.

El cabello de Henry estaba alborotado, mientras que Charles adoptaba una postura más tensa y calculadora, aunque su sonrisa traviesa no era menos evidente.

—Mira a Walter Kent —susurró Henry—. Está petrificado como una estatua de cera.